Por Gise Temperley. / Gentileza El turrito

¡¡¡Ponga huevo, huevo sin cesar, que esta noche cueste lo que cueste, esta noche tenemos que ganar!!!
Los jugadores locales se acercaban a sus posiciones, la mirada fija en el césped. De la manga emergían los jugadores visitantes.
La hinchada se volvía efervescente.
¡¡¡ A-es-tos putos les tenemos que ganar!!!
Brotaron los estruendos, nadie levantó la vista para ver los destellos color “Deportivo Alvear” en el cielo. El objetivo era hacer ruido, mucho ruido. Las gargantas se rompían. Los bombos furiosos despedían dosis de adrenalina en cada golpe. La orgía de humo bordó, papelitos y alaridos era casi ensordecedora. Casi: insuficiente para tapar el arrollador tono agudo de los cientos de vendedores de noticias, que con una ceja levantada decían: Encontraron in fraganti a dos jugadores del Deportivo Alvear teniendo sexo en el vestuario.
– No Jorge, no. Vos sabes, yo estuve en todas. Estuve en la C, estuve después de los siete que nos metió Estrella azul, cuando la cancha era un chiquero, pero esto, no. Va a estar lleno de cámaras, vas a ver, rompiendo las pelotas con los micrófonos preguntándole al hincha qué piensa de todo esto. Ni loco lo veo por la tele. Que dios y el viejo me perdonen – dijo y besó su rosario bordó- pero hoy no hermano. Y más vale que ganen, mirá, porque voy a ir al club pero a cagarlos a trompadas a estos pendejos.
Jorge recordaba las palabras de su hermano mientras contaba la cantidad de cámaras desde el banco de suplentes, junto a los profes y el DT. Había periodistas que no vio jamás en sus veinte años de masajista del plantel profesional. Ni en la final perdida de la Copa Argentina, tantos medios se habían hecho presentes en el club.
El partido era inmirable, el local perdía 1 a 0. El conjunto visitante no ofrecía demasiado pero aún así nadie podía imaginar un descuento. El árbitro miraba ansioso su reloj desde el minuto 89. Faltaban unos segundos para llegar al 90 cuando hizo sonar el pitido final.
Mientras consolaba con palmadas en el hombro a un defensor camino a los vestuarios, Jorge pensaba que la hinchada desconcentrando en silencio era más humillante que los escupitajos. El arquero, que había sentido unos cuantos en la espalda y aún le colgaba uno de la oreja, no pensaba lo mismo.
Días atrás parecía que nada podía ir peor para “El Depo” cuando faltando pocas fechas estaba tan peligrosamente cerca del descenso en la tabla de posiciones. El porfiado destino demostró que siempre puede ser peor. Nunca se supo si el video se filtró por venganza, por accidente o por dinero. Tampoco si el carrilero por derecha y el delantero central estaban enamorados o fue sexo casual. No importaba, los sentimientos de los futbolistas sólo deben limitarse a declaraciones prefabricadas hacia el club que los haya comprado, y el sexo casual solo estaba permitido si se cogían al rival, no al compañero. Eso es de putos y los futbolistas no deben ser putos.
La comisión directiva fue determinante, desvinculó a ambos jugadores. En el comunicado a la prensa argumentaron que cualquier tipo de acto sexual estaba prohibido en las instalaciones. Con eso se cubrieron por posibles denuncias ante el INADI.
– Es inadmisible, este es un club familiar, los infantiles andan corriendo por todos lados, imagínese usted que se encuentren con eso – contestaba una vieja socia en la vereda de la sede social a un notero.
Irrefutable. El acto sexual explícito era escandaloso. Nadie alzó la voz anteponiendo el interés futbolístico, ya que uno de los involucrados era el goleador del plantel, como aquella vez que otro habilidoso jugador acusado de abuso sexual, pero hetero, fue apoyado por parte de los hinchas ya que no había que mezclar lo personal con lo profesional.
Los barrabravas fueron contundentes:
“Si perdemos la categoría, ustedes pierden la vida”.
La foto del mensaje escrito con aerosol para jugadores y dirigentes, también se hizo viral.
