Por Roberto Liñares.

“El ciudadano ilustre”, película del 2016, protagonizada por el actor Oscar Martínez, designado en el 2017 como miembro de la Academia Argentina de Letras y toda la vaporosa atmósfera que rodean estos dos hechos, recientes en el tiempo y entre sí, serán los disparadores de esta reflexión que sólo sobrevolará lo cinematográfico y lo literario para ir a un debate nada nuevo en Argentina respecto a qué concepto de “civilización” se toma para definir a qué concepto de “barbarie” o más popular y sintéticamente dicho: “civilización” o “barbarie”.

Tiro breve data para refrescar: Sinopsis de la película: Daniel Mantovani es un escritor argentino que vive en Europa desde hace más de cuatro décadas, consagrado mundialmente por haber obtenido el premio Nobel de literatura. Sus novelas se caracterizan por retratar la vida en Salas, un pequeño pueblo ficticio en la provincia de Buenos Aires, Argentina, en el que nació y al que no ha regresado desde que era un joven con aspiraciones de escritor. Entre la numerosa correspondencia que recibe diariamente le llega una carta de la municipalidad de Salas en la que lo invitan a recibir el máximo reconocimiento del pueblo: la medalla de Ciudadano ilustre. Sorprendentemente, y a pesar de sus importantes obligaciones y compromisos, Daniel decide aceptar la propuesta y regresar de incógnito por unos pocos días a su pueblo. El viaje tendrá para Daniel múltiples aristas.

Y ahora seguimos con…

Sarmiento revisitado.

En “El hombre de al lado”, una de las películas de los mismos realizadores, se muestra un buen antecedente de un argumento donde el selecto protagonista se ve desbordado por un vulgar, atentando contra la privacidad del intelectual de alto nivel.

Pero no quiero marearme ni marearlos. Sin embargo otra vez la calesita de la “Civilización” y “Barbarie”. Si sos civilizado, tenes la sortija y  seguís dando una vuelta más. Si sos bárbaro, desapareces de la calesita. Y si es posible de la plaza…

Otra vuelta con eso de la visión euro céntrica de Latinoamérica como tierra llena de historias curiosas, fantásticas y “excéntricas” referidas a la plebe, en contraste con la alta cultura y costura.

En el choque cultural entre la elite intelectual y el vulgo ignorante, en dos polos inconciliables. Un polo juega al polo y el otro no.

Juegan con la berreta frustración argentina de no tener un Nobel de Literatura para un compatriota en un pueblo que se cae del mapa, perteneciente a un país que se cae del mapa donde nació el “Papa del Fin del Mundo”, al cual buscaron “casi al otro lado del mundo” en el barrio de Flores, casi.

Otra vuelta. Sufra y vuelve. Visión desde Europa, sobre todo en el Macrocosmos Norte, lejos, muy lejos de la brutalidad pueblerina, de la media sucia del argentino medio, con una tranquila visión de balcón o de cazuela de teatro lírico.

El ciudadano ilustre se hunde gozosamente en el maniqueísmo entre el intelectual de súper vanguardia, bien Norte re paquete, re culto y re finado y el pueblo masa ignorante, chusma y grasa.

Lo provinciano como chiquito y el cosmopolitismo como lugar de la grandeza donde tienen lugar el nirvana del iluminado, o más bien el encandilado como libre liebre pero con la mirada fija en las luces de la civilización, salvo para solazarse en un safari en búsqueda de emociones fuertes con la cosa popular, salvaje, ventaja, y con una calculada falta de sofisticación.

En Daniel Mantovani (personificado por un culto bien amueblado como Oscar Martínez) se encarna el clásico del intelectual “paspado”, con el condimento del éxito comercial y el Premio Nobel de Literatura, negado a un Borges cuya culta estrella se juntó con la Junta y se estrelló.

Otra y otra. Otra vez sopa. Película masaje adora del ego del protagonista, incomprendido sufriente de los enredos pueblerinos. El aniversario de la fundación del pueblo natal lo vio atravesar como en un Calvario pringoso. Cierto es que algunos de los personajes son verificables para quien haya vivido en algunos pueblos, sometidos a cierto micro y neo fascismo. Pero totalizar lo particular no parece proveniente de los altos horizontes propios del intelectual alejado de las cosas de este mundo. Que risa que le da al intelecto filosóficamente pocho clero, por ejemplo la pintoresca escena sobre un carro de bomberos recorriendo las calles junto a la reina de belleza del pueblo o aquella otra de la estatua de la plaza con el escritor ilustre…

Suben y bajan los caballitos. Mantovani – Martínez, el hijo ilustre del pueblo, recibido con honores por sus autoridades, que tienen el desagradable detalle de poner en sus despachos las imágenes de Perón y Evita (subliminar recuerdo de la barbarie), acosado por el confuso amor de la gente.

