Por Roberto Liñares.

Estaba decidido a cambiar drásticamente el tono de algunos escritos de mi autoría, fluctuantes entre la seria chacota y la alegre investigación, madurando como persona y frunciendo el ceño como corresponde a todo texto que se asome al universo cultural.

Plenamente convencido de ello acometí a la tarea de bucear en el, para nosotros, tan poco conocido panorama literario de la ex y fugaz República Centroamericana del siglo XIX, específicamente de El Salvador. Y encontré a un escritor señero para las letras salvadoreñas: Álvaro Menéndez Leal (1931 – 2000).

Poeta, cuentista, ensayista, periodista, diplomático, urbanista, activo participante del ámbito universitario de su país, dramaturgo y Director del Teatro Nacional de El Salvador, incursionó en la televisión de su país como creador de recordados, originales y elevados noticieros. Recibió infinidad de premios en su país y en el exterior y fue traducido a muchos idiomas. Todo ello demuestra bien a las claras su incansable y polifacética actividad cultural, tan útil a la soberanía cultural de su tierra.

Su vida no dejó de ser azarosa. En su juventud, habiendo ingresado en la Escuela Militar, fue expulsado en 1952, debido a un poema considerado “subversivo” por la superioridad, y el que fuera publicado en un diario. Por su compromiso social y cultural sufrió el exilio en alguna oportunidad.

Original, dueño de una flexibilidad creativa, en los géneros y en la temática, su aporte fue renovador para las letras de Latinoamérica. Pero lejos de la “torre de cristal”, refugio habitual de algunos de nuestros intelectuales, su impulso definidamente humanista, tiñó todo lo que hizo, desde el relato breve hasta la pieza teatral, que no quedó en las bibliotecas sino subió a  las tablas, con gran suceso.

Tuvo un especial talento para incursionar en la ciencia ficción, humanizándola con la ironía moral que la enfrentaba con la problemática del hombre moderno, de carne y hueso.

Por lo reseñado y mucho más, Álvaro Menéndez Leal debería ser de cita ineludible. Imaginad, amables lectores, que con todos estos antecedentes, sólo restaba poner manos a la obra.

Y así fue. Lo primero fue hacer el acopio de documentación y antecedentes para, como dije al principio, acometer a un aporte serio y medular. Lo más medular que se pudiera. Aclaro que no es este el aporte y explicaré el porqué.

A poco de comenzar la nota que no dará a luz me encontré con un fulmíneo descubrimiento. El arriba citado usó durante toda su vida un seudónimo artístico: “ALVARO MENEN DESLEAL”. Y la seriedad pretendida se me fue. Fu fu. No tá má.

Pasado el primer momento de una brutal sorpresa que me durará toda la vida, empecé con mis inveteradas explicaciones racionalistas. Claro: descompuso su primer apellido en “Menen” y en “dez” y luego a la segunda parte le cambió la tan castiza zeta por una “ese” y la unió a su segundo apellido, recreando al mismo en forma desconcertante.

Pero lo que realmente me inquietaba no era este solo hecho, sino el misterioso matiz evocativo que me provocaba este seudónimo, y que me iría llevando al país de las profecías.

Incoherentemente, flotaban como moléculas de un elemento químico los tres términos, en una alucinante catarata de relaciones: ¿ALVARO hizo que MENEN fuera DESLEAL? ¿ALVARO y MENEN son el ejemplo de lo DESLEAL a algo que los trasciende? ¿MENEN por ponerse en el medio o vaya a saber por qué le dio la oportunidad a ALVARO de ser DESLEAL a algo de sus orígenes? ¿Alzó Garay su espada en vano para que yo, torpe porteño de apellido ibérico y mixtura itálica, engreído en mi cultura, me pierda en devaneos y juegos inútiles, provocados por un escritor salvadoreño? ¿Estaba obligado a la vuelta a nuestra historia, para recordar a Álvaro de Alzogaray, héroe de la batalla de la Vuelta de Obligado, por la que recibió una medalla? ¿Tengo que parar con la buseca y el vino tinto a la noche, porque después sueño? (Me refiero a pesadillas)

Estaba inmerso en una atmósfera de ficción, pero creo que ella y su ciencia, me hicieron salir a buscar respuestas claras.

Recordé que Álvaro Menéndez Desleal (en adelante Álvaro Menen Desleal) descolló en el género de la ciencia ficción, en libros memorables como “La ilustre familia androide”, una colección de cuentos, de los cuales entresaqué a “El animal más raro de la tierra”, y que comienza así: “Para terminar este Informe sobre nuestro primer viaje de estudios a la Tierra, tan felizmente culminado, quiero referirme, distinguidos colegas, a una de las criaturas más interesantes que nos fue dable observar”.

Con esto se da pie a un minucioso estudio de “seres” extraterrestres, que parece corresponder al ser humano, sin embargo se concluye que: “…Ese extraño animal que habita la Tierra desde los trópicos hasta los polos; que mora indiferentemente en los pantanos, en los desiertos, en las montañas, en el aire y en el mar, en las ciudades y las selvas, se llama rata”.

