Por Martín Camps.

¿Qué buscamos cuando viajamos? ¿Qué es lo que vibra en nosotros que nos empuja a la puerta desde la infancia, el estar afuera, la vida que sucede al cruzar el umbral, es acaso la curiosidad que nos sacó del mar para reptar sobre la tierra? ¿Es la emoción de lo desconocido y sorprendernos de nuevo como cuando éramos niños y nos llevaban por primera vez a un parque de diversiones o al establecimiento de helados?

Escapar es una tranquilidad que aligera el peso de la existencia y que nos empuja hacia lo nuevo, aunque sabemos que en muchos sentidos será lo mismo, somos tan semejantes como especie, pero aún las minúsculas diferencias las que nos llaman a salir, a abrir la puerta y cruzar el umbral. Estoy ahora en United Airlines, en un martes despejado en San Francisco, en una de las ventanas gigantes se ven las colinas franciscanas, unas mansas nubes cabalgan desbocadas sobre los techos de unas casas. El aeropuerto está despejado, el avión está casi vacío, un 777 que me donó tres asientos amplios para descansar mi humanidad en tránsito. Ni los de primera clase tienen ese privilegio. El viaje lumpen tiene sus privilegios, también viajar en martes. Busco en línea algunas cosas sobre la cultura croata, llego a un sitio que dice que “prefieren saludarse mirándose a los ojos” ¿Qué cultura sugiere que en un primer contacto no se mire uno a los ojos? Reviso en la televisión del avión alguna película que valga la pena las dos horas, me dispongo mejor a terminar un libro.

En algunas tardes cuando estoy regando los rábanos o recogiendo las hojas del pasto, alzo la vista y veo un avión silencioso dirigiéndose a algún lugar imprevisto, me imagino por unos segundos ser ese pasajero que se echa una cobijita en los hombros y se dispone a leer, ahora soy yo, en este avión que se pierde entre las nubes y en unas horas estará alcanzando la noche. Vuelvo a Londres donde tengo una escala breve y después a Zagreb donde estaré tres días para una conferencia, tengo un solo día para recorrer algunas calles, ver museos y aprender a toda costa lo que ofrece este país que abreva también del adriático. ¿Cómo será mi primera impresión de este país? ¿Qué cazará mi atención, los olores de su comida, la belleza de sus paisajes? No lo sé, y es por eso que estoy ahora aquí en este vuelo rumbo a lo desconocido, como cuando en tardes de la infancia salía a la calle para encontrar algo nuevo en las calles ardientes del verano en Ciudad Juárez en México.

Aterrizamos en Londres para una escala de tres horas. La última vez que estuve allí fue cuando estaba de estudiante y con un presupuesto aún más limitado por lo que tan pronto pude tomé un autobús para Francia. Las escalas en un aeropuerto no deberían contar como un viaje al país, ni siquiera decir, “estuve en Londres, pero en el aeropuerto”. Son visitas efímeras que caen en la categoría de los viajes fantasma, que no crean una huella suficiente  para dejar un registro en la memoria, aunque como categoría merecen consideración. Recuerdo una ocasión en un viaje a Europa haber dejado mi celular encendido y al llegar a mi destino, tenía un mensaje de la compañía de teléfonos diciendo: bienvenido a España, bienvenido a Francia, Alemania, etcétera. ¿Contaría haber pasado por el espacio aéreo de esos países? Por supuesto que no, al menos que se quisiera fanfarronear con incautos. Sin embargo, en esas tres horas revisé una librería que tenía ediciones maravillosas, los libros ingleses están muy bien hechos y abrir sus páginas es peligroso porque se puede uno perder en el inglés pulcro y las historias fascinantes. Compro agua, un sándwich de atún que están justo al lado de los libros, como artículos de primera necesidad. La dependiente es amable como una institutriz generosa en su disciplina y severa en su cariño. De igual forma era la azafata del vuelo, todas en esas edades de los sesenta cuando después de una carrera de sonrisas se transforma en un gesto simulado que puede engañar a los poco observadores, se puede recibir un insulto grave con una de esas caricias.  La sala de espera tenía esas filas de asientos malignos con el reposa manos utilizado como barrera para impedir que se recuesten los viajeros, en la sala principal exhibían un taxi londinense pero hecho de líneas tridimensionales de plástico, como un auto delineado en el aire con un plumón de neón fosforescente. Quemar tiempo en esas salas es labor de profesionales, leer un poco, observar a los viajeros, leer un poco sus costumbres, a partir de la elección de ropas y maletas. Identificar acentos, ver por las ventanas los aviones esperando a sus tripulantes, los pasillos blancos y limpios que semejan los de un hospital pero para atender a los enfermos de viaje.

