Por Gabriel Rodriguez.
Un cuento contra cultural del romanticismo propio de la fecha.
“Me enamoré de lo que escribís”, le dije. Sin mucho preámbulo ni profundas razones en las que justificar mi exabrupto. Le agarré la mano izquierda, que era la que tenía separada, la otra estaba casada con una jarra de cerveza, incluso el asa le formaba como un anillo de vidrio en el anular. Ella no dijo nada. Tampoco bajó la mirada en un gesto de timidez que pudiera yo esperar, simplemente me siguió mirando como si lo dicho, mi declaración, fuera algo a lo que estaba acostumbrada, o de lo que estaba cansada. Yo arremetí otra vez con lo que me pasaba a su lado, en esa sucia mesa de ese horroroso bar del Abasto. “En serio, desde que leí tus relatos solo pienso que sos la única mujer que queda con vida en este mundo. No me interesa de dónde venís, ni cómo atravesás los tiempos del infierno que vivimos, ni tampoco si tenés un futuro brillante o es una mierda total. Lo que sé es que me volviste loco desde cada inicio hasta cada punto final. También sé que sos hermosa, así o de cualquier manera, pase lo que pase con la vejez en tu cuerpo. Por ejemplo, si ahora mismo se te cayera el ojo derecho dentro de la jarra de cerveza, yo lo sacaría, lo besaría, y me lo guardaría en el bolsillo para cuando estemos a punto de rompernos el lomo en una cama. Con vos cualquier hueco en la tierra sería como estar en el país de las maravillas.”.
La volví a mirar fijamente. Ella me observó relajada y sabia. Ahora sé que mucho más allá de unas madrugadas no podíamos durar.
“No seas pelotudo. Yo escribo cosas que no le sientan bien a la mayoría de la gente que anda por la calle, en especial a los compradores de best sellers. A vos no te gusta lo que escribo, sencillamente querés coger. Yo quiero lo que todo el mundo: vivir mejor, ganar guita, no morirme en una guardia de hospital público, tener una casa grande y dos coches. Y desde ya que si en este momento se me cae el ojo derecho, o el otro, lo mismo da, terminamos en el Lagleyze más que en una cama. Ahora, si tanto te gusta lo que escribo, pagá la birra y vamos a mi casa. Vamos a garchar un rato nomás; no te voy a leer nada ni se planificará ningún porvenir. Eso sí, cuando me canse me pongo a trabajar en uno de mis cuentos, y ahí vos te bañás, te vestís, y te vas.”.
Fue todo como ella lo advirtió. Y no estuvo mal. Con Valeria nunca lo está cuando ella quiere estar.
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Gabriel Rodriguez
Profesión
Gabriel Rodríguez nació en Lomas de Zamora en 1974. Estudió historia en el Joaquín V. González y Ciencias de la Comunicación en la UBA. Publicó un poemario y el libro de historias y microcuentos “Buenos Aires, ciudad de Luces y sombras”. Se desempeñó como educador popular y colaboró en diversos medios alternativos.
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