Por Ivana Romero.

Leo “Diario poético en tiempos macristas” mientras veo un chico que pasa por Santa Fe, aquí en Buenos Aires, con una bandera argentina y una bandera de siete colores. Banderas planchaditas, sí, como diría Luca.

Es muy probable que ese pibe esté volviendo de la marcha en apoyo al macrismo. Qué paradoja: si ese pibe puede salir a la calle con una bandera del Orgullo LGTBI es porque hubo un gobierno que transformó el matrimonio igualitario y el derecho a la identidad trans en ley. No fue el gobierno que comienza a irse en estos días. Por el contrario, ese gobierno asesinó gente pobre y joven y distinta a ellos, fomentó la xenofobia y el racismo, reinstaló la heterosexualidad como medida de todas las cosas con un presidente orgulloso de que su esposa sea “silenciosa”, sus fuerzas represivas golpearon personas durante movilizaciones populares y volvieron las personas encarceladas como presas políticas. Si a eso le sumamos un endeudamiento histórico, índices de pobreza y desocupación alarmantes y un malestar que de un modo u otro se instaló en miles de cuerpos, pues entonces es difícil entender qué celebra ese muchacho con la bandera argentina y la otra, esa de colores insumisos.

Esto mismo se pregunta Flor Codagnone en este libro: cómo es posible el horror, el hambre, el desamor. Ella lo dice en el prólogo, ahí donde cita a June Jordan, otra poeta que conoce porque la tradujo. “June Jordan dijo alguna vez que la poesía es un acto político porque implica decir la verdad. Yo creo que la verdad no existe pero entiende a qué se refiere. Toda poesía es política”, escribe Flor.

Escritos entre noviembre de 2015 y marzo de 2019, estos poemas están gestados en esa exhalación previa a las lágrimas o a la risa, en ese instante donde el aire se contiene para estallar, luego, convertido en palabra, en grito o en perplejidad que no encuentra su forma, su manera, y allí se queda, a la espera de esa transformación sutil que no siempre se produce. Porque en estos años no ha sido fácil encontrar la palabra, el gesto adecuado. Lo que hace Flor es ir en busca de la palabra y el gesto. Este libro es la evidencia de esa búsqueda. Así como Flor borda y en esas puntadas atestigua la existencia de una figura, aquí escribe para indicar la existencia de un camino con muchas bifurcaciones posibles pero un rasgo común: la resistencia.

“Nuestros pasos afirman/ las luchas y los ojos/ velan a los muertos que hablan// En nuestras lágrimas/ viajan los pueblos”, escribe en el poema inaugural, dedicado a Cristina Fernández de Kirchner. Su feminismo vuelve a dejar marca como en sus otros libros. Este año que ha sido muy prolífico para ella en términos de publicaciones, también presentó Filos (poemas sobre violencia contra las mujeres). Si allí decía que hubiera preferido no escribir ese libro, que los poemas que evocan los femicidios de Daiana García, de Melina Romero y de tantas otras no deberían existir porque esas muertes no deberían existir, en este diario macrista sucede algo parecido. “¿Dónde se encontrarán ahora las palabras?”, pregunta. Allí están los poemas como forma de poner el cuerpo cuando las palabras no alcanzan, cuando el silencio deja de ser poesía para ser perplejidad. “El hambre no es poesía”, dice Flor.

Estos poemas, entonces, son el modo en que una mujer pone el cuerpo junto a otras y otres. “Aun roto/ el cuerpo-país gime/ baila, grita (…) aun devaluado/ el cuerpo sube hasta otros cuerpos/ y busca amor”, escribe. Está Milagro Sala “detrás del televisor están las rejas/ y detrás de las rejas sigue Milagro”, están las pibas que resisten en las calles “ardidas/ construyen pueblo/ del desierto/ truecan cenizas por flores, así/ nos enseñan”.

Flor habla de todo esto y habla junto a otros y otras de todo esto. Crea intertexualidades con Olga Orozco, incluso con Borges, cita a Paco Urondo y Angela Urondo Raboy, a Julio Cortázar, a Roberto Juarroz.

En este diario están Santiago Maldonado, Rafael Nahuel, las miles de personas despedidas. Siento profundamente esto que digo porque soy una de las despedidas del diario Tiempo Argentino. A fines de 2015 nos dejaron en la calle, sin sueldo, sin indemnización, al día de hoy. Flor también nos escribió, nos poetizó.

A la vez, un diario es una conjunción de experiencias personales y políticas. O es, en todo caso, la alquimia que surge cuando ambas entran en colisión. Así dice cosas como “en mí una tristeza no cede/ un otro no se rinde/ un pueblo canta”. Y también advierte “llevará tiempo/ reconstruir nuestra música”.

Ojalá que la tarea empiece pronto. Ojalá podamos reconstruir nuestra música. Ojalá que con el tiempo este diario pueda ser leído como la memoria de un tiempo ido y no con el dolor lacerante de lo que sigue ocurriendo. Ojalá no sea necesario volver a escribir un libro semejante. Ojalá no olvidemos que el horror siempre es posible. Ojalá encontremos la música, las palabras, la alegría colectiva, un poco de calma.

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