Llega el momento de subirse al avión a Zagreb. Desde allí empieza el país, los ciudadanos que regresan a su territorio. Algunas mujeres ataviadas como para salir a un club, otras más relajadas, hombres que con una alopecia rampante, una camisa de seda y lentes de parasol de aviador parecen traficantes de armas de película. En el avión dos azafatas rubias ojiazul nos atienden primero con su belleza y el aperitivo durante el viaje son aceitunas en aceite de oliva, comida mediterránea, que representa la comida croata.  Dos horas después estamos en Zagreb, el aeropuerto es limpio y funcional como el de una municipalidad de suburbio de California, pienso en el aeropuerto de Ontario, California. Hay pantallas de televisión que de un tiempo a la fecha son el despliegue de la modernización aeroportuaria: pantallas gigantes, donde danzan modelos famélicas anunciando relojes del tamaño de su estómago. El clima es agradable, se presiente el mar a lo lejos. Como buen viajero, no tengo equipaje que recoger, solo llevo mi mochila y salgo lo antes posible del aeropuerto donde al ver un enchufe en la pared me doy cuenta (como mal viajero) que no he traído el transformador de energía y una vez más tendré que emprender una cacería furtiva.

La información en el aeropuerto es precisa y tomo un autobús que por 30 konas (5 dólares) me lleva hasta el centro de la ciudad. Cruzo una calle y en tranvía un poco desvencijado pero funcional llego hasta el centro de la ciudad, la TgrJalica (plaza Jalica) donde aparece la sempiterna con un prócer nacional montado a caballo y con una espada apuntando a las palomas. Encuentro una multitud disfrutando una noche cálida. Pienso que con ese clima uno podría solo dormir en la calle. El flujo de gente no cesa hasta las dos de la mañana. Son las once de la noche y veo familias con bebés y niños caminando a buscar un lugar para cenar, una costumbre vista en España y Latinoamérica.  Doy vuelta a la plaza, hay bares con televisiones sintonizando un partido de fútbol, otro de tenis, mujeres con estiletos y pantalones de mezclilla, adolescentes navegando esa edad del aburrimiento y el simulacro (veo unas amiguitas tomándose fotos con una fuente con un chisguete de agua). Intuyo que este es el centro neurálgico. En una esquina muestran una película al aire libre donde una multitud de la tercera edad disfruta una velada. Hay unos establecimientos de queso y vino rebosantes de parroquianos y los establecimientos de hamburguesas y pizzas para una cena muy entrada la noche y para contrarrestar los alcoholes.

Mi hotel es el hostal Centar (Centro) y una dependiente de nombre Inés me dice que soy el último huésped de la noche. Me da las instrucciones de la llave y me doy una ducha antes de salir a ver la catedral cuya campanosa presencia se anuncia cada hora. La ciudad parece una mezcla de Italia con Rusia, callejuelas que me recuerdan de pronto a Guanajuato (pero sin su barroquismo callejero).  A la segunda vuelta reconozco dos o tres rostros y caigo en cuenta que esta ciudad de setecientos mil habitantes es realmente pequeña y para quien nació aquí el peso del aburrimiento se puede empezar a sentir muy pronto. Me voy a dormir, mañana es día de visitar museos y tomarle el pulso a las calles.

Pausa. Breve historia de una chinche chocarrera: Me despertó el armonioso canto de un pájaro, una cajita de música y sonidos que presentó un caso sólido para el origen de la música desde el ronco pecho de estos ovíparos. Pero también me despertó una ardiente picazón en la espalda, me vi en el espejo y tenía una roncha que parecía una alberquita de leche, imaginé un mosquito, pero supe que por el dolor era la obra de una chinche. Hasta la siguiente noche, cuando aparecieron otras cuatro mordidas y prendí la luz del cuarto, que era una de esas lámparas de neón blanco que parpadean y hacen un ruido eléctrico al iluminar el cuarto. Allí estaba la chinche, cenando en la madrugada, la intenté recoger con una corcholata, pero la desintegré en una línea de mi propia sangre. Maldije ese cuarto, sentirse como el plato fuerte de los insectos, como alimento, es un miedo primitivo que no me deja dormir, me siento perseguido. Me solidarizo con los animales que devoramos, somos sus peores enemigos, tal vez a sus ojos somos una monstruosa especie de colmillos babeantes y ojos rojos. Al otro día tuve que ir a una farmacia para tomar ibuprofeno para el dolor de la picadura y una pomada para bajar la hinchazón.

