La lucha como revuelta, primero, y como revolución, después, es el camino para conformar un nuevo panorama político.

Por Fernando Bogado.

1) Jean Baudrillard, quizás una de las mentes más lúcidas para determinar la lógica de lo que bien podría llamarse el “mundo posmoderno”, planteó una idea en su libro El intercambio simbólico y la muerte, que todavía sigue siendo pertinente para el mundo en el que vivimos. Un mundo que, en un sentido lato, responde al estadio del capitalismo abierto luego de las crisis del petróleo de los 70, la caída de los proyectos revolucionarios en el bloque sudamericano y el avance de gobiernos neoconservadores en EE. UU., Inglaterra y nuestro continente, vía golpes de Estado. Un mundo que sigue siendo el nuestro, claro, y que evidencia una serie de tensiones no resueltas que dan para discutir con varias de las ideas de Baudrillard. Salvo, quizás, con una. Me animo a decir.

Baudrillard establece que lo que diferencia al tipo de relación simbólica de un pasado no tan lejano y este presente es que, en algún sentido, todavía teníamos un referente. O sea, la práctica simbólica todavía se vinculaba con algo tangible, con una cosa que podía verse y que era representada por el símbolo. Pero tanto el avance de las ciencias vinculadas a la Lingüística como el desarrollo de ciertos patrones económicos muestran una verdad que realmente nos deja pasmados, o debería hacerlo. El estadio actual del mundo, “el presente”, muestra que el símbolo se ha independizado de la cosa. No hay referente. Cada símbolo remite a otro símbolo en una cadena de referencias puestas al infinito, sin posibilidad de arraigarse en nada en particular. Así sucede con el símbolo lingüístico, algo evidenciado de manera contundente por otros pensadores del campo intelectual francés, como Jacques Derrida, por caso. Pero sucede también en la economía. La fórmula del capital que Marx analizó en el siglo XIX es ahora la regla general de acción del símbolo económico en sentido amplio: el D vale por D’, el dinero vale por dinero. No hay mercancía que importe: es apenas un matiz, un momento ínfimo de pausa en la circulación abierta de dinero sin referente. Basta ver cualquier economía clasemediera para ver que las “cosas” no importan. Todo vale por el dinero que puede valer mañana y, para decirlo mal y pronto, la plata solo vale por plata. La actual crisis económica, política y social en Chile nos muestra, de una manera un tanto específica y brutal, las consecuencias de un mundo que se aisló del referente. El sistema económico chileno, bajo la idea de una deuda eterna dispuesta en cada consumidor, organizó un sistema en donde la cosa nunca será tal, el auto, la casa, el título universitario, todo lo que el dinero puede comprar es solo un momento dentro de la lógica de plata siempre en fuga, dispuesta para pagar un préstamo eterno que solo hace lo que Marx ya atisbó que iba a hacer, lo que la Lingüística, en otro campo disciplinar, denunció como funcionamiento… No hay más cosas tangibles. Todos son símbolos en movimiento, en ese infinito perverso que es el pago de una deuda que no tiene fin.

2) Para Baudrillard, la respuesta a esa trampa simbólica es el suicidio. De ahí el título de su libro: el libre intercambio (que no por nada suena bastante parecido a “libre mercado”) opera como una especie del laberinto cuya única salida remite a la economía del potlatch que tanto desveló a los teóricos franceses. Ese “dar de más” como contrapartida de un sistema que parece, simbólicamente, ofrecerlo todo, a costa de una entrega simbólica también total (la deuda), se resuelve en el sujeto particular con el suicidio.

