Por Gabriel Rodriguez.

Es una cabeza separada de su cuerpo. Está en una cruz, en un paraje llamado Quirpinchaca. El pueblo lo contempla horrorizado al amanecer del nuevo día, y no es cualquier cabeza. Por ello el horror va creciendo hasta hacerse insoportable.

Es la mirada de Florencio Lupa la que observa todo desde las profundidades de la muerte; han decapitado al Cacique del pueblo de Moscari. ¡Y han sido los indios que a él debían obediencia y respeto!

Las puertas apenas se entreabren en visillos entre curiosos y temerosos, los mirones apuntan a la periferia de la ciudad; allí, se dice por las calles, se amontonan miles de indios listos para entrar en un malón irrefrenable, que amenaza con destruir todo, con pasar a degüello a cada cristiano llegado en un barco o nacido en la opulencia de su abolengo. El avance de los sitiadores es inminente, el temor paraliza a los miembros del Cabildo y a los funcionarios de la Audiencia; a los curas del arzobispado y a las iglesias y conventos de la ciudad altoperuana de La Plata.

No habrá empero hordas de aborígenes, ni lluvias de lanzas que asolen la ciudad ese 5 de septiembre de 1780. Pero habrá ecos que cruzarán el Alto Perú, y amenazarán con levantar viejas y silenciadas voces.
¿Quién es Florencio Lupa? Por qué razón llegado el año de la mayor revuelta social que conoció el Virreinato del Perú, pudo este Cacique, su asesinato, ser una manifestación contundente del descontento de la República de Indios en varias regiones de los Andes peruano bolivianos. ¿Qué se rompió en el sistema dual de organización del mundo colonizado?

Justamente la pérdida de esa dualidad, el resquebrajamiento de aquellas relaciones que mantenían vigente la hegemonía española, y lo que es más importante, su legitimidad imperial y cultural.

Los españoles no liquidaron el sistema que hallaron a su llegada a estas tierras. Más bien lo utilizaron para controlar y afianzar su propio rol hegemónico en la región; inventaron una compleja mistura de relación entre indios e ibéricos, con la supremacía siempre inobjetable de los segundos, claro está. Y a los efectos de ejercer su dominación supieron encumbrar a caciques y jefes étnicos de los antiguos ayllus; dándoles poder (más aún del que su linaje les confería) ante sus comunidades, pero, y sobre todo, ante muchos habitantes no indios de los pueblos y ciudades. Era un hecho que un Curaca con los favores del Corregidor quedaba en condiciones muy superiores al común de su propia comunidad y más próximo a las medianas y altas esferas del ordenamiento colonial. En adelante un interlocutor entre las dos partes que constituían el Virreinato.

Cómo verán todos los actores sociales participantes de la vida colonial ésta posición y ese desempeño, es un dato que irá variando con el paso del tiempo, y que será el efecto de muchos caldos de cultivo al interior de las comunidades.
A lo largo de todo el siglo XVIII se va a producir un proceso de diferenciación entre comunidades y caciques; el mestizaje es para esta época ya un rasgo distintivo de las autoridades indias. Aunque no será ese el punto central sobre el que estallará la ira de los indios sublevados, y esto pese a que Florencio Lupa era visto como un mestizo y no un “puro”.

Desde 1753 Lupa gobierna el pueblo de Moscari, con tan solo 23 años este miembro del Ayllu Collana comienza una vertiginosa carrera en la sociedad virreinal. Algo que llegado el momento motorizará el descontento general hacia el levantamiento comunal.

Aún siendo una institución permanentemente auscultada por los españoles, la tradicional unidad social y de producción inca, el Ayllu, tenía márgenes en los cuales podía seguir subsistiendo la cultura y la organización de sus continuadores; y, de hecho, ese era uno de los basamentos para el normal desempeño de las relaciones entre indios y españoles. El carácter de reciprocidad y administración en vistas del beneficio del grupo, era un puntal del derecho cacical, independientemente de que éste hubiera sido escogido por el Corregidor y hallara allí buena parte de su legitimidad.

