Por Gabriel Rodriguez.

Se va el hombre que perdió una guerra que se había ganado. Ese podría ser el titular de los diarios el día que Bernardino Rivadavia renunció a su efímera presidencia de la Argentina, en junio de 1827. O al menos el comentario en las calles de la ciudad puerto de Buenos Aires. Y en la Campaña crecida. Y en las Provincias que guerrean entre sí.

La guerra contra el Imperio del Brasil por la poseción de la Banda Oriental se había ganado en el ámbito de las armas, pero se había perdido detrás de los escritorios diplomáticos, siempre con lapiceras cuyos dueños buscaban un interés contrario al de las grandes mayorías. Tanto que quedó inmortalizada como la paz deshonrosa que legó Rivadavia. Que incluía el desarme de la isla Martín García, el pago de una indemnización al Brasil, y la entrega de la Banda Oriental. La nación triste miraba de reojo la alegría de esos pocos que ya formaban esa mesa de tres patas que se venía construyendo dura y difícil de desestabilizar: el sector agrícola ganadero, el sector comercial porteño, el Imperio inglés. En breve Uruguay paisito nuevo y Argentina incorporada tácitamente a las colonias británicas de ultramar.

Tras la salida de Rivadavia Buenos Aires recupera su autonomía unitaria y sus instituciones, que habían sido momentaneamente censuradas con la federalización de la ciudad y el control de la aduana, ya no para el grupo de la oligarquía ganadera, sino para el país todo. Ante el desprestigio de la gestión rivadaviana la Sala de Representantes designó gobernador a Manuel Dorrego, un hombre del ámbito comercial urbano, cuyo proyecto era el de un país republicano y federal donde se respetasen las autonomías y las economías regionales. El loco Dorrego, un caudillo de la ciudad que tenía una raigambre más popular que aristocrática, se encontró con una situación desesperante en toda la administración pública que asumía: deudas paralizantes (empezando por la estafa contraida con la Baring Brothers), y una situación de precariedad política que no le permitía gran autonomía en las decisiones drásticas más necesarias. Intentó el apoyo del Banco Nacional para solventar la continuación de la guerra con el Imperio del Brasil, pero éste era de capitales británicos y de la oligarquía opositora, y se negaron a socorrer financieramente su plan de continuidad. Por lo que tuvo que aceptar el definitivo desenlace de la guerra ya abandonada por Rivadavia. Y que bajo presión de la corona inglesa favoreció la creación del Uruguay como nación independiente. Es decir, un estado tapón para que Inglaterra controlase que las relaciones entre los grandes vecinos de Sudamérica no le entervinieran o paralizasen los negocios comerciales en la región.

Dorrego cometió el pecado fatal de intentar un empoderamiento de los sectores más postergados de la ciudad. Quizo un sistema electoral sin restricciones de clase, trató de impulsar medidas de protección del consumo popular como la creación de un control de precios. Imaginaba una confederación de estirpe nacional pero a su vez americanista. Precisamente esa imagen y sus idearios despertaron un gran rencor en quienes venían dominando la ciudad de Buenos Aires desde las invasiones inglesas., tanto que fue apodado el “descamisado” por esos sectores contrarios a su figura.

La ambición de los opositores unitarios contrarios a su designación, esos vecinos notables ofuscados por la insolencia de los atraidos por el descamisado, era mucho más virulenta que un simple comentario receloso en las reuniones y los salones. El plan fue realmente violento y buscaba cortar de cuajo lo que veían como una mala hierba. La colocación de Juan Galo Lavalle en poder de asestar un golpe certero y definitivo para las posibilidades de desarrollo de una opción popular, verdaderamente nacional y federal. Los vecinos adinerados querían ver muerto a Manuel Dorrego.
También entraba en la matanza Juan Manuel de Rosas, pero el general Lavalle se negó a asesinar a su hermano de lactancia.
Una vez hecho prisionero el 1 de diciembre de 1828, Dorrego, que no había llegado a huir a Santa Fe como le propusiera Rosas, sólo se mantuvo cautivo con vida un puñado de días, hasta que el intercambio de opiniones entre títere y titiritero, concluyó con la recomendación que Salvador María del Carril (titiritero) le hizo a Juan Lavalle (títere). “La prisión del general Dorrego es una circunstancia desagradable, lo conozco; ella lo pone a usted en un conflicto difícil. La disimulación en este caso después de ser injuriosa será perfectamente inútil al objeto que me propongo. Hablo del fusilamiento de Dorrego. Hemos estado de acuerdo en ella antes de ahora. Ha llegado el momento de ejecutarla.”.

Y en una decisión sin mayor espacio para la meditación sobre sus consecuencias, y que daría inicio a un profundo y masivo descontento popular, el general de la independencia bien conocido como “la espada sin cabeza”, dio la orden de fusilar al gobernador previamente depuesto.

Dorrego vivió sus últimos días y las horas finales, comido por la pena. Lejos de estar resignado a morir como un destino inevitable. No piensen una imagen de un prócer de bronce que dice ante el pelotón de fusilamiento, alguna palabra estoica para la posteridad. No. La historia, muchas veces, tiene para los hombres y mujeres más respetables, castigos difíciles de embellecer con óleo de grandeza en el instante mismo que se presentan. Eso lo hacen los manuales del alumno bonaerense unos ciento cincuenta años después.

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