Por Jorge Polanco Salinas.

Primera entrega de la “Familia Militar”. Cuatro crónicas sobre la construcción cultural de la herramienta represiva  necesaria para sostener las desigualdades en Chile.

Me echaron de la fiesta. Con la borrachera, descubrieron que había sacado algunos cassette de música. Casi me golpean. La vergüenza duró un tiempo. Hice el ejercicio de no ver a los vecinos por años. Les quité el saludo. Pero también dejé de leer el libro que comencé en esa época (aún no lo termino). Fue el costo de la culpa por mi comportamiento, la huella silenciosa localizada en un objeto. Al mismo tiempo, una venganza. Esos compañeros de juegos, hijos de marinos, reproducían sus ambiciones y violencias con los amigos cercanos. No guardo especial afecto al barrio, mejor dicho, hacia ellos, y se nota. Sí a los que llegaron después, a los de la población que seguía a la nuestra. Hijos de maestros, carpinteros, y otros oficios. Los niños cosacos, pobres con ventaja, les gustaba exhibir los logros de sus padres. Mostraban los regalos en la calle apenas los recibían del extranjero.

Uno de ellos, que durante una parte de la infancia lo pensé como un amigo, era un delator y un violador en potencia; o dicho de manera correcta, lo era, a secas.  Atando cabos y confesiones de vecinos, se supo que cuando tenía doce o trece años, llevaba un niño de cuatro al cerro a que le practicara sexo oral. Pasados los dieciocho, se fue a Canadá. Lo vi pasar una vez en un auto, y recordé que la madre lo castigó al frente mío. Le puso pantalones cortos y con el cable del alargador, doblado en dos, comenzó a lacerarle las piernas. En otras ocasiones, mojaba la toalla y le daba por todo el cuerpo. Sin darme cuenta, asistí a pequeñas sesiones de tortura, naturalizadas como procedimientos de enseñanza. Fernando —no se llamaba así, pero esto no se trata de una nueva delación— lloraba para que su madre sintiera lástima. Era su estrategia. Y, luego, se reía. Estaba entrenado. Los golpes que recibía los ejercía de una manera sutil y mejorada contra los niños más pequeños.

A la mayoría de estos vecinos les ha ido bien. Adaptados y, sobre todo, felices. La hermana menor de Fernando vende Herbalife; apuesta por las “clínicas de salud”, la vida fitness y está casada con un militar. Evaluando mejor lo dicho, esta observación positiva puede ser unilateral y excesiva. El padre de uno de los vecinos apareció en el garaje arrodillado. Mi viejo lo fue ayudar, alarmado por los gritos. En el último momento de conciencia, murmuró que había bebido soda cáustica.  Estuvo una semana en coma y murió. Tenía deudas siderales y extrañas. Compulsivo, ingenuo y consumidor nato, se endeudó hasta más no poder, siguiendo los mensajes de felicidad que llegan todos los días. Esa generación de padres ejercía oficios artesanales hoy casi anacrónicos. Eran captados entre los 13 o 14 años por la “familia militar”, con la esperanza de tener lo básico: salud, pensión, alimento y beneficios sociales. El costo: violencia, maltrato, agresividad contra la familia nuclear. El entrenamiento llevado a casa. La educación permite la asimilación adecuada a los shocks del mundo adulto; es decir, capacitación en las competencias y la resiliencia. La familia: preparación para el cuartel; el cuartel: preparación para el éxito en sociedad. No se ha hecho todavía un estudio de las “torturas” antes de las torturas y del “beneficio” que éstas permiten en la sociedad actual.

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Jorge Polanco Salinas

Jorge Polanco Salinas

Poeta

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