Por Gabriel Rodriguez.

¿Por qué los originarios iban descalzos por los caminos?

¿Por qué los invasores pisaban sobre civilizados cueros a sangre y muerte?

¿A quiénes iban a lastimar los caminos?

No es cosa de folklore del altiplano. No es una pausa en la vida frenética del mundo, para repensar la modernidad y su racionalidad irresponsable. No es el momento propicio para aumentar la riqueza y los beneficios materiales de las comunidades originarias, ni para fomentar su cultura. La celebración y agradecimiento a la Pachamama no se hace para ser vista por los que nunca ven nada más allá de su pantalla de celular, de su propia vida bien encaminada, con rictus de asombro o de antropólogo de ocasión. Lo que se hace durante todo el mes de agosto empezando el día primero, año tras año, no es para que alguien escriba un comentario o artículo diciendo qué se hace año tras año, durante el mes de agosto.

En un pueblo de la puna, un grupo de hombres y mujeres quiere agradecer a la naturaleza por su existencia como humanos y humanas; quieren recordarse a sí mismes que todo cuanto pueden ser y desarrollarse y vivir tiene como impulsora una deidad que no produce estampitas, ni relicarios, ni santos. Pero que crea las condiciones indispensables para que la vida, la de todes, sea posible. En ese poblado puneño no hay ni un turista cuando un puñado hace la corpachada; cava un agujero en el piso fértil y le da de comer su ofrenda a la Madre Tierra, a la Naturaleza, a la Madre de todos y todas, de todo. Alimentos, tabaco, maíz, bebidas, todo ello que suelen comer y poseer regresa así a ella, la que  hace que hayan sido posibles. A la vera de un camino cualquiera, mientras alguien pasará a velocidad de vacaciones fotografiadas para las redes, un apacheta, esos montículos de piedra, verdaderos centros de culto para los adoradores y las adoradoras de la Pachamama, se llena del aire que trae el viento, el cual si se presta atención, dice algo así como de nada.

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Gabriel Rodriguez

Gabriel Rodriguez

Profesión

Gabriel Rodríguez nació en Lomas de Zamora en 1974. Estudió historia en el Joaquín V. González y Ciencias de la Comunicación en la UBA. Publicó un poemario y el libro de historias y microcuentos “Buenos Aires, ciudad de Luces y sombras”. Se desempeñó como educador popular y colaboró en diversos medios alternativos.

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