Por Lucila Lastero.

Durante muchos años, Juan fue mozo y atendió a personalidades como Jorge Luis Borges y Freddie Mercury. Meses atrás, puso una pizzería en Parque Patricios. Pero la apertura restringida a causa de la pandemia estuvo a punto de terminar con su negocio. Lo salvó una increíble cadena de favores movilizada por los propios vecinos.

Una tarde de febrero de 1981, Freddie Mercury tomó un ice cream soda en el bar porteño Rond Point. El custodio que lo acompañaba pidió lo mismo.

–Helado, granadina, crema chantilly y soda– recuerda Juan, el mozo que llevó los tragos a la mesa.

Hoy, sobre el mostrador de su local La Dolce Pizza, de Parque Patricios, un portarretratos muestra al Juan de aquel día: veinte años, fulguroso blazer amarillo, moñito negro, la mirada entre frágil y desafiante tras los vasos de trago largo empinados sobre la bandeja.

Rond Point era el bar elegido por las figuras de la política y el espectáculo. Empresarios, gobernantes, funcionarios, jugadores de fútbol, actores, se reunían para conversar, cerrar acuerdos, planificar negocios, o simplemente aparecer en las fotos de las revistas del momento. Juan se acuerda como si no hubiesen pasado cuarenta años: el caminar pausado de Jorge Luis Borges mientras se dejaba conducir hasta la puerta del baño, las bromas del Negro Guerrero Marthineitz, el abrazo de Robert “Bobby” Charlton cada vez que se iba, después de almorzar su típico sándwich de lomo con jamón y queso en pan lactal.

Es sábado, pasado el mediodía. Mientras converso con Juan en una de las mesas del lado de la ventana, Karen atiende a los clientes que siguen llegando en busca del almuerzo.

Él habla con gratitud de esa ruta de encuentros y de aprendizajes, en el mundo de la gastronomía, que lo llevó a tener hoy su propio negocio. Pero también hubo tramos pedregosos. Como el que inició en marzo de este año, en cuanto se decretó la cuarentena.

La Dolce Pizza llevaba pocos meses en la esquina de Caseros y Alagón cuando vino la orden de cerrar. Juan intentó promocionar sus comidas repartiendo folletos por la zona. Pero casi nadie estaba dispuesto a comprar en un comercio recién llegado al barrio.

El hecho que terminó de desgarrarle el ánimo fue la boleta de la luz. Después de hablar con la chica que lo ayudaba en la cocina e informarle que no podría pagarle el próximo mes, miró, solo y desde el interior de la pizzería cerrada, cómo el mundo y su vida se derrumbaban juntos.

 

***

Juan Almirón nació en Villa Quinteros, una localidad de Tucumán donde la cosecha de la caña sostenía, con levedad de hoja seca, la vida de las familias. En 1966, cuando el Ingenio cerró, la pobreza apretó los estómagos con todas sus fuerzas. Juan, su papá y algunos de sus nueve hermanos consiguieron emplearse en campos vecinos. Cosechar papa y cebolla, durante todo el día, bajo el quemante sol tucumano, les alcanzó para aplacar el hambre. La mayoría de las familias no corrieron con la misma suerte.

–Yo por lo menos tenía zapatos. Había compañeros de la escuela que iban descalzos.

La idea de buscar trabajo en Buenos Aires surgió de una charla entre hermanos. El primero en irse fue el mayor. Las noticias sobre empleos donde la paga alcanzaba para comer, dormir en una habitación cómoda e incluso guardar algunos pesos en el cajón de sueños de la casa propia, fueron animando a los demás integrantes de la familia. De a uno fueron yéndose todos, escapando de las fatigas y privaciones del trabajo en el campo.

La familia de Juan se estableció en Buenos Aires para siempre. Sus padres eligieron morir en Buenos Aires.

 

***

Una mañana de mayo, camino al almacén, mientras pensaba cómo pagar las cuentas que seguían acumulándose, pisó mal y se torció el pie.

– Ese día sentí que ya no podía más.

El insomnio lo había desvelado, como todas las noches. La preocupación le robaba el descanso y echaba sombras a su paso.

A pesar del dolor y de la mancha negra sobre la piel, no quiso ver a un médico.  Su condición de diabético lo encuadra en el grupo de riesgo, y tiene miedo al contagio de covid en los centros de salud. En su casa, donde vive solo, se alivió con hielo.

Cuando la hija lo vio con el pie herido y supo que no tenía plata para renovar la dosis diaria de insulina, le pidió que cerrara la pizzería ya mismo. Le ofreció que se fuera a vivir con ella hasta que terminase de pagar todas las cuentas, incluidos los meses atrasados del alquiler.

Pero la testarudez de Juan fue más fuerte. Para no tener que cerrar, vendió una heladera. Las deudas sumaban cuarenta mil pesos. Vendió una cortadora de fiambre. Tampoco alcanzó. La hija le consiguió algunos pesos más; había empeñado una cadenita de oro. El propósito de la cancelación de las cuentas era una línea brumosa que se alejaba sin parar sobre el horizonte.

