Por Gabriel Rodriguez.

En la paqueta barriada de la Recoleta, en la Capital Federal de la República Argentina, el ex presidente Manuel Quintana da nombre a una avenida. La avenida Manuel Quintana propiamente.

Es cierto que el criterio de selección de nombres y nominaciones de calles, avenidas, pasajes, y demás circuitos viales, no corre ligado a una tal o cual justificación por justicias históricas o merecimientos. Las calles no se llaman como se llaman por la gloria, los actos heroicos, o las vidas de bien de los hombres justos ligados a la patria, sino no se explicarían cantidades de nomenclaturas, tales como Washington, Franklin, o Roosevelt. Todos hombres ajenos a la historia Argentina más íntima y nacional. No obstante esta merecida aclaración todo debiera tener un límite, algunos nombres tendrían que ser sujetos a revisión. Y no precisamente los que representan figuras extranjeras, o acontecimientos internacionales relevantes en la historia universal.

Que una baldosa del pueblo menos poblado de la Argentina se llame Manuel Quintana es un oprobio. La avenida Manuel Quintana, en pleno centro de Buenos Aires, ya es una traición lisa y llana a los prohombres argentinos que defendieron nuestra soberanía pasada, y a los que la defienden y defenderán.

Manuel Quintana nació el 19 de octubre de 1835 y murió el 12 de marzo de 1906. Se recibió de abogado notablemente a los diecinueve años, y ya en 1860 era diputado provincial, pasando a serlo nacional al año siguiente. Siete años después vuelve a ocupar bancas congresistas por la Provincia y la Nación. En su veloz carrera política, alcanza para 1870 su lugar en el Senado, esto mientras dicta cátedra en la Facultad de Derecho, en la cual llegará a ser decano, y tiempo después rector de la universidad.

Definitivamente un hombre capaz, inteligente, y muy emprendedor. También inescrupuloso en extremo. Pronto, traidor a su patria. De la cual será, irónicamente y con desfachatez histórica, también su presidente.

Hasta acá sería lógico que alguno haya pensado en su gracia para destinar alguna calle porteña.

Durante la presidencia de Nicolás Avellaneda, regresa a la esfera administrativa, más exactamente al ministerio de Hacienda, la nefasta figura de Norberto de la Riestra, un ex hombre de Bartolomé Mitre. Otro de los tantos nexos permanentes e inefables entre Inglaterra y sus súbditos rioplatenses: el brazo largo del Imperio inglés encuentra en este aristócrata criollo su final puño cerrado. Sería él quien negociara en el pasado el empréstito británico para que los interesados en “mantenernos como parte integral del Commonwealth” (Inglaterra la fábrica, Argentina la granja), terminen con los independentistas blancos uruguayos, y los irrespetuosos paraguayos y su intento de libertad económica. Hombre clave para la infame Triple Alianza que arrasó la soberanía del pueblo guaraní.

Ahora, en el gobierno de Avellaneda, el hombre pro inglés, apunta las típicas resoluciones tradicionales del liberalismo trasatlántico: reducción del gasto público, cumplimiento a rajatabla de los servicios de la deuda externa (ya por entonces abusiva e ilegal), y la modificación sustancial del sistema aduanero para facilitar las importaciones de la Corona.

En este marco estalla un conflicto que va a poner en jaque a De la Riestra, y en el cual se va a anotar canallescamente nuestro futuro presidente Manuel Quintana. El recoleto.

Repasemos acontecimientos.

El banco de Londrés y Río de la Plata (cuya instalación promovió y gestionó el propio De la Riestra) había sido autorizado a emitir moneda, lo cual ya es de por sí bastante antiético y perjudicial para la administración financiera de un país libre. Pero se puede suponer como lógico y normal teniendo en cuenta que estamos en la época en que se liga por los siguientes cien años, el campo argentino y la industria inglesa. Unos y otros mandamás a ambos lados del Atlántico.

El problema es que la entidad bancaria inglesa, situada en Rosario, pretende ejercer su inusual y generoso privilegio de forma monopólica en toda la provincia de Santa Fe, enfrentándose por consiguiente a la firme oposición del banco Provincial de Santa Fe. En la álgida contienda, los representantes de la Reina realizan maniobras de corridas bancarias para debilitar a su oponente local. Inmediatamente, el gobernador Bayo decreta la clausura del banco extranjero y envía a la cárcel a su gerente general, el señor Behn. Efectuando además un embargo por 50.600 pesos oro.

Ante esta delicada situación, el cónsul inglés Sir John solicita al capitán Dunlop, comandante de la cañonera británica Beacon, que remonte el río Paraná y fondee a las orillas de Rosario. En una actitud claramente amenazante de la soberanía Argentina.

El escándalo despierta al país y a la opinión popular, incluso a la prensa internacional.

El presidente Nicolás Avellaneda apoya firmemente al gobernador Bayo, y con esto deja en una incómoda situación al infame De la Riestra. Quien se debe deshacer en explicaciones ante sus “jefes” de la isla, por tamaña “provocación” al Imperio.

Las cosas se suceden como políticamente se espera. El cónsul inglés solicita audiencia a la cancillería Argentina, y Bernardo de Irigoyen, en ese cargo, se reúne a fin de encontrar solución al conflicto de partes. A las pocas horas Irigoyen es visitado por el representante diplomático de Gran Bretaña, quien es acompañado por el asesor legal del atrevido y déspota Banco de Londres, que es también Diputado Nacional. Nuestro homenajeado Manuel Quintana.

En mitad de la reunión, el canciller argentino Bernardo de Irigoyen se levanta y se retira de la mesa de negociación altamente indignado. Según el posterior relato que le hiciera al Congreso Nacional Estanislao Zeballos, Don Bernardo se excusó diciendo que no podía seguir conferenciando con un connacional que fuera portavoz de una intimidación extranjera.

¿Qué había pasado? Sencillo y funesto. Nuestro Manuel Quintana, en aquel momento diputado nacional, en su rol de asesor legal de los intereses británicos en esa importante reunión, había presionado al canciller argentino anunciándole temerariamente que la cañonera Beacon se hallaba viajando rumbo a Rosario para defender los “derechos” de la Corona. Digamos, “Yo no quiero meter púa, pero mire que hay un barco inglés que está subiendo por el Paraná y los va a moler a cañonazos” (estas expresiones pertenecen a mi imaginación sarcástica, claro está).

Si hasta ahí la postura de nuestro legislador era antipatriótica ciento por ciento, cualquier posible gesto de reconciliación histórica futura, quedó completamente anulado cuando el señor Quintana decidió, abiertamente, renunciar a su banca y viajar a Londres para informar al directorio del banco, privilegiando su lugar de empleado del Imperio a la de representante del pueblo argentino.

Sarmiento manifestó una opinión sobre el otro inescrupuloso de la época, Norberto de la Riestra, pero al leerla, bien se descubre que puede aplicársele al propio Quintana. “Nunca pude deducir su inteligencia ni su inclinación siquiera a la política de su país: era un empleado de comercio de casa inglesa en toda la extensión de la palabra.”. Más que inteligencia alguna e inclinación política, lo que tenían estos dos nefastos participes de la historia argentina, era una avidez por conservar un lugar de privilegio en la repartija de las dádivas de Inglaterra.

Ya saben, cuando vayan por Callao y lleguen al 1800, no se olviden de hacer una reverencia al doctor Manuel Quintana. Sir Manuel Quintana sería lo justo.

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