Por Jorge Polanco Salinas.

Tercer entrega de la “Familia Militar” en el país e las maravillas.

Bastó llegar a la esquina para sentir el olor de las lacrimógenas. Estaban demasiado fuertes. Una familia corría y un hombre a lo lejos no podía parar de toser. Parecía que le iba a dar un desmayo, pero no alcancé a ver más. Mi garganta empezó a cerrarse y ya en casa boté sangre por la nariz. El derrame no paró como en 15 minutos. Pensé en dónde y cómo el Estado compra las bombas, en los niños que corrían, en el entrenamiento de los torturadores, en la construcción clausurada de la subjetividad policial. Vivimos en una nueva Palestina o en un Wallmapu militarizado a lo largo de los territorios. Inmigrantes, primeros pueblos y mestizos. No son 30 pesos, son 30 años. No son 30 años, son 100. Y podríamos seguir más atrás. Ya es suficiente la libertad vigilada.

Fuimos al puerto a una tocata de Los Fiskales Ad hok. Con Eduardo, los escuchábamos en el contexto de las borracheras de Belloto. Ron Silver, era el tema. Sus canciones marcaban la experiencia de la indescifrable adolescencia. En eso andábamos en Villa Alemana cuando nos agarraron tomando en la calle y nos llevaron a la comisaría, junto con unos compañeros de liceo. Creo que éramos 5 o 6, quedamos como los culpables, pero esa es otra historia. Trajeron a un preso moreno, ancho de espaldas, entre unos 25 o 28 años. Esposado, con las manos atrás, los pacos llegaron con toallas mojadas y empezaron a darle. Estamos hablando del año 92 o 93, creo. La tortura duró una media hora o quizás un poco más. El preso no dijo nada; el choro muere callado, dice el dicho. Mudo, sonaban los golpes y las risas de los policías. Esta era nuestra bendita democracia sana.

La segunda vez que nos llevaron en los noventa fue en Quilpué. Aunque esta vez se justificaba. Con Eduardo, borrachos, agarré un palo (mi amigo ya tenía el suyo: por precaución, salía a carretear con un bate) y empezamos a romper los vidrios de los negocios del centro. Arquero, y profesor de educación física en la actualidad, Eduardo siempre tuvo mayor fuerza y logró quebrar la vitrina de la Cruz Verde. La que da justo en la esquina entre Claudio Vicuña y Andrés Bello. En un minuto, ya estábamos esposados. Fue predecible; otra vez se nos vinieron los fiskales a la cabeza: Padre Hasbún y la concha de tu madre.

La primera vez que nos subieron los pacos a la cuca fue en la esquina de la población. Pasaron alrededor de diez personas corriendo; por mala suerte, estábamos tres amigos en el lugar: Pancho, Tito —sordo de nacimiento— y yo. Asomó de pronto un vehículo blanco sin patente, y bajó un tipo con un arma apuntándonos. Nos puso contra la pared. Empezó a registrarnos, y como nuestro amigo sordo no entendía nada, el tipo se desesperó. Giré la cabeza para decirle que no escuchaba, me puso el revolver en la sien, y le grité como pude: “es sordo”. Llegó la patrulla y nos metieron adentro. Tito empezó a emitir unos rugidos tan intensos que hasta el día de hoy los recuerdo. No tuvimos que testificar la situación; nunca se supo quién era el paco de civil y no podíamos preguntar. Esta es la silenciosa superficie de la postdictadura. Alicia en el país de las mentiras.

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