Fue el único día que tenía para visitar algunos museos, de tal forma, que, con el dolor de la picadura de insecto, caminé hasta la iglesia de San Marcos para ver el techo espectacular de mosaicos coloridos con el escudo de Croacia, parece hecho de legos o un pastel decorado, al lado hay unas oficinas de gobierno, se intuye por la cantidad de policías, además de hombres y mujeres ataviados con los dineros que dispensa el pueblo. Una ciudad son sus museos y sobre todo los más curiosos, los extraños museos que revelan un lado soterrado de lo humano.

“El museo de las relaciones rotas” es uno de estos recintos peculiares. El museo es para leerse; reúne objetos cargados con la historia de un fracaso sentimental y una historia muy personal de cómo ese objeto está imantado con la desdicha. Por ejemplo, están las llaves que una mujer donó al museo porque eran las llaves que había compartido con su marido, que eventualmente se fue con otra después de una relación a distancia. Otro objeto es un ciempiés de peluche de la cual una pareja de Croacia y Serbia arrancaba una pata cada vez que se veían, pero el animal no quedó “totalmente paralítico” porque la relación se terminó. Al principio, el museo parece ocioso, pero creo que rescata la historia personalísima de objetos azarosos. Hay un hacha, por ejemplo, con la que un despechado alemán trituró todos los muebles (afortunadamente) de su exmujer porque se fue con otra mujer en un tardío descubrimiento de su sexualidad. Al regresar, la mujer recogió toda la leña y le prendió fuego. Una relación curada con fuego. Hay otros objetos con una historia mínima, por ejemplo, un juguete para perro con la forma de una hamburguesa y la leyenda “el perro dejó más cosas regadas de nuestra relación que él mismo cuando se fue”. Hay vestidos para novia frustrados, un llavero de un hombre de cincuenta años, donado por la mujer que confiesa que el adúltero dijo que iba a recoger a sus hijas, pero en un cambio de rumbo, tomó un avión para irse para siempre con su amante de veinte años. Está también la tétrica nota de suicidio de una madre a sus hijos: “espero que tengan éxito en sus vidas y sean felices”. Sí claro, después de tamaño empujón hacia el precipicio de la “dicha”. Cartas de hijos a un padre que nunca estuvo con su hijo, un racimo de alambre de púas que una muchacha de Idaho recogió del establo de su padre donde el mustio hombre se refugiaba para nunca formar parte de la vida de su hija que eventualmente huyó de esa casa del desamor.  La historia tan personal va magnetizando el objeto hasta cargarlo de una energía extraña, ese objeto representó el abandono, la desdicha, la muerte. Por ejemplo, está la fotografía que donó una mujer, en blanco y negro, donde ella aparece con el vestido pintado de rojo sobre la foto, con un muchacho que fue a pedir su mano a sus padres, pero ellos le dijeron que él no merecía a su hija. El muchacho dirigió su auto al precipicio.

Uno pensaría que después de leer todas esas historias del desamor puede uno salir derrotado del museo, pero comienza uno a valorar también el papel que tuvieron nuestras derrotas en la búsqueda de una compañera/o, como sociedad somos propensos a ignorar nuestros desengaños, sin embargo, en esa larga lista de decepciones, allí se está fraguando también nuestro futuro.  Pensé, por ejemplo, en un reloj que una antigua novia me había regalado, pero no lo usé nunca porque llevarlo incita recuerdos que pertenecen a otra versión de nosotros mismos. En efecto, son mementos que como máquinas del tiempo nos evocan otro espacio, un olor y ambiente. Pienso por ejemplo cuando veo el anillo de mi madre o una caja de música de una abuela, ese objeto inanimado se activa y conecta físicamente con una historia personal. Esto es lo que ha logrado este museo, revitalizar lo inanimado y su íntima conexión con nuestra experiencia humana. El museo recoge donaciones de todo tipo, cajas de palomitas orgánicas, zapatos, cajas de cerillos de un hotel, una playera de básquetbol (porque resultó que el muchacho era un “player”), una moneda de oro falso como recuerdo de un matrimonio de un danés con su mujer china (quien después lo dejó por un antiguo novio ukraniano), bolsas de drogas, un “test de drogas que dio positivo” (porque “una vez drogadicto, para siempre un drogadicto”). El museo nos demuestra, que contrario a lo que pensamos, somos también el resultado de nuestros fracasos.

