Por Gabriel Rodriguez.

Ya se dijo hasta el hartazgo: Quinquela pintó La Boca. Cosa que es cierto. Pero también se podría descubrir que se pintó a sí mismo, y no solamente al mirar sus muchos cuadros emblemáticos del puerto boquense, con sus barcos y sus estibadores, su atmósfera de trabajo arduo y búsqueda de mejor porvenir a costa de partir el brazo.

Todo lo que hizo Benito Quinquela desde su triste y melancólica infancia hasta sus últimos años, fue una forma de crear su propia imagen, ante una primera niñez de desencanto y ante la mirada que el mundo depositaría en él. Quinquela fue de todos y de todas. Pero arrancó no siendo de nadie.

Nació en 1890 en una fecha que no se sabe certeramente pero se decidió calcular en el mes de marzo. El primero de marzo. No se sabe porque fue abandonado en la puerta de la Casa de los Niños Expósitos, en una canasta y con apenas semanas de vida. Solo lo acompañaba una nota en la que se aclaraba que era Benito Juan Martín. Nunca nadie regresó por él. Sus primeros seis años transcurrieron en aquel hogar de niños, hasta que aquello que él mismo declaró soñar ocurrió: un matrimonio de La Boca lo adoptó. La razón por la que Manuel Chinchella y Justina Molina lo eligieron fue por ser varón y para ayudar, en un tiempo no tan lejano, en las tareas de su carbonería. Así pasó el futuro pintor su adolescencia trabajando en el puerto, descargando bolsas, repartiendo los pedidos hechos a la carbonería de don Manuel.

Benito Quinquela no fue un hombre de rebelarse ante el mundo, al menos en esas formas que por aquellas convulsionadas décadas arreciaban las naciones y sus sociedades. Pero sí fue un retobado ante la vida que parecía haberle tocado; ya en sus años finales de adolescencia comenzó su mirada a clavar las imágenes que veía a diario en una tela, arrancó su corazón a definir qué era él para sí mismo, y, más evidente luego, para su barrio, para la gente en él.

No tuvo educación artística con aprendizajes de cánones, apenas un profesor y guía para su vocación naciente: Alfredo Lazzari. Quien supo terminar de afianzar su carácter de pintor. Claro que no contaría en un principio con la buena vista de los círculos artísticos de la vanguardia, reiteradas veces era rechazado en el Salón Nacional (“En rigor de verdad, a mí nunca me afectaron demasiado loos rechazos del Salón. Me fui acostumbrando a ellos. Todos los años mandaba algún cuadro y todos los años me rechazaban”), lo cual lo llevó en 1914 a organizar el Salón de los Recusados del Salón Nacional (es inevitable compararlo con los Impresionistas y sus galerías de no aceptados por la elite pictórica).

Precisamente en esos años de 1910 a 1920 se forja el estilo y la trama, la temática, que seguiría toda su vida. También es el momento en que adopta el nombre Benito Quinquela Martín, cambiando el Chinchella por la versión castellanizada de la sonoridad italiana del apellido adoptivo.

1918 es probablemente el gran salto de su popularidad, cuando expone su trabajo en solitario en la galería Witcomb, logrando la atención de muchos críticos, siendo presentado como un artista cuya obra inclasificable según lo establecido traía formas y escenarios distintos, populares, con arraigo en lo “real”, alejado de lo figurativo. Ese año también fue finalmente aceptado en el Salón Nacional.

