Por Jorge Polanco Salinas.

Esta nota tiene el carácter de urgencia. Escribo desde Valdivia, al sur de Chile, hoy 22 de octubre de 2019. A partir de este viernes comenzó un movimiento popular a gran escala, una ruptura política insumisa que, como todo instante de peligro, puede ser capitalizada por la derecha si no se logran imponer las ideas justas; o, mejor dicho, por la extrema derecha, aunque no se sabe qué significa aquello.

Porque ya estamos viviendo en la extrema de derecha. Militares en las calles, toque de queda, neoliberalismo a ultranza, torturas, secuestros, asesinatos. No hay margen. Es tanto así que exigir una nueva constitución es, en rigor, una reforma liberal que los neoliberales no toleran. La sangre sigue impregnada en sus billeteras.

Los carabineros lanzan sus bombas lacrimógenas sin reparo. Ayer, a las 20:40 había llegado recién de la marcha, conversaba con un amigo después de muchos años, y lo encaminé a su hospedaje. Al regresar, afuera de mi casa estaba lleno de humo, la gente corría y tuvimos que alojar a dos personas antes del toque de queda que empezaba a las 21:00 hrs. Un camión de militares esperaba al final de la calle. Fuerzas Especiales de carabineros salieron de improviso y persiguieron al resto. Pero la conversación con ellas fue decisiva: estaban organizándose y no veían salida, solo recomponer un tejido social perdido. Empezaron por participar en una barricada. Lo expreso, casi, con sus mismas palabras. En la noche se sentían los balazos, las alarmas y los cacerolazos, y vimos con sorna el enorme rostro de Don Francisco, que cubría casi todo el espectro de la pantalla, llorando. Videos de amigos llegaban por doquier a las redes en común. Pero no solo se percibía miedo, también hartazgo —que conforma el principio latente de una transformación— y la sensación de lo inédito. Esto ha sido hasta ahora. No sé qué pasará en los próximos días.

Despertó Chile, se repite como consigna en las calles. El despertar es ese instante en que el sueño sale de su bruma y alcanza a plasmarse en la energía colectiva. El 2011 sentí algo parecido en las marchas, una vuelta de tuerca frente al extremo neoliberalismo chileno. Aunque las cosas siguieron casi igual; este “casi” es fundamental porque significa que el aprendizaje ya se instaló. El velo del neoliberalismo ha sido quemado. Una generación hastiada por los abusos de una estructura política y económica, donde todos los ámbitos de la vida se conciben como un servicio mercantil, ha intercambiado su experiencia con una nueva generación, ya sin los temores introyectados por la dictadura, pero que debieron batírselas con las deudas en educación y el desprecio de una élite experta en ningunear a este nuevo proletario del siglo veintiuno. En las marchas de Valdivia, la palabra “pueblo” retorna tanto con la bandera mapuche como con las canciones de Víctor Jara, así como con el reconocimiento de pertenencia a una clase explotada.

La pauperización de la vida tiene sus largos alcances tanto existenciales como inconscientes. Es imposible sintetizar los síntomas. Los últimos asomaron graficados con las declaraciones del poder ejecutivo; es decir, las frases humillantes sobre los costos de la vida y las bromas clasistas con que los trabajadores han sido despreciados, considerados como pobres sin derechos, o, mejor dicho, con un único derecho: una tarjeta de crédito para aplazar las deudas de la sobrevivencia. Este humor, esta risa sardónica, tiene su raigambre: el disfrute por humillara los más desprotegidos. En el límite de la indecencia, el presidente —en guerra contra un enemigo poderoso— repetía los dichos del general Leigh y la junta militar: librar la batalla contra el enemigo interno; léase: la gran mayoría de los chilenos que salió a protestar. Estas declaraciones solo han resaltado la estructura de clase y el clasismo cultural del país. Pero esto no es una novedad. Lo crucial es que la composición de este neoliberalismo es de tal manera extrema que no existen los mínimos derechos sociales garantizados, incluyendo los “recursos naturales” que son vistos, por estos patrones de fundo de la postdictadura, como meros insumos de empresas privadas. Todo está a la venta como un bien de consumo.

Perplejos, los partidos políticos tampoco han dado respuestas. Las personas salen a enfrentarse a los carabineros y militares a partir del sentido común de que todo está deteriorado y todo por ganar en esta sobrevivencia. Hasta el momento, la gran masa de gente en las calles demuestra un ímpetu incontenible. Es probable que incluso termine con la caída de Piñera, o que no pase casi nada, o que quizás esta pulsión se suspenda por un tiempo; pero ya quedará inscrita la huella histórica como ese “casi”, que a la vez es corporal, lingüístico y, por lo tanto, social. Una huella que el psicoanálisis tiende a llamar la mnémica. Esta es la paradójica situación actual: la intransigencia neoliberal, que vive en su propio paraíso y utopía, no va a ceder ante exigencias liberales como la apertura hacia una nueva constitución, menos aún a una asamblea constituyente. Convoca a la guerra, a la criminalización, a los asesinatos y, como hemos visto en estos días, practica de nuevo torturas. Los militares también tienen su huella mnémica, como sabemos; yen su encierro e ideología construida desde antes de la dictadura no han modificado en nada la visión de su pauperizado mundo. En estos días hemos observado cómo se manifiesta la latencia del horror y la expropiación cotidiana de la vida bajo el nombre de “neoliberalismo”, conjugado con las prácticas corruptas de una clase alta -limítrofe intelectual y moralmente- que se burla de la dignidad de los trabajadores y de los estudiantes.

Escribo desde Valdivia, como decía al comienzo; en la tarde se organizaron eventos para los niños, actividades en parques rodeados de libros y conversación, con la idea de que no perpetúen el temor con que fuimos educados, es decir, el estado de excepción como posibilidad permanente ante la exigencia de nuestros derechos. Todos estos días los medios reproducen noticias de saqueos y formas embrutecedoras de encubrimiento, y ahora se suman las imágenes de la bondad de los militares limpiando calles, con gestos amorosos y ciudadanos, como un tierno padre golpeador. En esta ciudad del sur, el toque de queda comienza a las 21 hrs.; durante la tarde visité a algunos amigos y amigas, delineamos el bosquejo de un diagnóstico y las líneas a seguir. Nos estamos organizando con lo que se puede: sin armas, solo con la imaginación, para aclararlo. Los militares han llamado a sus reservistas y las barricadas siguen como protestas. En varias poblaciones se sienten los balazos de los agentes de seguridad. Llegan imágenes de todos lados de la violencia criminal de carabineros y militares. Los medios de comunicación televisivos no las reproducen y quieren normalizar la vida, como si nada hubiera pasado.

Pero ¿qué significaría esta “normalidad” después de lo que ha desatado este presidente, estos empresarios y estos políticos que han humillado al pueblo? ¿Piñera podría caminar libremente por las calles? ¿Alguien podría acaso respetarlo luego de todos los muertos y la violación de los derechos humanos? Por cierto, la consigna “que se vaya Piñera” no basta; una nueva constitución democrática —por medio de una asamblea constituyente— significaría un paso hacia la recuperación de los derechos fundamentales en salud, educación, pensión, vivienda y transporte, junto con rescatar los elementos naturales—no recursos— y el carácter plurinacional de un país construido desde el violento sadismo de la capitanía general. No basta que se vaya Piñera, es cierto; pero sería un avance en la disputa contra la impunidad de los poderosos saqueadores de Chile.

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