Por Jorge Polanco Salinas.

Mirando un archivo del computador, me encontré con las pinturas de un saltimbanqui. A la memoria asomó la imagen de un payaso que ingresó a una lectura de poesía. Sentado en el escenario, me quedé observando este personaje de puerto que venía fumando, destartalado y con una bolsa en la que se veía al interior una caja de vino.

Yo tenía que presentar una publicación de poesía. En una carpa instalada en la plaza de la intendencia,el payaso se apoyó en un rincón, cerca de la entrada; éramos dos actores en el circo raído de la “cultura chilena”. No logré concentrarme, mirando al payaso demacrado que se parecía al retrato circense de La Strada, la película de Fellini, donde Antoni Quinn representa el cuerpo masculino admirado de antaño; es decir, grueso y fuerte como el de un obrero de los años cincuenta. No soy bueno para leer en público, encuentro mi voz apagada y sin muchas variaciones, pero en esa ocasión su presencia me inquietó aún más. Quiero decir que su figura me desorientó y terminé montando un verso sobre otro.

Hace unos días ubiqué el cuaderno con el cual anduve en ese entonces. Tenía el dibujo de una reja verde como el musgo que, creo, haber soñado alguna vez. En el costado asoman preguntas, de esas que mi hija pequeña hace ahora en las mañanas cuando despierta, lista para jugar. Al final de la hoja surge el trazo de una nariz roja y unos ojos oscuros, y pude delinear con solo esas dos imágenes todo el contorno del saltimbanqui porteño. Ha pasado tanto tiempo y las líneas tienen un poder claro de evocación. En contra de los prejuicios, encuentro digno que se llame “circo pobre” a la cultura chilena; esta denominación despectiva da cuenta más bien de un escenario de la infancia, cuando fui por primera vez a ver una senda actuación circense en Catemu;es mejor que la impostura de esos años de postdictadura donde el glamour se adecuó a la pretensión arribista. (Espero que podamos decirlo en pasado y sin paréntesis). Pero por ahora no quiero perderme en discursos y diatribas sobre la transición política chilena.

El punto -si es que hay uno- o las líneas curvas, mejor dicho, me hacen remontar al humor y a las figuras que crea la ficción de la memoria. Una amiga me preguntó qué recordaba del año 82. Ella está o estaba escribiendo un relato, y se me vino a la cabeza el desborde de un estero que corría cerca de la casa en El Belloto. El agua entró por todo el piso y tuvimos que ponernos encima de la cama mientras se anegaba. No sé por qué, pero también vino a mí la imagen de una reja roja dibujada sin frutos ni adornos alrededor. Las imágenes se van, pero dejan un color. Con mis amigos jugábamos a sacar pirigüines en un tarro, después los lanzábamos al agua y perseguíamos a los sapos que se escondían en la orilla barrosa. El tacto se alimenta de estas texturas.

El confinamiento y la escasez hídrica me hizo pensar en las infancias que pierden esta oportunidad, sobre todo en provincia. En las grandes urbes, para qué decir. En el payaso con el vino advierto las capacidades de la ensoñación, el juguete vivo que son los sapos, lagartijas y otros bichos, porque la naturaleza también es un juego. Todo esto lo menciono pensando en mi hija. Sus preguntas siguen recovecos insospechados y hacen volver al momento lúdico. Se trata de un espacio; la creación de un lugar donde el dibujo, los colores y el intercambio de roles permiten el renacer del lenguaje, y también otra forma de precariedad: la añoranza y ensoñación del juego corporal entre niñas y niños. ¿Cómo serán las nuevas amistades?

Pero volviendo al 82, a los relatos de la historia y a los de nuestro presente, a menudo generan desconfianza los artistas que usufructúan de la carencia como una mercancía; es decir, la idea de que la pobreza no tiene imaginación, siguiendo el juego a los prejuicios de clase alta. Hacer de la miseria un objeto de consumo, decía el filósofo.O incluso un espectáculo monumental, un aprovechamiento de la figura del autor o del “artista marginal”;o del artista visual que desde Nueva York afirma en Puerto Ideas que vive en la intemperie. Tan diferente al hambre de Manuel Rojas en “El vaso de leche”, donde la generosidad de la mujer de pueblo anuncia las ollas comunes; tan diferente también al hambre de Knut Hamsun, donde la soledad del protagonista lo acerca al fascismo.¡Ojo!O Raskolnikov, pura redención. Muchos relatos para una palabra que purga y crea purgas.

Mi amiga Coni me envió un video en youtube de “El circo más pequeño del mundo”; un pequeño documental de Joris Ivens ambientado en Valparaíso. La voz es de Jacqués Prévert y, entre los realizadores, se encuentra un joven Patricio Guzmán. Las risas de los niños, las piruetas de la familia de los Hermanos Tello, la cabra famélica que hace reír a los espectadores y, sobre todo, los cuerpos de los artistas circenses que testifican una historia de bella ingenuidad, cercana a la novela de Manuel Rojas Lanchas en la bahía. Todos los elementos del documental de Ivens son extremadamente simples: una impresionante contorsionista girando sobre su cabeza, payasos con un tarro tapando su cara, otro tocando una trompeta y en el número central el close upa los enormes zapatos de un payaso subiendo con dificultad los peldaños de una escalera. Espectáculos de circo pobre, el más pequeño del mundo, pero que hace pensar en el Chile donde la imaginación comulga con los rostros del pueblo. No son, quizás, los que aparecen por las fantasmales plataformas. O, al menos, no por ahora. El blanco y negro de los aparatos del pasado afectan también la visión.

En una conversación por zoom, un amigo que me llamó entonado desde España,me dijo entrando ya a la zona metafísica del bendito alcohol: “a veces da la impresión de que estamos vivos. ¿Lo estaremos? ¿O seremos apenas unos espectros que aparecen en las pantallas como las estrellas?”¾capté su sinceridad,sus ojos y labios húmedos, en el limitado rectángulo de la angustia¾. “No sé, respondí. Estamos aquí; seguimos de algún modo, hasta el momento”. Y me puse a relatarle mi aventura con el estero, el modus operandi de mi vieja, corrigiéndome con una varilla en las piernas, curvando con el viento la rama pelada cuando me iba a jugar a la línea del tren, o la manera cómo un vecino, escondido detrás de un árbol, nos mojó enteros aburrido de que con un amigo fuéramos a tocarle el timbre antes de entrar al colegio. Estas historias nos llevaron a reír, a calibrar por un breve momento la imaginación como origen de la casa. A pensar en la afirmación de la vida que significa tejerestas conversaciones. A usar, en lo posible, el humor negro contra la muerte. Por ejemplo, hace unos días comenzó el desconfinamiento en Valdivia, y me acordé del chiste: la historia del saltimbanqui preso en el cadalso por participar en la revolución, al que le avisan que el próximo lunes será llevado a la horca. Y responde: vaya manera de empezar la semana.

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Poeta

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