Por Jorge Giles.

Hoy recordando en su cumpleaños a Néstor Kirchner compartimos un capito del libro MOCASINES, UNA MEMORIA PERONISTA de Jorge Giles. Editado el año pasado por Grupo Editorial Sur.

El siglo XXI arrancó en tragedia, siguió de bonanza en bonanza y ahora avanza a paso de perdedores y la tecnología te cuenta las costillas en HD y los CEOS de las grandes empresas te leen el pensamiento y los represores afilan sus guadañas.

Algo de poeta tendría el Flaco desgarbado aquel que vino desde el sur proclamando que no todo estaba perdido, que aún era posible dar pelea contra la derrota.

“No vine para dejar mis convicciones en la puerta de la casa de gobierno”, nos dijo la primera vez y nos flechó para siempre.
“Vengo a proponerles un sueño”, siguió después.

Y ahí te quiero ver alma perdida entre las tinieblas del desencanto fatal.

No dijimos nada. Simplemente volvimos a creer y a volar bien alto y cantamos nuevamente a los cuatro vientos que la Revolución viene oliendo a jazmín.

Después de la dictadura todos los gatos fueron más pardos que nunca. Como si la larga noche de los cuchillos tomara otros contornos, pero seguía siendo la noche. Y entonces sucedía que muy pocos se animaban a querer entrar al ruedo para cambiar el mundo.

O al menos cambiar la cuadra de tu barrio.

O cambiar la pintura de las paredes de tu casa.

O cambiar la vida, qué carajo.

Todos o casi todos los que se preciaban de convocadores de un tiempo nuevo se parecían en el viejo afán de cortarse prolijamente las alas y las uñas.

Nada de gestos altisonantes ni palabras que desentonen con el registro impuesto. A tal traje, tal camisa. A tal camisa, tal pantalón. A tal pantalón, tal zapato. A tal zapato, tal cabeza. A tal cabeza, tal discurso. Y así.

Hasta que estalló todo por el aire y una bandada de desencantados irrumpió en la Plaza pidiendo que se vayan todos. Y fue el 19 y 20 de diciembre de 2001 en que esta parte del planeta decidió ponerle fin al siglo viejo y empezar el siglo nuevo.

Los cadáveres aún sangran en la Plaza de Mayo y Pocho Lepratti, desde el techo del comedor popular donde militaba, en la ciudad de Rosario, sigue gritando a los policías que lo apuntaban: “¡Hijos de puta! ¡Bajen las armas que aquí solo hay pibes comiendo!”.

Cada uno de ellos fue un mandato para todos los tiempos.

Y se sumaron luego los cuerpos encendidos de Kosteki y Santillán y entonces aquel Flaco del sur dijo mirando el mar de la Patagonia que había que apurar al viento para que gire rápido el molino y la memoria colectiva a la sazón entró al galope a cobrar venganza a puro grito de amor, de ternura y de coraje.

“Soy parte de una generación diezmada”, siguió diciendo el Flaco aquel y todos lo miramos; mitad creyendo, mitad desconfiando, con ganas de volver enteros.

Abrió la puerta del siglo con un saco cruzado pero desplegado como si fueran alas en pleno vuelo y unos mocasines que volvían a irrumpir en el camino real para seguir andando a partir de la última huella que quedaba en la memoria viva de los argentinos.

Néstor querido. ¿Andarás por aquí que se siente de nuevo una brisa que sopla desde el sur?

Me propuse en corazón y cerebro repasar aquellos días de furia y de amor casi enceguecido de los años setenta. Cuando por el rabillo de un ojo veíamos la luz de una antigua constancia que transformaría el mundo y quién te dice, el universo entero.

Mi venganza no es ser feliz, como dicen los Hijos. No podría estar seguro de cumplir con mi palabra. Mi venganza es escribir. Y escribir estas pobres líneas antes de que la noche venga por mí y no me queden fuerzas ni para sellar la botella que lanzaré al mar.

Me hubiese gustado conocer a Leopoldo Marechal. Me contentaría con poder escucharlo en un patio de ladrillos rodeado de macetas chicas, medianas y grandes sembradas de malvones y madreselvas en flor, decodificando peronismo en clave de poesía universal.

Y ando por esos muelles cuando aparece Néstor una y otra vez en mi imagen, como un mago imprevisto que hace bailar las estrellas con su varita chueca y de cada estrella logra rescatar un compañero, una compañera, muchos compañeros, muchas compañeras.

“¿Sos vos?”, les pregunta a cada uno de ellos para estar seguro de que son sus amigos y los besa en la frente y los pone de pie y les da una palmadita suave en la espalda y en el rostro para que se despabilen y empiecen a volar y andar.

