Por Cristian Carrasco.

El riesgo de las democracias populares, en especial de las democracias populares que le dan voz a las minorías, es que mientras más voces se escuchan y más se amplía el discurso, se hace más evidente que la sociedad es un caos extremadamente difícil de ordenar, que distintos grupos quieren cosas contrapuestas y nunca van a ponerse de acuerdo, y tampoco pretenden negociar ni llegar a soluciones de compromiso donde cada lado ceda algo para alcanzar un acuerdo mutuamente beneficioso pero también mutuamente limitante.

Entonces, prima el caos y la discusión.

Hay personas que se sienten realmente incómodas con el caos y la discusión.

Hay personas que se sienten todavía más incómodas cuando se requiere de ellas que, como personas libres y ciudadanos informados, formen sus propias conclusiones acerca de un tema complejo y sin salidas fáciles, a través de la expresión articulada de un criterio propio que no tienen ni tienen ganas de generar ni sostener. Lo más seguro es que sea así porque íntimamente saben que no tienen la capacidad de generarlo ni la constancia ni la disciplina intelectual para mantenerlo, a través de la búsqueda activa de información no sesgada y de la autoevaluación de sus seguridades, sus ideas precedentes y las modificaciones que todo ser humano vivo que no sea un maldito zombie debe necesariamente realizar a lo largo de su vida, cuando las pruebas le demuestran que estaba equivocado.

Y dado que no tienen un criterio y saben que no van a tenerlo, se dispara un efecto dominó. Esa ausencia de criterio devela un vacío. Para la psique humana no hay nada más inquietante que un vacío, por lo que esa falta de criterio propio y formado a conciencia provoca inquietud. La inquietud sostenida provoca miedo. El miedo obliga a buscar a alguien o algo que llene ese vacío.

En un tiempo pasado, cuando los estados totalitarios y fascistas eran la norma, le decían a las personas qué pensar y cómo comportarse, pero hoy en día los estados democráticos avanzados ya no lo hacen. Al contrario, le dan voz a las personas y les preguntan qué se debería hacer, qué derecho se está vulnerando, qué garantía aún falta darle a los ciudadanos. Entonces, al no ser el estado más una guía de comportamiento cerrada y direccional, el rebaño asustado retrocede de la política diciendo que ya no sirve y da un paso atrás hacia lo más retrógrado que puedan encontrar, a lo que dio una pauta de comportamiento lineal e indiscutible mucho antes que los estados nacionales o cualquier otra forma de gobierno. Y así llegan a la religión.

Detrás de la religión está y siempre va a estar el miedo: el miedo a la oscuridad, el miedo a los relámpagos, los truenos o cualquier otro fenómeno natural, el miedo a las enfermedades, el miedo a los animales, el miedo a otros pueblos, por supuesto, el miedo a la muerte y lo que sea que haya o no haya del otro lado.

La religión es el estado mental en el que la gente desesperada se refugia, cual si fuera un lugar físico, un lugar seguro, un santuario, cuando ya no queda otra opción: cuando piensan que van a morir o que nunca más volverán a ver a un ser querido o que van a perderlo todo. Entonces la gente reza y promete y asegura creer, porque ante el vacío de seguridades se aferran a cualquier cosa que aleje ese vacío. La fe es el último recurso contra el vacío. Y la religión es la utilización organizada de esa fe.

Mientras la relación moderna entre religión y política se reducía sólo a la moralina subyacente (la idea del bien común, la exigencia de que los presidentes estuvieran casados por la iglesia y tuviesen una familia constituida, etc.), no representaba una amenaza real a la sociedad. Pero una iglesia que abandona la producción de normas y pasa a la acción, es algo que ya se ha experimentado en la historia humana: en las cruzadas, la inquisición, el genocidio de los pueblos originarios en América.