Cuando llega 1780 no es la sangre mezclada de Lupa lo que lo pone en el ojo de la tormenta, sino su largo historial de accionar en los destinos y la vida cotidiana de sus indios. Su enriquecimiento personal utilizando su preponderante posición social es lo que lo delata como un españolado; años de adueñarse del producto comunal, del trabajo colectivo en las tierras “comunes”. El cacique comerciaba los excedentes campesinos en los mercados coloniales; vendía mercancía a los indios subalternos en el repartimiento forzado de productos, que debía acordar con el Corregidor, pues éste tenía el monopolio sobre ciertos rubros como el hierro y las mulas.

Como todo cacique norpotosino Florencio Lupa tenía en sus manos la gestión del trabajo obligatorio, pudiendo negociar con los mitayos de las haciendas su enlistamiento anual, cobrándoles a cada uno sesenta pesos por ser excluidos de tal obligatoriedad. Otra prerrogativa de su cacicazgo le permitía separar a niños y niñas de sus padres, para mandarlos a las ciudades como criados y servicio doméstico a casa de españoles acomodados.

Es cierto que no todo lo que hacía Lupa perseguía su enriquecimiento personal. Debía, indudablemente, reproducir la vida de su comunidad. Y este hecho era indispensable a su vez, para continuar siendo visto como un buen cacique, como el jefe que velaba y vivía por y para su Ayllu. Es la percepción de los indios lo que, en última instancia, definía su legitimidad al frente de su pueblo. Y si tenemos en cuenta que durante toda su trayectoria supo establecer un nexo importante con sectores españoles, asociándose más que confrontando con las élites regionales, tomando unas determinaciones que cuando no asediaban directamente la paupérrima vida del indio común, no evitaban ni trataban de paliar sus peores sufrimientos e incomodidades, es lógico el desarrollo de una mirada hostil hacia su figura y su lealtad.

Existe un hecho que puede graficar en lo que se había convertido. En 1778 el Corregidor Joaquín Alós, sucesor de Ursainqui, lo designó como mediador en un pleito comercial en Moscari; el dato relevante es que no había ningún indio en el conflicto, sino dos hacendados españoles. Florencio Lupa impartió justicia en la Hacienda de Hipira, demostrando cuán lejos había llegado su marco de influencia en el sistema de organización y poder colonial.

Tras veintisiete años de equilibrio medido y meticulosamente pensado y ejecutado, Florencio Lupa cayó por su propio accionar y su propia posición largamente construida; no inquieto su muerte por sí misma a quienes lo tenían como un indio ganado para la hegemonía hispana, sino por lo que significaba en la sumisión de los colonizados, su plausible quiebre, el levantamiento de los siempre dominados.

Años de tolerancia fueron colgados en aquella cruz, en Quirpinchaca. Para que lo vieran todos: españoles, corregidores, curas, hacendados, otros indios sumisos ante la dominación virreinal. Para que el propio Tomás Katari escribiera, sin lamentar la muerte del cacique: “debe saber V.M (el rey) que dicho Lupa era el dilecto de vuestros ministros por los regalos cohechos que les daba; que Lupa había hecho un caudal gigante con la sangre que les había robado a los miserables indios.”.

La muerte de Florencio Lupa no era solamente un llamado de atención a los indios traidores a su pueblo, sino también una advertencia contundente sobre el agotamiento de una dominación española ya sin justificación, ni cultural ni ideológica; y la apertura de otras posibilidades de dirimir el orden social existente, y el nuevo rol de los indios en él.

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Gabriel Rodriguez

Gabriel Rodriguez

Profesión

Gabriel Rodríguez nació en Lomas de Zamora en 1974. Estudió historia en el Joaquín V. González y Ciencias de la Comunicación en la UBA. Publicó un poemario y el libro de historias y microcuentos “Buenos Aires, ciudad de Luces y sombras”. Se desempeñó como educador popular y colaboró en diversos medios alternativos.

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