No es posible entender esa generación sin entender a Néstor.

Y viceversa.

No se puede entender a Néstor sin entender esa generación.

Flacos que conocimos y amamos en aquellos años tan apasionados.

Todos calzaban mocasines. ¿Te diste cuenta?

Y cuando irrumpió Cristina, con ella volvían todas las Cristinas y todas las muchachas que ofrendaron su tiempo para intentar que esta perra vida fuera un poco más bella y más justa. Rescataron la barca que nos salvó del naufragio y la barca era la política y la participación y la entrega y las convicciones hasta el caracú.

Habrá que volver a Néstor y Cristina cada vez que un naufragio nos asome por la retaguardia.

Después, desde el llamado poder real, dijeron que los dos eran tan malditos como malditos fueron nuestros padres fundadores.

Escribieron y reescribieron que habría que olvidarlos para siempre y lo que es peor, habría que enterrarlos en el monte del olvido.

A esos escribas los conocemos bien. Y más temprano que tarde habrá que ir por ellos para llenarlos de flores y canciones de amor como un conjuro eficaz para ahuyentarlos.

No hay que engañarse más. La posverdad no escribe novelas de amor y odio, de exilios y tormentos, de cárcel y destierros en la propia tierra. Por eso es preciso relatar en primera voz lo sucedido. No sería bueno expirar el último aliento con esta asignatura sin cumplir. Me moriría y reviviría una y otra vez hasta poder hacerlo.

viejo me mira, como se mira a un loco que habla solo.

Tiro piedritas al río y miro lejos ahora que levanto la vista y puedo ver el cielo entero y los pájaros en bandadas y ver las nubes y antes que las nubes ver más pájaros volando y ver un barco que pasa sobre la línea del horizonte y me toco la tristeza y pienso.

La memoria me toma por detrás y me lleva al otro lado del río.

¿Cuándo fue que dejamos de ser sujetos en la historia para creernos y autoconsagrarnos sujetos principales de ella?

Locos de amor. Locos totales.

Me conmueve solo imaginar lo que voy a buscar, que no es ni más ni menos que una breve explicación de esta tragedia que se llama Argentina.

No estoy seguro de encontrarla. Pero vale el intento.

Ya tenemos bastante, me dirás de nuevo.

Y dale con el pesimismo, te responderé simplemente.

No es posible que nos presentemos ante la sociedad y su memoria larga como si nada trascendental hubiese sucedido.

Como si fuésemos compartimentos estancos. Generaciones que no se tocan entre sí; más que en las ceremonias que expulsan los demonios del olvido.

Más que en los homenajes colectivos o personales a la sangre y al laurel.

No es posible el hachazo a la memoria.

No es posible el desenganche que hace empezar siempre de nuevo lo que de nuevo no tiene la materia.

Hay que apelar al hilo invisible o expuesto de nuestro derrotero para empezar a ser un solo sujeto histórico que alza el puño y la bandera y cae y se levanta y aprende y cae y aprende y cae y así hasta empezar de nuevo.

Quizá de esta manera aprendamos a pasarnos la posta y no repetir errores en nombre de la inocencia.

La inocencia no existe, mi amor.

Después de lo que nos pasó, la inocencia perdió todo decoro.

Por eso cruzo el río y recojo una por una las postas que dejamos y las miro entre mis manos y las vuelvo a mirar al derecho y al revés y aprendo.

Siempre ando aprendiendo. La vida sirve para eso. Total, lo principal y lo más difícil ya lo sabemos: inexorablemente vamos a morir un día o una tarde o una noche cualquiera.

Mientras tanto, aprendo.

Y al aprender, comparto lo que aprendí y viví.

Por si esto fuera poco, te digo, con lo que nos viene ocurriendo en la comarca no solo es un deber de vida y sobrevida testimoniar la verdad y la memoria, sino que aquellas circunstancias que dieron origen al horror, aquellos personajes y su cría, aquellos proyectos de un país para pocos, aquella fealdad que se impuso a sangre y fuego, sigue siendo la misma fealdad que hoy trata de imponerse quizá por otros medios más sofisticados.

¿Pasarán? ¿No pasarán?

¿Santiago Maldonado será el último muerto de una época vieja?

¿Rafael Nahuel será el primer mapuche asesinado de una nueva conquista genocida del desierto?

¿O serán apenas los que continúan la lista del terrorismo de Estado en este siglo?

Fijate a dónde hemos llegado nuevamente.

O pasa la vida. O pasa la muerte.

Si hay poesía en el aire, si hay canciones, si hay sueños nuevos, no pasarán, mi amor.