Deportivo Alvear necesitaba un milagro. Media docena de coachs ontológicos se mudaron a la pensión del club para estar disponibles las 24 horas. Una curandera hizo una limpieza energética. Solo atinó a decir:
– Todo está en sus manos.
– ¿En las manos de quién? – preguntó el vice, el más cabulero de la comisión, pero no obtuvo respuesta.
Tras una reunión interdisciplinar de emergencia, se les comunicó a los jugadores que a partir del día siguiente se iban a concentrar en la pensión hasta el final del torneo, nadie volvería sus casas. Esto los mantendría enfocados al 100%, y evitaría los acosos de la prensa en las entradas y salidas. Eso, si, ya no compartirían habitaciones.
Pero no resultó. Cuatro fechas sin sumar puntos. Las chances disminuían. La paciencia de los hinchas y las esperanzas de los jugadores, también. El vestuario bullía de frustración y miedo. El presidente entró con el rostro bordó, combinaba con la chomba de entrenamiento que llevaba puesta y a la que le había arrancado los botones después de un tiro libre desperdiciado. Los ojos parecían que iban a saltar de su cara. Rogaban pero también exigían.
– Muchachos ¿Qué carajo les pasa? ¿Se les pegó lo puto?
Las palabras se le esfumaron, no encontraba cómo seguir hablando. Sus rodillas no resistieron. Rompió en llanto.
– Don Aníbal levántese por favor… – dijo el arquero – pero tenga en cuenta que somos nosotros los que estamos poniendo el pecho eh, nos comemos las puteadas, amenazan a nuestras familias. ¿Se piensa que es fácil jugar así? Yo apenas puedo dormir, todos estamos en la misma ¿o no muchachos?- el resto asintió al unísono – estamos dando todo, no vemos ni a nuestros hijos, tenemos tremenda presión y no podemos ni coger ¡es imposible así! – tiró con fuerza los guantes al piso y se acomodó la cinta de capitán.
Don Aníbal se reincorporó, besó la frente de titulares y presentes, automáticamente se formó una ronda donde todos abrazados escucharon al presidente ya con la guardia baja.
– No les digo que no me importen las amenazas, o la prensa rompiendo las pelotas, o los problemas de guita que trajo todo esto, o la reelección. Pero muchachos, yo a este club lo amo como a nada, doy la vida, yo soy hincha desde la cuna, como la mayoría de ustedes que salieron de esta cantera, crecieron acá, yo me muero si descendemos muchachos, yo necesito que todos hagamos hasta lo imposible para conservar la categoría, para limpiar un poco la imagen de este gloriosos club, nuestra casa…
El círculo se cerró sobre Aníbal al grito de: ¡Y dale dale Alvear! hasta que el roce de los cuerpos hizo que se sintieran incómodos con la omnipresencia del fantasma de la homosexualidad en el aire.
– Descansen hoy muchachos, mañana tenemos mucho laburo para encontrarle la vuelta a esto.
*
La reunión fue hermética y el capitán contundente:
– Estamos todos de acuerdo en que hay que sacrificarse por la permanencia, pero hay cuestiones de salud, es contraproducente esto, no la ponemos hace un mes, me pesan los huevos ya.
– Concentración máxima, si así no pueden sumar puntos, menos lo van a hacer relajaditos, hechos una gelatina.
– Relajados no, pero es demasiada la presión. Las veinticuatro horas tensos, los puños cerrados, la mandíbula apretada. Cada vez que estamos en la manga siento como me voy contracturando, tengo cincuenta tipos atrás mío que piensan que cuanto más puteen a mi vieja, mejor voy a atajar, y acá piensan que si no cogemos, jugamos mejor. En su vida pisaron una cancha, y no sé cuánto están acostumbrados a coger ustedes pero les garantizo que esto no ayuda en nada. – el resto se miró entre ellos, esperando alguna propuesta -, no sé, aunque sea los casados, ir y volver, somos gente de familia, no vamos a hacer nada raro.
– Aquellos dos también eran casados y mirá el quilombo en el que nos metieron…
– Si me permiten, como médico, yo aseguro que la abstinencia completa durante tanto tiempo, sobre todo con este nivel de estrés, es perjudicial… por eso mismo es muy difícil no pasarse de la raya.
