Por Alfredo Luna.

Las resonancias de Alejandra Pizarnik en la poesía de Susana Thénon.

Acuerdo en que nominar (titular un libro en este caso) es designar algo y también intuir el destino de eso a lo que se le confiere un nombre. Entonces ¿Por qué Papyrus? Porque desde la delicada piel de la prehistoria fuimos dichos en signos oscuros.

Quien nomina destina ¿Por qué entonces Susana Thénon acude a este vocablo culto para decir las voces que vienen de lejos? Porque habla del tiempo cuando la escritura se desplegaba en imágenes y metáforas. Un tiempo que sigue escribiéndose y en palabras sigue estremeciendo.

Este libro consta de 64 poemas, que se desarrollan en tres series, caracterizados además, por su tono melancólico. Acerca de esta emoción, Julia Kristeva había escrito: «La creación literaria es esa aventura del cuerpo y de los signos que da testimonio del afecto: tristeza como marca de la separación y como inicio de la dimensión del símbolo”.

Debo anticipar que Papyrus no es solamente una pieza literaria, es un manifiesto artístico-político, una pieza de arte mediante la que Susana Thénon nos orienta acerca de su estética, cuyos temas son la poesía misma, y su ser y estar incómoda en el mundo.  En ella, instaura un universo que se pronuncia como un improbable susurro o a los gritos, hasta perder la respiración y desmembrarse. En ese desmembrarse resuenan versos de Alejandra Pizarnik.

Sin dudas, un libro de poemas es una cantera interminable de interpretaciones. Por eso me limitaré a pensar de qué manera los temas del amor, la soledad y la muerte aparecen en esta obra, y, en qué modo, se desplazan las isotopías recurrentes por la sombra incolora de la tristeza (como referí antes) y, sin embargo, portan versos luminosos, algunas veces, y desgarradores, otras.

En la serie 1 el poema 5 sitúa la escena en un recuerdo de paseo infantil, allí aparecen “caballos de felpa azul/ destripados/ por minuciosas clavijas”. Puede percibirse que la poeta sustituye el vocablo sortijas por el de clavijas, clavija se asimila a arma; ambos términos comparten cantidad de sílabas y homofonía, pero se decide acentuar un matiz dramático de la experiencia.  Puedo asociar esta imagen, con la de Alejandra Pizarnik, cuando dice: “las muñecas desventradas por mis antiguas manos de muñeca”; también cuando dice “la vida juega en la plaza con el ser que nunca fui”.  Quien porta la clavija “destripa” las ilusiones infantiles; como un acto quirúrgico y cruel, los cuerpos son fragmentados en labios, mirada, ojo, miedo.

En general, son escasas las referencias al entorno íntimo. El poema “Álbum”, de la segunda serie, es una mirada hacia adentro y atrás: el pasado, la historia, el ámbito familiar recobran presencia con un tono entre crítico y nostálgico. El elemento religioso del Yo poético aparece no bajo la servidumbre de los meros ritos –aunque en su vocabulario aparezcan lexemas como cielo, infierno, demonio, esperanza, perdón, castigo- sino como pensamiento vibrante, como temblor meditado, como una fe que se piensa. Como una mística sensual.  Solamente en la poesía es posible unir fe y reflexión.

También este poema es una toma de conciencia del frágil devenir de la vida: “es posible el deseo de morir”. Encuentro aquí otro eco de Pizarnik cuando dice “el deseo de morir es rey”.

Como en estos ejemplos, las semejanzas con la poética de Alejandra Pizarnik circulan en otros poemas:  comparten las imágenes de clausura, de sofocación, de supresión; Thénon dice: “esa puerta borrada en la muralla”, en equivalencia con el verso de Pizarnik que afirma “me borraron /…como a un poema escrito en un muro”.

El Yo lírico construye el tópico amoroso, erótico y sexual en un espacio donde se unen el deseo, la ofrenda y el sufrimiento. Se trata de una narrativa de la frustración y el desaliento pero que el acto de escritura repara en el poema. Induce a pensar en un sujeto amoroso cuya mudez intriga, porque asoma y se oculta como en un juego de fantasmas oscuros. Por momentos penosa plenitud del deseo en las aguas del corazón. Ausente Laetitia −dice Leibniz −en la deshabitada isla del alma.