 

***

Los vecinos de la zona suelen participar en un grupo de Facebook llamado “Parque Patricios- Barrio Histórico”. Tiene más de catorce mil miembros. Las conversaciones y posteos incluyen compra y venta de toda clase de comestibles, ropa nueva y usada, repuestos para autos, servicios de flete y electricidad, anuncios sobre mascotas perdidas, quejas por los sobreprecios de tal o cual comercio, acaloradas discusiones políticas. El muro del grupo es una marquesina inagotable de imágenes y de voces interactuando desde las posibilidades de la red.

Fue en “Parque Patricios- Barrio Histórico” donde, el 15 de septiembre de 2020, apareció un posteo sobre La Dolce Pizza. Más que una simple publicación para difundir la comida que se hacía en el local, fue un grito desesperado:

Buenas, él es Juan.

En las fotos que acompañaban la publicación, se lo veía parado en la puerta del negocio, con su delantal y el barbijo reglamentario, mirando hacia el costado de la calle, esperando.

Pido por favor, si alguien pasa por ahí o está cerca, pueda comprarle algo, les aseguro que van a volver a comprar, cocina riquísimo y es súper higiénico. Está solo, trabaja solo y es diabético. Pido por favor que le den una mano.

El posteo incluía dirección, teléfono, formas de pago y el detalle de cada uno de los tipos de pizzas y otras comidas, con sus respectivos precios. Por último, después de un nuevo por favor, había un muchas gracias y una firma: Karen Fredes.

Tuvo más de trescientas reacciones, comentarios y réplicas.

Al día siguiente, el teléfono sonó a toda hora.

Juan no lo podía creer. De repente, la publicación se había vuelto chispa detentora de una explosión de solidaridad. Las ventas saltaron por los aires. Los vecinos comenzaron a hacer pedidos, a comentar en las redes la calidad de las pizzas, de los lomitos con papas, de los ñoquis a la boloñesa. Apoyemos a los negocios del barrio, no permitamos que Juan cierre, se leyó en los espacios virtuales.

Por esos días, Karen, la amiga de Juan que difundió el caso, creó el grupo de Facebook “Por Juan y su local La Dolce Pizza”.  Mientras trabajaba a la par de él en la cocina, Karen vio llenarse el muro de manos tendidas: Un vecino se ofreció para confeccionar el logo y estamparlo en remeras, delantales, imanes y barbijos. Una vecina preguntó cuándo podía pasar a dejarle unas agujas y algunos frascos de insulina que quería donarle. Otro vecino propuso hacer los folletos. Una familia le regaló un modular que ya no usaba.

En pocos días, la tristeza que parecía haberse encapsulado en los ojos de Juan, se fue disipando del todo hasta no dejar rastros. Compras, donaciones, palabras de aliento. Todos querían ser parte de esa pulsión de oxígeno que buscaba revivir a La Dolce Pizza.

La estridencia llegó a los periódicos y a los canales de la televisión, que hablaron de la increíble historia del pizzero que salvó su negocio gracias a una cadena de favores.  Las cámaras lo mostraron a él, la mirada feliz sobre el logo resplandeciente del barbijo.

 

***

En los bares y restaurants en los que trabajó, conoció el esplendor de los famosos y la opulencia de los ricos. Pero antes, en su pueblo tucumano, supo de la presencia del hambre rondando cerca, jadeando como animal al acecho entre los campos cultivados.

El reloj de oro en la muñeca de un hombre que alza un vaso de trago largo en Rond Point. Los pies descalzos del niño de la escuela rural en el Ingenio.

Por eso, Juan, a poco de abrir La Dolce Pizza, después de ver a un chico comiendo desperdicios del contenedor de enfrente, se propuso hacer todo lo posible para calmar el hambre de los pobres. Durante la crisis de meses atrás, fue imposible. Ahora, en cambio, existe una cuenta de Mercado Pago que recibe donaciones en forma de transferencias por el valor de una comida. El circuito de colaboraciones se completa y se cierra en su ciclo perfecto.

– Hay unos hombres que están en un parador y vienen todos los días. Yo un día no tuve, y ahora la gente me ayuda ayudando a otra gente.

Desde que están permitidas en la vereda, hay una mesa y una silla disponible para quien lo necesite. El plato fue pagado antes por algún alma tan desconocida como generosa.

Alguna vez, el proyecto de Juan fue río seco y peces a punto de morir. Pero la solidaridad llegó hasta él en forma de calurosas gotas de lluvia que llenaron el río, salvaron a los peces y también nutrieron la vegetación agónica de las orillas.

Juan ya no padece de insomnio por las noches. La Dolce Pizza volvió a nacer. Todas las deudas fueron canceladas.

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