Por Cristian De Nápoli.

En países como Brasil y Argentina (y quizás también Tanzania) se acaba de cumplir el quinto año consecutivo de caída drástica en la producción de libros. Un fenómeno que, además de ligarse a la caída general del consumo, tuvo que ver con el recorte puntual en planes nacionales de lectura y ayudas al sector editorial privado.

En Brasil Bolsonaro acaba de citar involuntariamente al mexicano Zaid diciendo que hay “demasiados libros”, al tiempo que se divulgaban datos como este: sólo el 48% de los brasileños lee al menos un libro al año, ya sea escolar o no (con Dilma se había llegado al 56%). En Buenos Aires aún no se hizo público el primer cierre de librería de 2020, pero ya se conoce un caso, la Distal de Scalabrini Ortiz, que apenas pasada la navidad se largó a encajonar todo su material de cara al cierre en próximos días.

Brasil produce el doble de títulos que Argentina (50mil lanzamientos anuales allá, entre novedades y reimpresiones) y sus tiradas en promedio triplican las nuestras. De modo que allá lanzan 350 millones de libros, y menos de 50 millones acá. Producen dos libros por persona; acá, uno. En el país vecino es fuerte (160 millones) el sector de libros didácticos o de texto. Asusta (60 millones) la producción de libros y panfletos religiosos. Se sostiene (20 millones) la de libros técnicos. Y suman 100 millones las “obras generales”, esto es la literatura, adulta o infantil, los ensayos y en general todo tipo de libro “que elegimos en librerías”. Pero a la par es muy sólida, por herencia del lulismo e incluso anterior, la compra de libros por parte del gobierno federal. De los 350 millones de ejemplares anuales, el gobierno brasileño compra 140 millones (en su gran mayoría didácticos, aunque también “literatura general”). Lo más drástico es que los sectores que caen a ritmo de, como mínimo, 10% anual en su producción son justamente el de los libros didácticos (hay menos compras estatales) y el de obras generales (-17% anual en ficción, -25 en ciencias sociales, -30% en libros de arte y de pedagogía).

Expressao Popular, Boitempo, Elefante, Patuá, 34, Mondrongo, Demonio Negro y una larga lista de editoriales independientes surgieron en Brasil, como en Argentina, del 2000 en adelante. Pero la diferencia es que casi ninguna logra afirmarse en ventas en librerías como sí en nuestro caso: allá no se da tanto esto de las “editoriales medianas” que cada año pueden clavar cierto éxito y reimprimir dos, tres veces cierto título. No tienen su “Cometierra” o su “Por qué volvías cada verano”. Las tres grandes cadenas de venta al público (Saraiva, Cultura y Fnac) se llevan el 60% de la facturación del total de librerías, eso aunque dicen estar en crisis. Las editoriales chicas brasileñas son altamente dependientes del entramado de venta directa en ferias y eventos. “As pequenas trabalhamos sempre na margem financieira do vermelho”, dice Otávio Campos, del sello mineiro Macondo.

En Argentina desde 2015 mermó un montón la cantidad de traducciones de autores brasileños. En muchos casos, no todos, pasaba que esos libros no se vendían bien, y a la par se recortó la ayuda neta del Estado brasileño en la traducción y edición. Esos libros pre-2015 todavía se consiguen en nuestras librerías (recomiendo al menos uno que traduje: los cuentos del gran Nelson Rodrigues, “La vida tal como es”, editados por Adriana Hidalgo). Con pocos autores hermanos ocurrió que su editora argentina agotaba la primera edición en español para luego reimprimirla sin miedo (sé de dos casos porque los traduje, la poesía de Vinicius y las novelas de Ana Paula Maia, y debe haber poquísimos ejemplos más). Muchos escritores do Brasil, para terminar, vienen pidiendo pista y sería bueno que se publiquen en Argentina. Uno es Joca Reiners Terron, que acaba de lanzar allá “A morte e o meteoro”, una novela sobre una tribu amazónica trasplantada a Oaxaca, México, luego de un no tan hipotético desastre ambiental.

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