A partir de la década previa a la conocida como infame, su destino sería recorrer el mundo exponiendo sus cuadros repletos de su barrio boquense, el puerto que conocía de memoria, sus trabajadores que también se jactaba de saber plasmar cada músculo en su exacto esfuerzo cotidiano. Mucho tuvo que ver en esa ascensión internacional del pintor, el padrinazgo ni más ni menos que de Marcelo. T. de Alvear, presidente radical que le otorgó carácter diplomático a los viajes de Quinquela (Canciller del Consulado en España). Una estadía en el viejo mundo que no se podría comparar con el Viaje Iniciatico de la mayoría de los artistas que se iban para Europa en épocas del Centenario. Benito no fue a permeabilizar su visión pictórica y plástica de lo que las principales capitales europeas marcaban como “la forma, el tema, el trazo”. Si León Tolstoi dijo pinta tu aldea y pintarás el mundo, el boquense lo hizo a rajatablas, y eso no cesó de cautivar a los espectadores de sus exposiciones (El Sr. Martín es un articulador que permite destacar al pintor de los astilleros y la vida industrial: de las grúas y las naves, de las fábricas y altos hornos, de los hombres, diminutos homúnculos, cuya única tarea es alimentar a los monstruos de acero y hierro. En estas imágenes, como Crepúsculo en un astillero de La Boca(…) logra dar a la maquinaria una especie de vida sub-humana que es asombrosamente eficaz y verdadera.). “Llevo mi barrio, mi puerto, a todos lados conmigo”, dijo el pintor.

Lentamente pasarán los años de primera indiferencia, y llegarán los del reconocimiento total en su país. Aceptación que tendría como contrapartida de Quinquela la proliferación de una apropiación cada vez mayor de su identidad de pintor de La Boca, pero también como personaje propio del barrio, y como su principal benefactor y garante de su crecimiento cultural.

Ya se dijo hasta el hartazgo: Quinquela hizo de todo por La Boca. Cosa que es cierto. Pero acá, en ese hacer, está la otra forma de hacerse a sí mismo que se decía al principio. Benito Quinquela Martín fue un abandonado que eligió no abandonar. No tuvo hijos. Sus hijos fueron todos los beneficiados por su constante crear espacios de desarrollo educativo y artístico. Su descripta filantropía por todos los biógrafos, descansa en una especie de devolución que el pintor le hace a ese lugar que le dio la inspiración para ser lo que fué. El Instituto Sanmartiniano, el Jardín de Infantes número 6, la Escuela de Artes Gráficas, el Lactario Municipal número 4, el Jardín de Infantes número 61, el Museo de Mascarones de Proa, el Instituto Odontológico Infantil, el Teatro de la Ribera. Estas fueron las más reconocidas donaciones del pintor.

Un pequeño párrafo merecen los aspectos políticos de la vida de Quinquela. Sobre esto se ha dicho bastante con diversas interpretaciones al respecto. Aquellos que quieran ver actividad política orgánica en el artista remarcarán su pequeña y fugaz militancia en la campaña electoral de Alfredo Palacios en la Ciudad de Buenos Aires, cuando el pintor era adolescente. Cosa que no pasó más allá de pegadas y reparto de volantes. Nunca más Quinquela se relacionó de forma concreta con un signo político partidario; sí supo aceptar la presencia de todos aquellos que se acercaban con intenciones que él creía nobles: desde Alvear y su mecenazgo institucional, pasando por Agustín Justo, que acompañó alguna fundación de alguna de sus donaciones, hasta el propio General Perón, que también reconoció en boquense el valor de todo lo fundado por Quinquela. Por supuesto que era más lógico que la historia lo ubicara más próximo de una visión peronista del mundo y sus cosas, que del lado representado por el presidente de facto de la déada del 30. Después de todo sus cuadros estaban repletos de esas gentes trabajadoras que fueron el basamento del ascenso del ideal peronista. Hay quien vio en el cuadro aguafuerte “Día del Trabajo” un guiño al peronismo bien concreto, a su líder en simbiosis con su pueblo cautivo.

Benito Quinquela Martín murió el 28 de enero de 1977. A partir de allí ya nada ni nadie logrará, tampoco lo intentará, alejar la figura del artista más popular del barrio de La Boca, de ese rincón identitario de la Argentina. Nunca dejará este niño abandonado a la buena de algún destino de representar la imagen más nostálgica del barrio porteño de la Vuelta de Obligado.

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Gabriel Rodriguez

Gabriel Rodriguez

Profesión

Gabriel Rodríguez nació en Lomas de Zamora en 1974. Estudió historia en el Joaquín V. González y Ciencias de la Comunicación en la UBA. Publicó un poemario y el libro de historias y microcuentos “Buenos Aires, ciudad de Luces y sombras”. Se desempeñó como educador popular y colaboró en diversos medios alternativos.

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