Por Jorge Polanco Salinas.

El vecino está construyendo su casa de nuevo. Al menos así parece cada verano. Ya es la tercera vez que tira su basura a nuestro patio. El año pasado lanzó una silla de plástico y un tronco; este verano apareció una canaleta. Durante la tarde tuve que agarrarla y mandarla devuelta, pero volvió a la mañana siguiente, destartalada entre la pandereta y el ciruelo. Me subí a la pared y miré la construcción. Parece que le ha ido bien. Vi cruzar en la calle un perro pequeño, de esos que en algunas casas los ocupan como floreros. Pero esta es una casa rara. Antes cruzaba un gato con un collar y una campanita brillante. Me quedé un largo rato contemplando los materiales de construcción. Como un eco, escuché en el interior «Guzmán».

De pronto comenzó a llover, como llueve en el sur. Lo digo con aire de superioridad. Salí a caminar por la costanera; llegando al puente Pedro de Valdivia recordé vagamente un libro de tono gris plateado, que leí hace más de una década. Hasta ahora, la autora ha pasado desapercibida. Me acuerdo del momento en que, después de almorzar en el Valparaíso Eterno, Elvira Hernández me regaló un ejemplar con el nombre Loreto Hernández Ravest. No es un familiar, dijo en señal de advertencia. Siempre lo mantuve como un recuerdo pendiente sobre el que había que volver. En esos años, lo leí y presté a una amiga, que justo antes de venir a vivir al sur me lo trajo como recuerdo.

Ojo de pez, publicado el 2002, reúne relatos de prosa poética que terminan con un título sin narración: “La ciudad”. La joven escritora se suicidó a los veintiocho años lanzándose al Mapocho desde el puente Loreto. Escribía crónicas en el diario La nación, donde se notaba un trabajo que iba creciendo en plasmar el deseo y corporalidad femenina. Con sorpresa al buscar sus relatos, leí que Hernández provenía de Valdivia; se había traslado a Santiago a estudiar arquitectura y, en cierta medida, su prosodia diseña la experiencia de la bruma narrativa transformada en smog, con un filo extraño entre la interioridad, las descripciones poéticas y la apertura urbana.

El barro genera una sensación metafísica, con rasgos angustiosos e indescifrables sobre la vida; mientras estuvo lloviendo y la neblina cubría el cielo como una cortina de cenizas, leí “Retorno”, el relato más violento del libro. Es una narración compleja; una pesadumbre que mixtura la infancia, los abusos y el extravío de la inconsciencia. El río Ainilebu delinea la ruta de una mujer tratada como una masa de carne, mezcla de cuerpo y barro. “Valdivia es una extrañeza entre lo íntimo y lo pavoroso”. Fui leyendo el relato como si dibujara un mapa. Cuando la ciudad se observa desde cierto ángulo del río, uno percibe que el vuelo poético no se opone a la prosa. La interioridad se despliega a través de la exterioridad violenta, el curso del agua corresponde a la prosodia de lo indistinto. Eso es lo que hace Hernández: el personaje femenino, sin nombre y en un lenguaje neutro, sufre la violación y los golpes de un camionero. Desde los catorce años, aprende un erotismo de la indiferencia y la seña copiosa de los golpes como la lluvia y el barro. Ojo de pez: una geografía del sur sin idilio, trazada en el cartabón de “una ciudad clara sobre este paisaje degradado”. Síntesis del retorno a Valdivia, la vista mapeael desajuste entre la naturaleza y la ciudad, como la demora que a menudo sucede entre la escritura y la lectura, las imágenes y el silencio barroso del recuerdo.

Diez años antes, Elvira Hernández escribió una escena similar. En Santiago Waria (1541-1991), el acápite “Hueviche súmmum” incluye una descripción interiorizada, pero sin una situación de escritura precisa. Se intuye que se trata de una violación, una tortura o una agresión sexual. La situación de encierro marca el poema: “Cero claridad. Durmiendo el día y despertando de noche. La ampolleta apagó la luz en la mitad de la escalera”. Como en otros libros de Hernández, heterónimo de María Teresa Adriasola, muchas veces no se tiene seguridad acerca de quién habla. Solo se percibe que se trata de una mujer. En Santiago Waria, Hernández retomará el megáfono de Lihn, con quien leyó los poemas de El paseo Ahumada en su presentación pública, mostrando otros contornos de este poblado; es una voz femenina la que ocupa el lugar del pingüino, incorporada antipoéticamente a la ciudad neoliberal.

En vez de la lira destemplada de Rodrigo Lira, Jorge Guzmán describe la poesía de Hernández como una lira irritada; heterónimo del lugar inhabitable de la metrópolis y la poesía chilena. Guzmán: en Hernández no existe un tono maternal asociado a lo femenino. La portadilla del libro y el título compuesto, advierten sobre este rasgo poético y político de su propuesta. Guzmán: se fija en el uso popular de la palabra “perejil”: la pobreza de quien habla, su rasgo abortivo y el carácter indígena de la mujer violentada, muy probablemente encerrada en la cárcel. El lugar del habla indicaría una triple violencia: la represión de los pobres, de las mujeres y la cultura mapuche. Guzmán: “la extrañeza de la hablante frente al mundo traspasado de violencia y sinsentido por donde deambula sin aferrarse a casa, casi sin tener habitación”.

Me llama la atención estos “sin”: sin habitación, sin casa, sin carta de ciudadanía, sin un espacio de resguardo, Santiago y Valdivia se traducen en mapas sin comunidad. Hernández advierte de una situación de la escritura. Violada por un camionero, prostituida, amedrentada desde los catorce años; el regreso a Valdivia con el olor estancado de la casa materna está recargado como “una anestesia compacta y dolorosa”. Hernández escribe sin que uno sepa quién habla, sin nombre de los personajes, en un grado cero de la escritura, subjetivizada por la ciudad que se adentra en la mujer dañada. “Cero claridad” de Hernández: sin saber cómo empieza el encierro, sin un lugar preciso en que se ancle la subjetividad, sin que se conozca quién la amenaza y la lleva por los escalones, en cueros, sucia y goteando.

Ainilebu y Waria, topónimos de una violencia más extensa que la actual, una historia a largo plazo que proviene tanto de la colonización como de la arcana situación precaria de la voz femenina. Ciudades a la intemperie, sin rostros y sin personajes precisos; al mismo tiempo muestran el contraluz de la vuelta a la democracia. Estos sin” anónimos, frente a los cuales quedamos desubicados en la prosa y la lírica, acentúan aquello que el relato de esos años no quería ver en la construcción política; trabajo en obra de una casa en escombros, desarmada por dentro y por fuera destartalándose, pedazo a pedazo. ¿Quiénes son las que hablan en Hernández? ¿Cuáles son sus lugares? ¿Dónde están sus casas y habitaciones?¿Quién llama -todavía- a Guzmán?

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Jorge Polanco Salinas

Jorge Polanco Salinas

Poeta

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