No vine para que tengas miedo, sino para acunarte en la memoria.

Los ojos de Santiago… ¿Te fijaste en esos ojos y en esa mirada?

Creo que cada generación elige los ojos con los que mirar su propio tiempo.

La nuestra, la generación diezmada de los años setenta del siglo pasado, eligió los ojos del Che para mirar y mirarse. Y no hay pudor ni temor en decirlo, sino todo lo contrario: hay orgullo en proclamarlo.

Los nuestros son los ojos del Che Comandante mirando el futuro desde La Habana, y son los ojos del Che Cristo nuestro alumbrando la vida para siempre desde La Higuera, en Bolivia.

Muchos fuimos los que pintamos “Luche y vuelve” en las paredes y dejamos el alma con los ojos del Che.

Allí está esa mirada en los miles de rostros de las compañeras y los compañeros desaparecidos que cada 24 de marzo envuelven la histórica Plaza en un abrazo eterno.

Con esos ojos se fueron. Y con esos ojos vuelven en cada madrugada de nuestros insomnios colectivos, esos insomnios donde seguimos tejiendo obstinadamente los sueños despiertos de un mundo más justo.

Permitime decir, con cierto desparpajo quizá, pero con infinita ternura, que en este destino de hombres libres que nos sigue desvelando, creo que esta generación del nuevo siglo tiene la mirada de Santiago Maldonado.

historia se da todos los gustos. En la victoria y en la derrota. Y va dejando señales para que nadie se pierda. ¿O no es una señal que el cuerpo de Santiago apareciera justo un 17 de octubre? Lo escribo y me estremezco.

Está sucediendo esta misma noche casi imperceptiblemente. Está sucediendo en este preciso instante y en este lugar de la tierra de la América doliente, de la Patria Grande, es decir, de la Argentina irredenta donde nacieron Santiago Maldonado y Ernesto Che Guevara.

“Es Santiago”, dijo su hermano Sergio después de reconocer su cuerpo en la morgue judicial.

Al verlo y escucharlo, un rayo de dolor nos lastimó la piel del alma como una puñalada artera. Y como soportando el doble filo de un puñal hundido en nuestra antigua memoria, repetimos conmovidos: “Es Santiago, es Santiago, es Santiago”.

No habrá olvido ni perdón, compañero amado, hermanito querido, Santiago vivo para siempre.

¿Y ahora qué hacemos para remediar tanta muerte?

¿Qué sendero seguir?

¿Qué candil encender para alumbrarnos mejor?

Lo primero es abrazarnos allí donde nos encuentre el día y prender fogatas de esperanzas cuando llegue la noche.

Lo segundo es vencer el miedo y la tristeza que nos frena el paso inmemorial de los padres fundadores de una sociedad más justa, libre y soberana.

Lo tercero es recordar que la Revolución solo la escriben los pueblos. Lo demás es el alma en bandolera.

Estamos en el punto exacto donde la historia determina qué rumbo hay que seguir.

Ojalá esta vez no erremos el sentido de los vientos y que nos ilumine para siempre a sala llena, la belleza que pintó el arte de Vallejo, Getino y Solanas, de Leonardo Favio y Jorge Cedrón y de Fernando Birri y Tristán Bauer, proyectando estos mismos sentimientos y certezas y las incertidumbres que nos acosan desde hace tantos siglos.

¿Sabés por qué lo digo? Porque la única batalla que no podemos perder, es la batalla cultural.

Los saqueadores de la tierra pretenden borrar nuestra memoria y no se contentan con tomar la posta de Videla, sino que van mucho más atrás y llegan hasta la Campaña del Desierto contra nuestros paisanos, los indios, como los llamaba el Libertador San Martín.

Aceptemos, pues, el desafío. Como lo hizo Santiago.

¿Acaso nuestros padres fundadores no se organizaron en una Logia a la que bautizaron justamente con el nombre del Gran Cacique Mapuche Lautaro?

Como verás, compañera mía, todo vuelve a su origen, no para repetirlo sino para superarlo.

Nuestras batallas, al fin y al cabo, siguen siendo batallas contra el conquistador y el colonizador.

Pero decía que esta vez no erraremos porque en lugar de lanzas y metrallas llevaremos en las manos la mejor de nuestras banderas y esas florcitas silvestres que crecen a la orilla de los ríos, del norte a la Patagonia, del mar a la cordillera. De aquí hasta el cielo, ida y vuelta.

Esta tierra, esta patria y esta democracia nos pertenecen por derecho propio.

Que si el enemigo es violento, nosotros somos memoria, verdad y justicia.

Descansá, corazón. Mañana hay que seguir.

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