Por Samir Muñoz Godoy.

Chile está en plena revuelta social, en desobediencia civil declarada y carnaval de su gente por el mañana.

También en plena reacción de un gobierno de derecha, con sus tintes de patrón de fundo y empresario que viene a ordenar su local. Los medios internacionales y del país repitieron a quien quisiera escucharles que era inesperado, que nadie se lo vio venir. Fuimos los jaguares de Latinoamérica, el ejemplo predilecto de candidatos neoliberales, y todos participaban de la fiesta de repetir las mil maravillas del sistema chileno. Algunos hasta se las creían. Su espectacular economía en el fin del mundo, su reptar constante rumbo a las estadísticas del primer mundo, todo parecía una promesa hermosa de libre mercado e institucionalidad.

Pero no era tan inesperado. Está bien, nadie sabía cuando, pero todos sabíamos por qué.

Si has conversado con la gente de Chile, con trabajadores, pequeños empresarios, empleados de retail, todo el pueblo al que le pagan su sudor con desprecio, te dabas cuenta que la rabia ya estaba ahí. Somos de una generación que viene saboreando el hartazgo desde que nació, hijos de padres que protestaron contra la última dictadura, y a los que les instauraron el miedo en los modales, las precauciones a la hora de expresar el descontento. Las primeras protestas, adolescentes, fueron en lo que se llamó el movimiento pingüino, allá en el 2006: exigimos educación gratuita, contra la privatización del sistema. Y si bien éramos los estudiantes en la calle, nunca estuvimos solos. Luego vinieron las movilizaciones del 2008, del 2011, 2012, 2015, 2016, la movilización feminista del 2018. Y las protestas ciudadanas contra proyectos hidroeléctricos en 2011, las marchas de los últimos años del movimiento No+AFP, que reclama un sistema de pensiones dignas. Protestas pacíficas y reprimidas, con disturbios y destrozos aleatorios, policías con instrucciones claras de ir ordenar ese atrevimiento de levantar la voz. Y ahora vienen a decir no es la forma, con descaro, cuando la sociedad ya se agotó. ¿En serio nadie, nadie nunca pensó que algo iba mal en Chile?

Y este gobierno hemos visto el Comando Jungla haciendo tareas militares contra el pueblo mapuche, con el asesinato de Camilo Catrillanca y el montaje que toda la ciudadanía vio por televisión y supo le mentían (y que se sumó a las muertes, aún por esclarecer, de líderes sociales como Alejandro Castro, Macarena Valdés, y Juan Pablo Jimenez). Se ha asistido con indignación a los perdonazos a deudas al SII (Servicio de impuestos internos) de grandes empresas, el Milicogate y el Pacogate -corrupción a gran escala de militares y policías-, el caso Penta -fraude al fisco entre casta política y holding empresarial-  con la indignación por la condena judicial a clases de ética para involucrados demasiado bien vestidos; y ni hablar del Caso SQM, donde sorprende el descaro y la impunidad del yerno de Pinochet, dueño de una empresa minera que se la privatizó su suegro dictador. ¿En serio nadie, nadie nunca pensó que la gente estaba harta?

Y eso que no he dicho nada aún de las condiciones de vida cotidianas. La sensación de sanguijuelas en el alma que se tiene que pagar por atención médica, cuando se sale por las mañanas y el TAG (peaje automático en carreteras de Santiago) enriquece a unos privados, ni hablar de mensualidad de universidades estatales de 600 dólares sumado a su matrícula de 190 dólares. Un país donde comprar alimentos ocupa el 30% de sueldo mínimo. Un país donde cada vez que miras noticias sobre el cambio climático, cada vez que bebes de la canilla, recuerdas que el agua está privatizada. ¿Mencioné que el 50% de los trabajadores chilenos gana menos de 480 dólares mensuales? ¿Dije que en cifras de salud mental damos depresión, ansiedad y suicidios en el subte y los centros comerciales? Casi me olvidaba que el pasaje de transporte público sale un poco más de un dólar.

¿En serio nadie, nadie nunca se imaginó que habría rabia y descontento?