En sus poemas, el amor es una incompleta herida blanca.

Thénon escribe que hay “renuncias mínimas y renuncias enormes/gusto a derrota sin consuelo” y en otro verso: cuidado/vi pasar un pedazo de algo vivo/ y no se parece a nosotros”. Reconoce la frustración amorosa; dolor por la ausencia del otro deseado.  Sócrates decía que el amor es un deseo del objeto amado y que quien desea algo lo hace porque no lo tiene, refería el amor a la verdad; un amor que nada tenía que ver con el cuerpo.  A esa noción de carencia, la asumimos para registrar el deseo al otro, con su felicidad y tragedia.

Así, el cuerpo amado es diseñado muchas veces por partes infinitésimas: labio, ojo, mano, lengua, abrazos, párpados; lexemas que se desplazan por los sentidos del tacto, la visión, y escribe: “su cuerpo es un ojo/ su piel un mapamundi/ mis palabras perforan la última señal de su nombre” semejante a  “el vino es el elixir que pulveriza los/ pestilentes deseos de/ mi cuerpo que / aletea gimiendo frente a tu efigie de /sombra” de Pizarnik. En otro poema da cuenta de su “terror de amar”, comparable con la idea de que “el amor es muerte es miedo” que formula Pizarnik.

Cuando se está hablando del tiempo y sus codicias, del devenir de la vida, también se está hablando de la muerte. Esa certeza de finitud propia se traslada a la idea de la extinción del Otro; de la pérdida, de las ausencias, por eso alega: “cómo olvidar/ que en un momento morirá lo que vemos (…) /cómo olvidar que lejos aún/ nos avizora y para siempre/ la maniatada estrella de la infancia”.

En el poema 38 el yo lírico invoca a la muerte con una interjección de alabanza ante la que se prosterna: “oh gran muralla oscura/me entrego y te nombro/y te proclamo eterna/ y te llamo por siempre amiga” dice Thénon;  luego el ánimo muta y la enfrenta definiéndola como “perra del viento y cárcel”, “demonio familiar/ presa jadeante de mis ojos”, para luego interpelarla por las “…mujeres y mujeres/ que cantan  y fecundan la noche/ de girasoles  ciegos”, donde duplica el lexema mujeres  para sugerir multitudes “e inútilmente    inútilmente/(…) son/  el gran terror de amarte”; aquí, además de la duplicación del sustantivo, refuerza con el adjetivo “gran” y utiliza un potente oxímoron.  Finalmente vira la actitud hacia la súplica: “detén aún más/ tu progresión inmóvil/ mira la súplica/ en el miedo valeroso”.

En “blues del adiós” las despedidas son asimiladas con la muerte, con la suspensión del tiempo, con el intercambio de miradas, del tactarse: pero esta vez con un matiz de humor y un tono coloquial, un término que se comparte con amigos que están “difunteados”.  Las despedidas, las ausencias tienen plazo fijo, aunque no eximan la nostalgia del regreso: cada tres años “se reencarnan”. Se renuevan unas veces desde “BUENOS AIRES” y otras veces hasta “NUNCA”.  Afirma la certeza de que ante la muerte -esa usurera del tiempo- no hay transacción posible.

En “desnudo y niños” la alusión a Hiroshima es taxativa. Hay una inminencia de peligro, de estado de tensión y angustia en “no pasará más tiempo/sin que se aleje el barco/destinado a este mar”.  Algo estallará, por eso las preguntas sin respuesta posible: “¿y qué haremos entonces/ ¿enumerar la arena? / ¿florar sobre las huellas del jazmín? / la distancia es un muro/ ¿pasaremos? / en el silencio hay algas/ ¿cavaremos/ en el ojo dorado?”. Estos versos se equiparan a: “si pido agua ¿beberé?” como inquiere el verso de Pizarnik.

La poesía nace de la incertidumbre e incita a preguntarnos no solamente lo que hay dentro del territorio íntimo de las palabras, sino lo que hay detrás; lo oculto sugerido. En este caso, los versos de Thénon, son más que trozos musicales, más que el reflejo mecánico de la realidad y de la historia. Con razón, dice Bataille que “la poesía lleva al mismo punto que todas las formas del erotismo: a la indistinción, a la confusión de objetos distintos”. El poema es un ser viviente. Un lugar de fuego para ser habitado.

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