– ¿Qué sugiere doctor?
– Creo que en su justa medida, un pequeño descargo subiría el ánimo, una cuestión hormonal… si cuidamos el modo y la cantidad, no deberían quedarse “sin piernas”, es muy viable. Claro que el efecto en el entusiasmo de los jugadores es a corto plazo, por lo que tendría que ser poco antes de los partidos.
– ¿Una paja colectiva como cuando éramos pendejos? – preguntó sonriendo el capitán.
– No me parece conveniente, tiene que ser el mínimo esfuerzo posible, los necesitamos completos física y mentalmente, yo no quisiera ni que se muevan, tiene que ser corto, movimientos certeros, esto es cuestión de salud, no de placer.
– Doctor, si ya tiene una idea deje de dar vueltas, por favor – apuró el presidente mientras se comía las uñas
– Creo que alguien tiene que hacer el trabajo por ustedes, sólo los estímulos estrictamente necesarios, tienen que ser muy eficaces.
Durante unos cuantos segundos, que a los participantes de la charla les parecieron minutos, se imaginaron escenarios posibles, hasta que el presidente, gritando como si despertara de una pesadilla dijo:
– ¡A mi no me miren eh!
– No don Aníbal cómo se le ocurre? esto es una cuestión clínica, se tiene que encargar alguien capacitado.
– ¿Quién va a querer hacer tal cosa?
– Alguien que ame mucho a este club, esta es nuestra última carta ¿o no? – el arquero recobró el tono de líder de vestuario -, alguien que ame cada metro cuadrado de este lugar, que se emocione cuando escucha la hinchada, que entienda que de esta salimos todos juntos, haciendo todos lo necesario para mantener en pie al club de nuestros amores.
Los pocos que tenían alguna duda, ya habían sido convencidos. Definitivamente: era mejor capitán que arquero.
– Jorge es un excelente profesional, y todos sabemos que por el club hasta entrega a la hija – agregó el doctor que ya había abandonado su semblante profesional tras la arenga.
– Y nos conoce mucho a todos, está acostumbrado al contacto, tiene que entender que todos nos estamos sacrificando.
Jorge entró a la sala muy entusiasmado. Hacía bastante tiempo no veía caras sonrientes. Dejó mate y termo en la mesa y se sumó a los cantitos. Después de los abrazos, cerró la puerta. Media hora más tarde, salió totalmente desorientado. Había prometido una respuesta para el día siguiente. El capitán lo persiguió por el pasillo, como intentando deslizarse entre sus pensamientos, pero con cautela, no quería ser invasivo y generar la respuesta tan temida. Como si la empujara una suave brisa, soltó la frase: Jorge, el club está en tus manos, te podes convertir en héroe.
Dicen que cuando se está a punto de morir uno ve pasar su vida en un segundo. Eso le sucedió a Jorge pero sintiéndose más vivo que nunca. La palabra héroe había resonado en lo más profundo de su ser. Se vio a sí mismo niño y soñador, en el potrero dando vueltas olímpicas, levantando copas imaginarias tras anotar el gol en el último minuto que coronaba campeón al “Depo” en el patio de la casa materna. Se vio creciendo, bajando las expectativas, abandonando la idea de ser jugador de la primera división, pero buscando la forma de estar ligado de alguna manera al club, dando lo mejor de sí, siempre.
Era de madera el pobre Jorge. Menos sus manos, sus gloriosas manos que a tantos jugadores habían aliviado. Recordó a los mejores de ellos mientras retumbaba en su cabeza la palabra “héroe”. El club de sus amores, la columna vertebral de su vida e historia lo necesitaba, y por amor, él era capaz de todo.
– Preparate – le dijo al capitán mientras le golpeaba el bulto -, el domingo te voy a hacer la mejor paja de tu vida.
La semana transcurrió atravesada por una tensión aguda. Los medios daban por hecho el descenso, la oposición quería adelantar las elecciones, a los coachs ontológicos se les había acabado el material, pero nada de esto le importaba a Jorge. Investigó, consultó con proctólogos, psicólogos y sexólogos. Practicó, practicó mucho, ni en su pubertad había alcanzado tal cantidad de pajas por día.