Ah, el precio del transporte. Se supone que ahí comenzó esta rebelión. Era el día lunes 15 de octubre de 2019. Ante el alza del transporte en 30 pesos chilenos (unos 2,5 argentinos), los estudiantes convocan a protestar evadiendo el pasaje. La ministra de turno los calificó de violentos. No sabía lo que se venía. Los carabineros se prestaron para asegurarse que la gente pagara. Pero se siguió evadiendo, el gobierno los calificó de “grupos de delincuentes” y “violentistas”, al tiempo que lanzaba a Fuerzas Especiales, el grupo de carabineros enfocados a reprimir ciudadanos. Y llegó el Viernes 25 de octubre de 2019. Y los disturbios y evasiones pasaron a la rabia social, dejando 41 estaciones del Metro y unas varias micros quemadas, sospechas de montajes, más 300 detenidos, y el presidente de madrugada declarando el “Estado de Emergencia”. ¿Qué significa eso? Que se suprimen algunos derechos civiles, como es manía de las personas de reunirse y transitar por la calle en vez de quedarse en casa. También, que la seguridad del área de Santiago pasaba a manos de los militares bajo el mando del general de división Javier Iturriaga del Campo, quien ese día descartaba el toque de queda. Pero llegó el Sábado y las protestas siguieron, la represión también, se fue extendiendo al país; hubieron saqueos y vandalismos, y entre la gente, más sospechas de montaje o desidia, de orquesta del terror. ¿Hoy? Pasó un lunes movilizado y reprimido, y ahora hay estado de emergencia y/o toque de queda en Santiago, Valparaíso, Concepción, Talca, La Serena, Rancagua, Temuco, Punta Arenas, Antofagasta, Coquimbo y La Serena. Mientras tanto el gobierno insiste en criminalizar y hacer foco en el vandalismo en el que puede desembocar la rabia. Es su estrategia comunicacional que la prensa oficial sigue servil, aunque se han colado este último día en pantalla militares disparando al pasar, carabineros disparando lacrimógenas dentro de edificios, golpizas a manifestantes, tiros en directo a causar daño y miedo.

En todo este espectáculo de incuria, curiosa fue la escena del lunes cuando el presidente Piñera declaró tan en sus cabales que “estamos en guerra contra un enemigo poderoso”, y a los minutos el general Iturriaga afirmó:

“soy un hombre feliz. No estoy en guerra con nadie”. ¿Le habrá querido decir infeliz al empresario que estuvo prófugo de la justicia, que evadió durante 30 años los impuestos de casa de veraneo, y que escoltado por su primo, el ministro del interior, insiste en apuntar al pueblo de vándalo y criminal? Difícil de saber

Pero la situación no es curiosa, es esperanzadora y terrible. Así como la ciudadanía protesta por su dignidad, y exige un cambio de sistema, el gobierno se esfuerza en suspender el estado de convivencia cívica. Hay militares en las calles que ya han asesinado a compatriotas, hay policías filmados consumiendo algo por sus narices. Hay una campaña del miedo por parte de los medios masivos de comunicación, y pelotones custodiando los barrios altos para que a ninguna marcha se le ocurra interrumpir la fantasía de los ricos. Hay una ciudadanía que no obedece a ningún líder, sino a su propio deseo, que delezna a la casta política que administra el sistema tanto como los hechos criminales de saqueo y vandalismo.

Una imagen privilegiada, para mi, de estas protestas, es una barricada afuera de un supermercado, símbolo del empleo mal pagado, las jornadas explotadoras, las colusiones de precios y aumentos ante las catástrofes naturales. El local está siendo saqueado, alrededor del fuego hay vecinos que protestan y cantan. De pronto, una persona avanza con un televisor led, de eso gigantes y opulentos bajo el brazo. Un vecino lo deja pasar, otro lo agarra, todos se dan media vuelta y le quitan el televisor, y lo tiran al fuego de la protesta. Y ese símbolo de riqueza acaba siendo consumida por las llamas, sin jamás transmitir montajes policiales ni declaraciones burlonas de políticos ante el sufrimiento de la gente. En el lugar que merece.

Como esas imágenes, también circulan abusos policiales, golpizas a ciudadanos, militares dándole segundos para correr a alguien y disparando, carabineros en automóviles particulares tomando gente detenida, fuerzas de seguridad de civil portando armas y reprimiendo. Incluso, en los últimos días, imágenes los ciudadanos malheridos y noticias de otros asesinados por fuerzas armadas comienzan a aumentar, y dudo de cuánta capacidad de manejar la situación hay en quienes son enviados a poblaciones y barrios populares; en los barrios altos, los despliegues de militares han sido ordenados y sincronizados, sin el caos y la torpeza de soldados que se caen de sus camionetas, que se les chocan las tanquetas, y otros ridículos. Piñera dijo que estaba en guerra, y al menos es el clima que quiere generar. Pero la gente resiste y declara que hay un solo bando: el pueblo. Sale a protestar en todas las ciudades, y desobedece el orden que fundó su miseria arrastrada desde hace más de 30 años, que se sostiene sobre una constitución escrita, firmada y aplicada durante la última dictadura. Es una desobediencia civil generalizada, un país que se levanta contra el cansancio de sentir que le pisan el cuello a diario, que hace fuerzas desde el clamor y la certeza del derecho a vivir en paz.

