Por

Jorge Polanco Salinas.

Segunda entrega de la “Familia Militar”.  La escuela del sometimiento a una hermenéutica de la violencia.

No nos hablaba. Partía la clase con una frase en griego y luego la desglosaba con lentitud. Un fragmento del Sofista de Platón, por ejemplo. Con la solemnidad de un sacerdote, las letras iban ganando sentido en el idioma original. Nosotros, la mayoría estudiantes de provincia y primera generación que ingresaba a la universidad, con suerte habíamos aprendido algunas palabras en inglés. Salvo a una compañera, que había estudiado en el Colegio Alemán, el maestro no respondía preguntas ni aceptaba comentarios; y cuando alguien quería intervenir, hacía como que no entendía las preguntas. Éramos unos bárbaros, supongo, para su nivel. Teníamos que ponernos de acuerdo, pasarle las preguntas a nuestra compañera, y esperar que llegara la iluminación.

Así se enseñaba Heidegger. Un sometimiento a pautas de lecturas, el respeto religioso al texto y al profesor que dominaba en varios idiomas el libro, el gran libro, Ser y Tiempo. Esta práctica coincide con un aprendizaje de larga data en Chile; la escuela del sometimiento a una hermenéutica de la violencia, cuya imagen radical proviene de la adoración por una cultura alemana superior y el menosprecio de la situación concreta de donde surgen los discursos y, por qué no decirlo, los sueños. Esa enseñanza del lector adusto tiene sus rigores y, quizás, sus beneficios; también manifiesta la expresión de una raigambre más amplia: la religión como matriz que se inserta en la filosofía, el culto por una autoridad que controla y repite a los grandes maestros, el rito de ningunear al ignorante estudiante chileno. La familia militar filosófica también tiene su memoria histórica.

Pero esta forma no solo se muestra en la consuetudinaria enseñanza de la filosofía que, creo, se está acabando. Una vez vi a ese “maestro” salir a marchar por la educación pública y pasar por revolucionario junto a las nuevas generaciones. Ojalá haya sido así: que su adoctrinamiento de los noventa fuera desplazado por los aires del dos mil. Aunque déjenme guardar cierta reserva y duda. Entre paréntesis: los poetas tampoco se quedan atrás. Esta situación llega al hartazgo cuando has visto a las personas envejecer y, en tan solo diez años, aumentar sus rasgos convirtiéndose en caricaturas de sí mismos; fascinados por comprenderse como un personaje más en este circo desolado y triste. Risas que apelan a un vacío entre el adoctrinamiento y el aparente juego de la transgresión que, con los años, se va cristalizando en un nuevo autoritarismo.

Digo esto último porque parece que existen dos formas insistentes de perpetuar la memoria y el olvido en Chile: la estructura de la represión y la del golpe de estado. Los sueños se prolongan en el tiempo; se anclan a un inconsciente material que se muestra en las prácticas cotidianas. Se puede soñar la violencia, apostar por el lugar del represor, aprender a golpear con gozo. Nos falta mucho análisis, como decía, acerca este legado, y también sobre las respuestas a imagen y semejanza —ocupando una expresión religiosa— de esta violencia que a la vez repite su lógica en el ámbito cultural. Agudícese la mirada, por ejemplo, sobre la vigencia que tuvo el estilo de Nelly Richard y su aire de familia con la enseñanza de Heidegger.

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