El catolicismo era la base invisible de todo lo demás. Las iglesias evangélicas (luteranas o calvinistas) eran variantes del catolicismo, y el ateísmo era el no-catolicismo: el centro estaba claro y era inamovible. Hoy, al igual que son reconocidas otras realidades y opciones, sabemos que hay distintas fes, distintas cosmovisiones y símbolos que las representan: la wipala no es la no-cruz, es el símbolo de un sistema de creencias descentrado del dios católico, que no lo niega sino que se creó sin tenerlo en cuenta, que no responde a un movimiento en contra sino a un movimiento independiente de signo positivo.

Se considera que odiar al prójimo por motivos políticos o sociales es moralmente reprobable, pero la religión pasa por encima de la moral. Cuando se odia al prójimo por un motivo religioso, el otro es siempre un hereje o un infiel, contra quien es correcto incluso emprender una guerra santa porque no cree en tu dios, le escupe su falta de fe en la cara y con ello no sólo lo insulta y lo denigra, sino que, literalmente, lo reduce a la nada.

Las leyes humanas, que tienden a que la sociedad funcione sobre un contrato, implícito o explícito, de respeto mutuo básico y fundamental, están por debajo de la ley divina universal, infalible y eterna, del dios que lo sabe todo, lo predijo todo y lo normatizó todo literalmente de la mejor forma posible desde siempre y para siempre y en todo contexto imaginable.

El hecho de que ese odio esté adherido y corresponda punto por punto con las características de otra etnia o de otro grupo social, es una mera coincidencia.

El factor religioso es el único al que se le da importancia.

Se lo sobreimprime para disimular la lucha de razas o de clases y así se las disimula y se les da validez, al menos en la cabeza de algunas personas enfermas.

Los fieles de las iglesias que están en situación de inferioridad numérica demográfica en un territorio nacional, y que no tienen relación de identidad con el estado, son los más fanáticos en la forma en la que aplican sus creencias a su propia vida, lo que es algo que se nota claramente en el caso de la anticoncepción: en América del Sur, donde los evangélicos son menos, y viven en países de fe estatal católica, son ellos quienes rechazan cualquier método de control de natalidad y tienen todos los hijos que “dios les envíe”; mientras en América del Norte, siendo los católicos el grupo minoritario en un país de fe protestante, las familias numerosas son las católicas.

Pero en estos momentos, los evangélicos radicalizados están entrando en acción en América Latina, infiltrándose en la política, amasando fortunas, haciendo lobby y formando sus ejércitos paramilitares.

Y eso nos lleva al lugar en el que estamos hoy.

Aceptar de nuevo la primacía de la religión destruye el pacto social porque desde el punto de vista de la religión no todos somos iguales: existen las personas buenas, los creyentes, y las personas malas, los infieles y herejes, que pueden llegar a cambiar de estado y volverse buenos al costo de perder sus señas de identidad más profundas o de pasar el resto de su vida fingiendo.

Pero lo importante es que ambos grupos no tienen los mismos derechos ni pueden aspirar a la misma realización personal. La sociedad se arma alrededor de unos y deja explícitamente adrede a los otros afuera, por diferencias que todos conocen.

La igualdad ante la ley fue una conquista del estado por sobre la religión, se le arrancó a la religión de las manos la posibilidad de decidir quiénes eran dignos y quiénes no.

Kurt Vonegut declaraba, acerca de Estados Unidos ganando la Segunda Guerra Mundial y liberando al mundo del nazismo, que no hay nada peor para un país que creer que se está completamente y de forma absoluta del lado del bien: esa certeza elimina la autocrítica y, con ella, la posibilidad de autocorregirse, de mejorar. ¿Para qué se plantearía mejorar alguien que ya se cree perfecto?

Y no hay nada que convenza de forma más definitiva a una persona (o a un gobierno, ya que estamos hablando de política) de ser perfecto, virtuoso e infalible, que el hecho de sentir que dios está de su lado. Por ello, la unión entre poder estatal y fanatismo religioso es tan peligrosa. Y por ello el fanatismo debe combatirse, entre otras cosas, leyendo obras como las de Vonegut.

Pero de eso hablaremos más en la siguiente nota.

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