¿Soluciones? ¿Soluciones a qué de todo esto? El principal problema del gobierno es que no hay cabecilla, partido o referente con el que pactar nada. Es el pueblo sin mediaciones que exige a todos los administradores del poder institucional una mejor vida. Y que por ley, el estado de emergencia no puede durar más de 15 días. Y parece que ya no se está apostando tanto por el desgaste de los manifestantes, pues ha convocado a políticos de oposición a una mesa de trabajo (aunque dejando fuera al Partido Comunista Chileno y a la mayoría del Frente Amplio, las expresiones más a la izquierda de la ventana de Overton chilena). Por otro lado, el principal problema de la gente es que esas soluciones dependen de patrones contentos en administrar con esa ganancia y esos privilegios el fundo que llamamos Chile; que los chilenos deben hacer frente a la represión y las campañas de terror con las precariedades de la vida del pueblo trabajador, pero también con sus fortalezas y templanzas. Algunas exigencias, desde la ciudadanía, se tornan comunes y pasan de boca en boca, de publicación en publicación: renuncia del presidente, no más sistema previsional de AFP y la necesidad de una nueva constitución. Y sumar a esto todo lo que se le ocurra a alguien para frenar las injusticias y desigualdades precedentes.

Pero el gobierno no se muestra ni capaz ni dispuesto a tales atrevimientos contra la memoria de la dictadura, esa traición a su clase, sino que prefiere mantener a los militares en la vergüenza de reprimir a su gente, y al puñado de enajenados que disfrutan de ser el brazo armado de los malos gobiernos. Mientras tanto, las marchas y manifestaciones parecen no perder ánimo ni inteligencia. ¿Llegará alguna manifestaciones a los barrios pudientes? ¿Habrá algún hito terrible que marcará un punto de inflexión? ¿Escalarán los niveles de represión y violencia por parte de fuerzas armadas? ¿Cuán profundos serán los cambios al sistema, y cuánto tiempo se sentirán los coletazos de cuando se demuestra que las cosas funcionan si el pueblo quiere, no según lo dicte algún presidente y sus ministros y afiliados? Ahí la opinión se me corta en los labios, y me rondan más dudas que certezas, pero sé que hay un país entero que hoy late, despierto y revivido. Pido perdón por tener esperanzas, en este clima de incertidumbre, por no hacer más foco en las represiones y vejámenes, en la herida y la muerte que empuñan de uniformados que traicionan a su gente, en lo maloliente de gobiernos sordos y autoritarios, pero la esperanza y el ánimo es lo mejor que tenemos para ofrecer a la distancia a un pueblo que lucha.

 

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3 Comentarios

  1. Lorena

    Fiel reflejo de lo vive hoy mí pueblo herido y maltratado por años de injusticia social y que por fin desperezo el miedo y se atrevió a rugir la rabia y el dolor

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  2. Isabel

    Excelente escrito, muy claro con la realidad de nuestro país.
    Cuando salen los ministros, intendente y toda la manga de nefastos secuaces de Piñera diciendo la “TRISTEZA” que les provoca ver las calles, el metro, etcétera destruidos yo me pregunto, les dará la misma pena cuando miran las cifras de personas fallecidas esperando atención médica? cuando conocen las paupérrimas condiciones de hospitales, consultorios, sapu y la falta de recursos en estos? Cuando los niños y niñas de escuelas, jardines, salas cuna vulnerables deben tirarse al suelo cada vez que en poblaciones se inician los ajustes de cuentas para evitar que los sigan matando por “balas locas”? les dará la misma pena saber que hay ancianos muriendo de hambre y abandono por sus pensiones indignas y la falta de recursos para la vejez? Y así podría enumerar una lista interminable de preguntas…

    NO les compro su tristeza!

    Responder
  3. Emilio Aburto Bravo

    Muy bien Samir, un resumen de lo que pasa y siente el pueblo de Chile.
    Un abrazo con el cariño de siempre.

    Responder

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