Por Gabriel Rodriguez.

La rebelión sin revolución. El Grito de Alcorta de 1912 no fue una revolución agraria.

No logró cambiar, difícil incluso interpretar que se propuso hacerlo, la vieja y tradicional estructura agraria argentina, esa que se había empezado a instalar desde mediados del siglo diecinueve, y que para principios del veinte funcionaba como una máquina aceitada que significaba beneficios para pocos y situaciones de ahogo para la mayoría.

Arrancar diciendo esto preanuncia un poco de qué viene el recuerdo, y cómo se relaciona con el título elegido.

El denominado Grito de Alcorta fue importante en la historia de las relaciones al interior de eso que se llama, hoy como hace más de cien años, El Campo. Porque una cosa no quita la otra. Recordemos entonces un poco qué fue y qué hizo ese 25 de junio de 1912.

Gobernaba Roque Saenz Peña el país, y se venían tiempos en los que se intentaría cambiar la forma de desarrollar la política para siempre. Claro que al margen de que la nueva y decidida Ley de Sufragio Universal (no tanto si las mujeres no votaban) empezara a permitir algunas transformaciones en las posibilidades de la sociedad civil de hacerse escuchar, en el nivel de la organización económica y distribución de la riqueza las cosas no parecían querer cambiar mucho; ni el presidente, ni el sector social del que provenía, estaban dispuestos a permitir que las cosas llegaran demasiado lejos. Que elijan quiénes conducen, pero nunca que elijan cómo ni en beneficio de  cuántos. Así era el plan que a regañadientes había aceptado la oligarquía agrícola ganadera hija de Mitre y Roca.

El Campo era, o estaba más bien, en manos de pocas gentes. El resto de los participantes del sector que sumaban alrededor de setenta y cinco mil, eran chacareros que poblaban la pampa húmeda pero que no eran sus propietarios, sino arrendatarios, medieros que alquilaban el derecho a sembrar y cosechar. Para 1912 la cosecha ha mejorado en relación a lo pobre que había sido los años anteriores. En 1911, sumado a la paupérrima recolección conseguida, los precios del maíz y del trigo sufrían una caída que venían arrastrando desde el año del Centenario, Así, aunque en ese 1912 la cosecha fue buena, las deudas que se acumulaban de antes, hacían imposible pagarlas sin hundir a los chacareros en condiciones de subsistencia. Los dueños reales de los campos, grandes extensiones de Santa Fe,  Córdoba, Buenos Aires, Entre Rios, aumentaban el alquiler sin ningún tipo de consideración ni previsió n de lo que pudiera significar en las economías domésticas de sus arrendatarios. La situación de miles de ellos se hizo insostenible.

La primera reunión, cargada de descontento, se produjo el 15 de junio en la localidad de Bigand. Allí los agricultores agotados delinearon lo que sería un plan de lucha. “¡A la huelga!”, fue la expresión que más se escuchó. Cuando unos días después se reunieron otra vez en la Sociedad Italiana de la localidad de Alcorta, en el sur santafecino, el 25 de junio, se decidió que la medida duraría cuatro meses y abarcaría a cuatrocientos mil pequeños chacareros de Santa Fe, Córdoba, y Buenos Aires. Por primera vez en la historia alguien desde el interior de aquello llamado El Campo, se oponía a la férrea y omnipotente Sociedad Rural Argentina.

Lo que surgió de aquella jornada inicial se puede resumir en algunos puntos básicos: reducción del precio del arrendamiento, contratos de 4 años de duración, posibilidad de utilizar las propias herramientas sin tener que recurrir a los almacenes cuyos dueños eran los propios arrendadores, fin de la usura. Nueve de cada diez agricultores estaba endeudado por créditos usureros que se habían visto obligados a tomar con los terratenientes, e incluso con grandes arrendadores que a su vez subarrendaban las tierras.

Como resultado del movimiento nació meses luego, el 15 de agosto de 1912, la Federación Agraria Argentina. Y cuyo primer presidente sería el socialista Noguera. Cosa lógica si pensamos que son los años donde la corriente inmigratoria había traido a miles de europeos socialistas y anarquistas, decididos a pelear por mejores condiciones en sus nuevos lugares de vida, y con las asambleas y la huelga como armas primordiales de presión. Aunque la Ley de Residencia, herramienta de la oligarquía gobernante para echar díscolos y ahogar reclamos, creada a principio de siglo, siempre amenazara con su expulsión y extradición.

La rebelión de los pobres del Campo, iniciada en sus propias manos, contó sin embargo con la dirección y el liderazgo de un abogado rosarino, hermano menor de dos párrocos de Alcorta que habían apadrinado el levantamiento en sus primeros instantes. Se llamaba Franciso Netri. Supo asesorar y guiar los reclamos de forma organizada, para poder afianzarse como un verdadero derecho reclamado, más que como una revuelta sin consistencia legal, e incluso moral. Netri fue asesinado cuatro años después, en pleno centro de su ciudad. Un muestrario de que con los intereses de la aristocracia de la bosta no era conveniente meterse.

Ahora, volviendo al primer párrafo de la efeméride, y para mejor definirlo, hay que decir que lo surgido del Grito de Alcorta no fue una Reforma Agraria cabal, una transformación radical de las relaciones de propiedad y posibilidad de sembrar riqueza agrícola para muchos, para la mayoría del pueblo. Lejos estuvo de ser tan revolucionaria. Si bien generó un simbronazo notable en los hasta allí amos y señores de la situación, cosa que no podía ser de otro modo dada la impertinencia que representó el accionar de los siempre sumisos, no sentó unas reales bases para una profundidad mayor. ¿La Federación Agraria planteó una Reforma Agraria al estilo de la tierra a quienes la trabajan? Si lo hizo fue de manera muy laxa, mejor decir muy tibia. Los años siguientes, la década del veinte, corroboraron que las condiciones de aquellos chacareros arrendatarios había mejorado, cierta acumulación de capital del sector les permitió ser dueños de los campos que antes alquilaban, por lo que las alianzas que antes se podían pensar entre ellos y los peones agrícolas se desvanecieron, dando paso, por ejemplo, a exigir el ordenamiento y puesta en caja de los reclamos surgidos en la Patagonia, en la región pampeana, tomándolos como ejemplos peligrosos para su nueva situación.

En los años venideros, durante el resto del siglo veinte y entrados los primeros años del nuevo milenio, lo que se vio es un distanciamiento entre aquel sector del denominado Campo que irrumpiera ante los grandes terratenientes, y los más profundos reclamos de una verdadera transformación del sector agrario. A su vez un acercamiento, justamentte la recordada Mesa de Enlace nacida en  2008, a una visión integrada con la Sociedad Rural, sobre qué tipo de alianzas y políticas los pueden encontrar sacando mejores provechos mutuos.

El Grito de Alcorta fue una verdadera rebelión, a no negar que fue popular, pero tuvo el sello de lo limitado, de lo reformista sin mayores ambiciones, y por ello mismo de lo inconcluso.

Veremos si algún día…

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