Ese domingo, las banderas en los alambrados estaban puestas al revés, era una forma de protesta de la hinchada mas pasiva que el arrojamiento de elementos contundentes, pero no menos explícita. No todo el plantel estaba muy seguro de la efectividad del nuevo método, pero seguían a su capitán. Nadie hablaba en el vestuario, los cantitos de la hinchada no eran de aliento, eran de amenaza. Dolía respirar.
Entró Jorge, el arquero dio un paso adelante. Pidió ser el primero. El uno plateado en la espalda era todo lo que podían ver sus compañeros. Se dio media vuelta y una sonrisa breve, como la de un bebé al terminar de tomar el pecho, se le escapó.
– ¡A DEJAR TODO MUCHACHOS! ¡AGUANTE ALVEAR CARAJO! – gritó con la voz más capitana que nunca y trotó enérgicamente hacia la manga.
Nadie en la tribuna entendía porque los jugadores salían tan espaciadamente entre uno y otro, pero les daba tiempo a putearlos personalizadamente. El semblante de los jugadores nada tenía que ver con el de las fechas anteriores. Sus ojos ya no miraban al pasto sino que se encontraban con los de sus compañeros, cómplices, íntimos.
2- 0 ganó el Depo. Volvieron los abrazos en la tribuna, pero más llamaron la atención los del campo de juego, que fueron dirigidos en totalidad al masajista.
La algarabía en el vestuario era similar a la de ganar un campeonato, cosa que jamás había pasado allí, a tal punto que olvidaron por completo la presencia abusiva de los medios, que no podían entender el cantito nuevo que los jugadores entonaban casi como un himno:
– ¡¡¡Mas – tur- bero!!! ¡¡¡Mas- tur-bero!!!
Jorge nunca se había sentido tan feliz, su éxtasis era tal que poco le importó la repercusión que podría tener su nuevo rol. Una notera le preguntó cuál fue el secreto para semejante cambio de actitud del plantel local. Jorge tomó suavemente la cara de la periodista, casi acariciándola, se besó la palma izquierda, luego la derecha y mirando al cielo gritó:
– ¡La paja de los tres puntos, los tres puntos que nos dan vida! ¡No está muert…
– ¿Usted masturbó a los jugadores? ¿Eso es lo que está diciendo? – interrumpió la notera.
– Señorita, bautícelo como tenga ganas ¡Yo me voy a festejar!
Deportivo Alvear volvió a ser noticia. Horas y horas de pantalla y aire radial sobre el debate que despertaba esta nueva técnica. Las cargadas del resto de los clubes fueron las más crueles que se recuerden. Dos jugadores putos y un masturbero para el resto del plantel. Nadie se hubiera atrevido a imaginar semejante fuente de “chistes”. Pero la racha ganadora siguió y el asunto fue tomando otro color. Incluso el rumor llegó hasta Europa. Las ligas del mundo entero estaban pendientes de este nuevo invento argentino surgido en una liga del ascenso.
El plantel de Alvear estaba envalentonado, los tutoriales de “¿Cómo ser un buen masturbero? se propagaron con una velocidad asombrosa. Pero nadie consiguó los resultados de Jorge. Podían imitarlo pero jamás igualarlo.
La penúltima fecha, el Depo volvió a ganar pero sin salir de la zona de descenso directo. Y había que ganar de nuevo en la última fecha sí o sí para lograr la permanencia. El lunes anterior el celular de Jorge sonó retumbando en todo el pasillo de la pensión. Lo llamaron desde Barcelona, del Barça precisamente. Todo el plantel escuchó la propuesta. Cada uno en su habitación sintió miedo, tristeza, envidia y alegría. Lo querían como masturbero oficial. Tenía la posibilidad de hacer escuela en el viejo continente, pero no era una institución acostumbrada a esperar. Lo querían de inmediato, para la final de la Champions.
Jorge no durmió ese lunes. Hasta a él, que se sabía soñador, le hubiese dado vergüenza atreverse a imaginar semejante locura. A sus casi cincuenta años, convertirse en un hito del fútbol mundial… un buen contrato en euros, que la nena puediese conocer España, hacerle pajas a Piqué y al mismísimo Messi. Sabía que no era para pensarlo siquiera, lo sabía, pero no lo sentía. El corazón se le estrujaba.