Esto que parece tan abstracto ha tenido su forma más siniestra en los suicidios registrados en el corazón financiero chileno: el famoso shopping mall Costanera Center. Un edificio de 300 metros repleto de tiendas que ofrecen una infinita variedad de productos: la verdadera utopía consumista realizada. Pero, desde el año de su apertura, en 2012, el Costanera Center ha sido el escenario de al menos diez suicidios, llegando hasta el punto de que los propios empleados, traumatizados por la dura experiencia de ver a gente arrojarse al vacío, reclaman la colocación de mallas de seguridad para evitar la consecución de tan terrible acto. En una nota aparecida en Infobae, el 4 de septiembre de este mismo año (“El rascacielos Costanera Center, símbolo del desarrollo económico de Chile, en la mira por los suicidios”), se exploraba la posibilidad más temida: de que esos suicidios estén fuertemente imbricados con una suerte de “venganza” simbólica. Allí, el sociólogo de la Universidad de Santiago, Alberto Mayol, considera la posibilidad de que el lugar en cuestión para esa cantidad de suicidios responda a una crítica a una economía que tiende a endeudar y desproteger a la mayoría de la población. Obviamente, las razones no son tan directas, y creer eso sería abonar por una lógica causal inmediata.

Lo que sí es parte de un escenario por demás preocupante es que, en uno de los trágicos hechos cometidos, las fuerzas de seguridad internas hayan dispuesto una carpa azul para tapar el cadáver y permitir que la gente siga comprando, que el flujo comercial-simbólico siga funcionando. Ningún negocio cerró el día de ese suicidio.

3) El levantamiento popular registrado en Chile es algo que no está dentro del panorama pesimista de Baudrillard y que, por supuesto, no debemos buscar en el mundo cultural y académico europeo. La respuesta de Piñera al reclamo popular por el aumento del boleto de metro, quien consideró que “estamos en guerra”, sumado al audio de su esposa hablando de sus propios compatriotas como “extranjeros” o “extraterrestres”, se suma a la idea de una “corriente chavista” en el levantamiento, como si todo fuese parte de un plan enemigo orquestado en la lógica interior-exterior y no una manifestación popular que ha dicho basta. Algo de razón tiene esta perspectiva: toda lucha popular genuina excede los límites nacionales y se combina, necesariamente, con cualquier levantamiento del mismo tipo en el continente, o en cualquier otra parte del mundo. Y, claro está, para los “privilegiados”, para los que se ven beneficiados por la aplicación de una política neoliberal que ha llevado el fetichismo del dinero como mercancía a un punto de absurdo total, aquellos más alejados de la mera contemplación del intercambio simbólico no son otra cosa que “extranjeros”, otros radicales con los que duele convivir. La manifestación popular y el llamado a huelga de Chile puede resultar violento, excesivo, pero no es otra cosa que una respuesta al mismo nivel que las dadas por el sistema económico tal como ahora se encuentra, sistema que restringe y privatiza salud, educación y bienes básicos en pos de un Estado armónico que deje a los negocios ser negocios. La “ejemplaridad” de Chile se esgrimió como un valor, cuando en realidad es la peor de las trampas de un modelo económico que sigue creando pobres, mejor, que empobrece a los desposeídos aún más. El sistema de intercambio neoliberal ofrece dos alternativas posibles: la muerte auto-infligida, el suicidio, para decirlo mal y pronto, o la lucha. Y es esto último lo que abre la posibilidad de una alternativa política que cambie este sistema auténticamente opresor e inhumano, porque insiste en la inhumanidad simbólica del dinero, porque abona a la inhumanidad del mercado sin intervención. La lucha como revuelta, primero, y como revolución, después, es el camino para conformar un nuevo panorama político. Uno que puede recuperar aquello que en nuestro lado del mundo desapareció con el ejercicio de una violencia feroz. Y esa organización revolucionaria en Chile es, como en cualquier país sudamericano, una re-organización de la memoria política: por eso, las canciones de Víctor Jara volvieron a sonar en las calles de Santiago. Emerge, en la memoria popular, las construcciones simbólicas que sí interpelan a la mayoría y muestran una salida al laberinto de lo comercial. Dejemos que ese tipo de búsquedas sean nuestros más inmediatos referentes, ahora que los guardianes simbólicos aparecen como lo que son: fichas intercambiables de una lógica mundial que no se banca más.

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