Europa: alta cultura e irreverencia abstracta. Pueblito: cultura “popular” y mansedumbre concreta.

Me bajo. Estoy mareado de tanta selecta cultura.

Tres días después de estrenarse en Argentina, la película ganaba el premio al mejor actor del festival (Oscar Martínez), lo que sumado a la promoción televisiva de dicha victoria hicieron revertir el desempeño de la película, logrando escalar al primer puesto al terminar su primer fin de semana.

Igualmente dejemos la película y al personaje de la ficción, el Premio Nobel súper culturoso de Daniel Mantovani en paz, y preguntémonos de otro personaje de la ficción cultural argentina: Oscar Martínez. Sobre todo (porque hace frío) ¿Qué pasó después de esta noble película?

Oscar Martínez, miembro colgante de la Real Academia Argentina de las Letras.

Película en el 2016. En el 2017 Martínez ya es académico. Admirable sincronización. Ave luto a la ignorancia. Y una noche, se formalizó su ingreso a la Academia Argentina de Letras en un acto en el auditorio Jorge Luis Borges, (el que nunca tuvo el Premio Nobel) de la Biblioteca Nacional. Como consecuencia y costumbre y es de rigor, el actor, director y dramaturgo galardonado, se le concede ocupar el sillón que lleva el nombre de otro dramaturgo que le precedió en la vida, este es Ventura de la Vega (1807-1865) dramaturgo como Oscar Martínez, y siendo este el primer actor y director designado miembro de número de la AAL. Albricias…

Pero la historia es “misteriosa” (no avelutamente), paradojal y caprichosa o caprichiosa como escuché en algún bolero. Está claro que todo lo lindo y bueno viene de Europa. Pero lo pichón de lindo a veces se va a Europa a mamar la cultura, como Mantovani, Martínez y Ventura de la Vega. Porque… ¿Quién es, quién es de la Vega…?

El asiento de Ventura de la Vega, para el zorro.

Ventura de la Vega nació en la ciudad de Buenos Aires, entonces capital del Virreinato del Río de la Plata, el 14 de julio de 1807. Su padre al morir manifestó su deseo de que fuera educado en España y al cumplir los once años, ya producida la Revolución de Mayo y en plena lucha por la emancipación Argentina, su madre lo envió a la península al cuidado de un tío suyo.

Se dijo que cuando fue embarcado y conducido por la fuerza desde el muelle gritaba: “Ciudadanos, ¿consentiréis que se destierre a un argentino de su patria, a la fuerza, y contra su voluntad?”

Sin embargo con el correr del tiempo se adaptó bien a España el muchacho. Finalizada la guerra y consolidada la independencia argentina, su familia le pidió que regresara a Buenos Aires pero Ventura de la Vega, ya mansito, decidió permanecer en la madre patria.

Se hizo Conservador, profesor de Isabel II y director del Teatro Español, fue curiosamente, académico de la Real Academia Española en 1842, (de alguna manera al igual que nuestro Oscar Martínez). Al ser admitido, Ventura de La Vega aprovechó y en el discurso de ingreso, atacó al Romanticismo por su agresividad social.

Como comediógrafo no se apartó de un sistema de valores burgueses y de clase media, “de salón”, realistas y moralizadores. Escribió libretos de zarzuela. La más conocida es El hombre de mundo (1845), historia de un calavera atormentado por los celos. Una frase de esta obra, “Todo Madrid lo sabía, / todo Madrid menos él” se ha convertido en frase hecha para aludir al “cornudo”.

En la actualidad se encuentra cómodamente enterrado en el Cementerio de San Isidro de Madrid y en su lápida sólo aparece grabado su nombre. Tiene un asiento asignado en tan ilustre cementerio europeo.

Le hago el terminado

Cuestión que lustrada y lustrada terminé. Pomada en pomada, ningún lector se manchó. Pongan los pies en el suelo. Salgan de lio y vayamos a caminar. Incluso tengo ganas de invitarlos a ver la película “El ciudadano ilustre”, la hayan visto o no. Va a ser distinta. Y ya lo dice el refrán: “El público se renueva”.

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