Es evidente el uso de la sutil paradoja moralizante, con la que se va “engañando” al lector con pasajes que pueden corresponder, si se ve con detenimiento, aun hombre o a una rata. Valga el siguiente ejemplo:“…En nuestras excursiones por aquel globo achatado por los polos pudimos apreciar que el mamífero objeto de nuestra curiosidad no es sedentario. Utiliza todo género de vehículos para viajar, desde burdos camiones de carga con motores movidos por combustibles líquidos de bajo octanaje, hasta buques transoceánicos de muchos miles de toneladas de desplazamiento; desde aviones de reacción hasta carretas elementales tiradas por cuadrúpedos. Cubierto su menudo cuerpo con electrodos, ha salido de la atmósfera típica del planeta en cohetes y cápsulas espaciales. Así como ha roto la barrera gravitacional con las primeras velocidades cósmicas, encontrándose al borde de los viajes interplanetarios, en igual forma se ha aventurado en las profundidades marinas, descendiendo en batiscafos a las hoyas abisales de sus mares hasta donde jamás penetra la luz solar”.

Todo este cúmulo me llevó a la iluminación cósmica…

…Ratas; viajes, atmosféricos y estratosféricos, me hicieron recordar a un autor de ciencia ficción argentino, que prefirió el relato oral, pero que igualmente sobresalió en el panorama de la narrativa finisecular del XX: Carlos S. Menem, el que actuó bajo el seudónimo conjuratorio de Méndez, aceptado por distintos sectores de la cultura argentina. Ahí estaba el esotérico contacto, la homofonía Menen, Menem, Méndez, etc., me trajo al instante momentos memorables de la obra oral y pública, de este grandioso y argentífero autor.

Recorrí los anales que ha dejado a los argentinos amantes de la ciencia ficción, el relato que Carlos S. Menem hiciera frente a los párvulos en una escuela primaria de Tartagal, Salta, en el año 1996: “Dentro de poco tiempo se va a licitar un sistema de vuelos espaciales mediante el cual desde una plataforma, que quizá se instale en Córdoba, esas naves van a salir de la atmósfera, se van a remontar a la estratosfera, y desde ahí elegirán el lugar donde quieran ir, de tal forma que en una hora y media podremos estar en Japón, Corea o en cualquier parte del mundo y por supuesto, más adelante en otro planeta si se detecta vida”.

O aquello otro, lindante con el haiku:“En 1995 vamos a ir al Riachuelo a pasear en barco, a tomar mate, a bañarnos y a pescar”. O en 1996 “La convertibilidad se mantendrá por los siglos de los siglos”. O “Pobres habrá siempre”. O aquellas palabras que confirman los viajes a través de distintas galaxias y mundos, cuando recitó: “Somos el primer mundo”. O cuando adelantó las formas tecnológicas del mañana: “Ramal que para, ramal que cierra”.

Hombre de vastos conocimientos y ávido en lecturas, gustaba de conferenciar. Se le escuchó decir: “Acá no se trata de sacarle a los ricos para darle a los pobres, como hacía Robinson Crusoe.”; “Pende sobre nuestras cabezas la espada de Penélope” y “Leo mucho a Sócrates. En mi biblioteca tengo la colección completa de sus obras”. Y sólo por citar algunos casos”.

Esta afinidad era la que, en definitiva, unía en mí, a Álvaro Menen Desleal y a Carlos S. Menem. Y esa afinidad me convence de una dimensión profética del salvadoreño. Él predijo la llegada de un grande de la ficción al Río de La Plata. Degusten estos fragmentos del poemario de Menen Desleal:

“Dame la mano, Antípoda. Tú, el hombre de ese lado;

yo, el hombre de este lado.

Pudiente o proletario, sencillo o complicado,

dame la mano…”

“…Que importe poco el mandatario, el “leader”,

la creencia, y se mi hermano.”

Todo es altamente misterioso en la escritura de Álvaro Menen Desleal, manifestado a través de algunas de sus obras: en teatro: “Luz Negra”; “La bicicleta al pie de la muralla”. En prosa:“Lallave” (1962), “Cuentos breves y maravillosos” (1963), “El extrañohabitante” (1964), “Una cuerda de nylon y oro” (1969), “La ilustre familia androide” (1972), “Hacer el amor en el refugio atómico” (1974) y “Los vicios de papá” (1978).

Incluso con esta última, tengo la sensación de estar a las puertas de una nueva profecía… “Los vicios de papá”… ¿Qué o a quién estará prefigurando?. No lo sé, para ser franco. Franco y leal. Porque este artículo será o no será del agrado de los presentes, será farragoso o ágil para cada una de las sensibilidades hojeantes, pero aunque me desvíe a horizontes presuntamente risibles o sonrisibles, nunca seré desleal. Y menos Menem. Ni más o menem. Y mucho menos Álvaro.

DESDE EL SALVADOR SE PROFETIZÓ EL ADVENIMIENTO DE CARLOS S. MENEM

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Roberto Liñares

Roberto Liñares

Colaborador

(1955, Buenos Aires) Poeta. Sus obras han sido publicadas en distintas revistas, y formado parte de numerosas antologías. Ha recibido varios premios (Biblioteca Belisario Roldán, Departamento de Extensión Universitaria de la Facultad de Derecho, Club Banco Provincia, Central de los Trabajadores Argentinos, Secretaría de Cultura de la Asociación Bancaria, etc.). Participa en distintos recitales y “performances”.

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