-Te doy el alma para que hagas lo que quieras de mí, porque estoy enamorado y desarmado junto a ti – cantó mientras comenzaba a precalentar los brazos y a embadurnar sus manos con vaselina.
El utilero lo había vestido con la casaca número 10, y se comportó como tal. Masturbó a sus jugadores a dos manos, concentrado, preciso, pero no por eso sin magia. Esa noche fue un hechicero de penes, al mismo tiempo que a los jugadores les brotaba semen, él dejaba fluir sus lágrimas, ofrendas para conseguir el milagro.
Afuera, para él, se jugaba la final del mundo, todo lo demás podía esperar o perderse.
El estadio estaba repleto, el cielo, bordó. Los bombos eran muchos y sonaban muy fuertes pero lo que marcaba el tiempo eran los corazones de las miles de personas que cantaban al unísono, abrazados a la ilusión de conseguir los tres puntos que los mantendrían con vida.
Minuto 25, primer tiempo, gol del Depo. El concreto parecía a punto de quebrarse y a nadie le importaba. Jorge se pellizcaba, cortaba sus uñas con los dientes, las escupía, hasta que no quedaron más. El director técnico, al que ya no le importaban si pensaban si era puto o no, le cacheteaba el culo a Jorge. Bilardista de pura cepa, a esa altura era capaz de proponerle matrimonio en público si eso lo perpetuaba en su equipo de profes.
Minuto 42, gol del equipo rival.
En el entretiempo se transpiró más que en el campo. Los jugadores, desesperado, pedían por su masturbero estrella. Rogaban por otra sesión.
– Masturbero por favor, terminá de ganarte la gloria – le rogaban.
Claro que se vio tentado, si ganaban el partido se llevaría todo el crédito y su sueño de convertirse en héroe se concretaría. Pero ante todo era un profesional.
Desde la altura de un banquito les dijo:
– Muchachos, mi trabajo está hecho, mis investigaciones y mi corta pero eficaz experiencia no me permiten arriesgar en busca de la gloria personal. La gloria es colectiva. Ahora sólo depende de ustedes, su semen estuvo en mis manos. Ahora mi corazón y el de miles allá en las tribunas, están en las suyas.
La arenga del plantel hizo transmutar la desesperación.
Jorge no recuerda casi nada del segundo tiempo. Vaya a saber en qué recuerdos viajaba su mente cuando en el minuto 32 escuchó en un volumen avasallante la palabra más linda del mundo: GOOOOOOOOOOL.
Abrazos, llantos. El delantero que anotó el tanto se ganó una amarilla deshaciéndose de su casaca, para que el mundo pudiese ver la leyenda en su remera: GRACIAS POR QUEDARTE MASTURBERO,
El rostro de Jorge era una salina: lágrimas y sudor. Tanto sufrimiento… ese momento lo justificaba todo. La tribuna también se lo agradecía.
– ¡¡¡MAS-TUR-BERO, MAS-TUR- BERO!!! – que ya formaba parte del repertorio de canciones de amor, fue el hit que rellenó los minutos finales.
Pitido final. Deportivo Alvear conservaba la categoría. Todo el plantel quería tener el honor de llevar en andas a Jorge.
Iba sentado sobre los hombros del capitán en plena vuelta olímpica, cuando se preguntó si no era eso la muerte. Quizás había llegado al paraíso después de que una montaña de abrazos de gol lo asfixiara. Interrumpió su pensamiento el sabor a humo de bengalas que aspiró de golpe y se supo vivo, más vivo que nunca.
Se miró las manos, aún brillantes de vaselina y fluidos, y las alzó al cielo ofreciendo la foto de portada de los diarios del día siguiente, las fotos y el titular unánime: Las manos de dios.

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2 Comentarios

  1. Gabriel Rodriguez

    Muy bueno, jajajaja.

    Responder
  2. Adrián Cabral

    Hermoso relato futbolerooo
    Otro de los tantos talentos de Gise y van…

    Responder

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