Pausa: el museo de las escuelas de Croacia

Tengo la sensación de que en cada esquina hay un museo en esta ciudad. Los señalamientos en las calles apuntan quince flechas con museos en una dirección y veinte en la otra. Casi por error me introduzco en un edificio amarillo mostaza frente al teatro nacional de Zagreb y es un museo sobre las escuelas. En cada museo siempre hay un grupo de niños haciendo un recorrido, la ciudad como aula. El libro reúne manuales pedagógicos, globos terráqueos, pupitres, reglas y otras parafernalias educativas. En un salón, un grupo de niños entre la edad de ocho años están sentados en un salón antiguo, la curadora del museo tiene una varilla en la mano y azota uno de los pupitres, en lo que pienso es una re actuación de las “maneras antiguas” de aquello que decimos en México en una rima violenta “la letra con sangre entra”. Están las fotografías de las primeras maestras en el siglo XIX, emperifolladas en sus vestidos de la época y algunas absolutamente bellísimas en 1890, ahora seguramente, todas tornadas en ceniza, como la tinta negra que tiñó esa foto. Agradezco a las dos dependientes que me saludan con la amabilidad de una maestra en el último día de clases. Pienso que una ciudad con tantos museos debería tener un museo de sus museos, o más aún, borgeanamente, una ciudad enteramente museo, donde los habitantes actúan su nacionalidad a la vista de los visitantes ¿Habrá alguna ciudad que no tenga ningún museo? Sería acaso una ciudad libre de su pasado o con suficientes cargos de conciencia que prefiere ejercer el derecho de la amnesia.

Dicen que esta es la cultura del “pomalo” es decir tomarlo con tranquilidad, con tiempo. Si la gente sale a tomar una cerveza, se toman su tiempo. A los croatas tampoco les gusta el dividirse la cuenta, la mujer o el hombre pagan, pero alguien tiene que hacerlo, porque si estás con alguien a quien quieres lo suficiente como para salir a cenar con ellos, entonces, ¿por qué no pagarles la cuenta?

Fin del viaje

De regreso me levanto a las cinco y media de la mañana. En la ciudad caminan los que salen de las fiestas, la muchachas todavía con sus vestidos de noche y con una sonrisa de quién no se ha pasado toda la noche en vela. Los muchachos se ven descompuestos, tropezándose de alcohol y encontrando su camino de regreso, se acabó la noche, aquí está el día ahora cacheteándolos con la palmada abierta de la realidad. Iba a tomar un Uber, pero decidí caminar hasta la estación de autobuses, allí me tomé un café y un pan que es una delicia recién salida del horno, parece que hay una panadería en cada esquina. En treinta minutos estoy en el aeropuerto, por treinta konas. El aeropuerto tiene el aspecto de una concha marina de metal, es pequeño, pero funcional y lindo a la vista. Termino de comprar algunos recuerditos, mi política en este aspecto es que si veo algo que me atrae la vista y no es de un precio prohibitivo, lo compro para no lamentarlo después. El vuelo toma una hora y media hasta Frankfurt, por la ventana del aeroplano vi las montañas italianas, una legión de gelatos de limón derritiéndose bajo el sol de mayo. En fin, ya voy de regreso, este viaje entra en la categoría de los centellazos, cuando el trayecto es más largo que la estancia misma. Zagreb me ha sorprendido por su belleza, es un viaje trunco porque no conocí nada más, tengo que regresar para sortear sus costas, la zona dalmaciana. Por supuesto Dubrovnik, esa flor de piedra y techos carmesí que parece incendiarse en cada crepúsculo y que ahora solo veo en fotos.

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Martín Camps

Martín Camps

Poeta y profesor de literatura

Poeta y profesor de literatura. Ha publicado cinco libros de poesía, su último libro es Los días baldíos (México: Tintanueva). Ha publicado poemas en varias revistas, sus últimos poemas aparecieron en la revista Modern Poetry in Translation. Actualmente es profesor de literatura en la Universidad del Pacífico en California.

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