Por Jorge Polanco Salinas.

Jorge Polanco retrata desde Chile los miedos y dudas que vuelan en la sociedad chilena en esta época de pandemia, miedos tan igual como los que vuelan en los hogares argentinos.

Bajo a lavar los platos a las tres de la mañana. Hoy llueve -como siempre- en el sur; siento cómo gotea el agua afuera en el patio con el fríoinvernal, en comparación con la que sale del grifo. “A nadie se le niega un vaso de agua”, decía el dicho. Pero, en Chile, ya nada está garantizado, menos aun el agua.  No tengo ánimo siquiera para la lectura, aunque en el último tiempo prefiero más dibujar que leer. Hastiado de una serie de retratos que una vez pinté, ahora logro apenas esbozar pequeñas figuras anónimas en lugares extraños. Quisiera hacer manchas asimilando la paleta cromática del sur, con seres vivos que pierdan los contornos, fuera ya del primado antropológico. Siento la temperatura del agua, y me doy cuentade que éstas son las primeras palabras que logrohilar desde que comenzó la pandemia.

Entre la espuma de los platos (es uno de los momentos en que más imagino), me acuerdo de una frase de John Berger, escritoral que necesito imperiosamente leer en estos días: “La página entera cambió en respuesta a lo que había pintado, al igual que cambia el agua de un acuario en el momento en que metes un pez”. Esta estambién la experiencia del poema -pienso- al introducir o restar una palabra. Por eso se puede seguir infinitamente. La corrección es solo un descanso. Dibujo y poema tienen como supuesto límite la página, pero cada conjugación de los elementos profundiza su efecto de lo inacabado. Lo que me gusta de la acuarela (la prefiero en cuarentenaporque solo requiero papel), es que el dibujo pareciera a punto de desaparecer. Siento que el silencio se impregna en la materia.

¿Podría llegar a dibujarte? Hice varios intentos en papel mojado. A fines de enero visité a un amigo en una isla y volví en barco, fue como navegar en una postal. Llevé conmigo tu foto. Intenté calcarla en una cartulina opaca. Las imágenes se anegan en los elementosde la misma forma que el agua, hondo pozo del olvido. La acuarela es la técnica de la humedad, recuerdo, e imagino cómo sería tu rostro antes de nacer. El agua y los sueños desfiguran los contornos, eso que llamamos realidad; se mezclan y entretejencon los soportes cambiando las imágenes y los retratos de las cosas.El insomnio nos tiene carcomidos; un filósofo lo caracterizaba como la experiencia del “Hay”, un anonimato esencial. Algo nos ronda, merodea, algo indefinido. Con esta pandemia, ese hay adquiere otra sensación; un espacio sin rostro que prolonga las noches; el contagio del miedo ambiental que no solo proviene del triunfo de la muerte -como la recordada pintura clásica, igualmente anónima-, sino también de un espacio violento anterior que se abre junto con ella.

Ayer en la tarde, mi hija de cuatro años tomó unas tijeras, y cuando yo le decía que no era necesario pasear con ellas por el río, me respondió que las quería para romper el virus. Cada vez se vuelve más insegura y necesita de nuestra compañía, aunque tenemos que dejarla mirar televisión mientras nos multiplicamos en reuniones y clases virtuales. Es una escena que se repite en varios profesores con hijos. El consuelo, reiterado en las conversaciones entre las amistades, es que al menos tenemos trabajo. Esta advertencia nos devuelve a otro espacio que actualmente parece un leitmotiv: la crisis económica de los ochenta, bajo dictadura. ¿Será éste nuestro insomnio histórico, elverdadero anonimato esencial que no nos deja dormir?

Seco uno a uno los platos, como el antiguo rosario, y acomodo otros tal cual, húmedos. Los dejo allí para que todavía conserven su vitalidad.

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Jorge Polanco Salinas

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Poeta

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