Por Jorge Hardmeier.
Recomendación literaria y colaboración: Luis Asensio.

En la primavera de 2019, meses antes de que el coronavirus comenzara a azotar al planeta, transformándose en pandemia, la editorial Milena Caserola publicó Carne, primera novela del entrerriano Gerónimo Cati quien reside, desde hace veinte años, en Córdoba capital. Cati es, por otra parte, médico de profesión y bandoneonista.

EL DISCRETO ENCANTO DE LAS CARNICERÍAS

Carne es una novela distópica cuya geografía es una Argentina en la cual el consumo de carne ha sido prohibido a partir del régimen de los Vegan Soldiers. Como toda prohibición, la medida genera diversos canales de tráfico ilegal. Las reses son transportadas cual cargamentos de droga.  Por cuestiones geográficas y virológicas entrevisto a Gerónimo vía red social y lo invito a comentar cuál fue el elemento disparador de su novela: “Cada vez que me juntaba a comer un asado con amigos, en algún momento de la velada, salía el tema del vegetarianismo y el veganismo, (de hecho uno de mis amigos no come carne desde hace veinte años) y me surgía de manera recurrente esta hipótesis al ver que cada vez había más adeptos al nuevo hábito. Si hoy hago un asado, además de tener que sacar un crédito para poder pagar lo que vale un costillar, tengo que meter verduras en un lado aséptico de la parrilla o en el rescoldo para los practicantes de esta nueva religión que cada vez tiene más feligreses. Lo que se viene es un intento de convivir en esta nueva dicotomía. Para mí, por más ridículo que suene, en el futuro esto a va a generar una tensión muy fuerte, la novela va a dejar de ser una distopía en algún momento del siglo XXI”. Cual Ley Seca, y basándose en argumentos tales como la vida sana y el cuidado del medio ambiente, el nuevo orden se impone. El tema de la novela puede ampliarse a las diversas prohibiciones que, según tiempo y geografías, han debido acatar las sociedades: “La prohibición del consumo de ciertas sustancias” – conceptualiza Gerónimo – “y la legalización de otras obedece, en primera instancia, a una decisión política y económica que nada tienen que ver con una visión sanitaria para resolver lo que se instala como conflicto. Cuando se habla de la droga para determinar casi un lado y otro del mundo, se pasa por alto al sujeto que consume cual o tal sustancia, si bien esto que estoy diciendo raya el sentido común, hoy se sigue discutiendo bajo esos términos. Por ejemplo, cuando se habla de marihuana, en ciertos sectores no minoritarios se sigue sosteniendo que se trata de una puerta de entrada, ¿Hacia dónde? Es como decir que la primera vez que armaste un acorde con una sexta menor se abrió el portal al infierno de las armonías lujuriosas o que la teta que te dio tu vieja por primera vez era el comienzo de algo y, si lo pienso, creo que puede ser una puerta de entrada, pero no desde un lugar o desde el sentido unidireccional que se le da de manera reiterativa y miedosa. Creo que obedece a un tiempo histórico que niega incluso su geografía y, sobre todo, su cultura. Podría pensar hasta en la posibilidad de que prohibir a un criollo comer carne sería tan absurdo como prohibirle a un tibetano meditar y ahí viene la contra respuesta inmediata de que el tibetano no arrebata la vida de nadie y toda esa moral que te aplasta con su biblia. En definitiva, creo que esta lógica forma parte de la colonización que venimos sufriendo los americanos hace mucho. Esta nueva inquietud (si pensamos en la historia del mundo y su consumo de carne) no proviene de los pueblos originarios, no conozco a ningún guaraní que haya destrozado su ecosistema o dejado de comer carne por considerarlo un asesinato. Esta lectura pertenece al hombre blanco, que después de inventar una máquina de productividad desmesurada, por  su propia y enfermiza idiosincrasia culpógena, ahora trata de inventar la solución y la misma tiene que ver con seguir diciéndote como tenés que vivir. Es decir, nuestro tiempo histórico sigue siendo el de un pueblo que pasivamente puede acatar (o no) lo que desde un mundo central, nos bajan como línea a nosotros (la periferia) acerca de que se puede comer, y que no”.

Las prohibiciones no generan solamente tráfico ilegal sino también corrupción, violencia, compra de conciencias y eso que los argentinos denominamos coima: “La prohibición en muchos casos genera que hasta los individuos que tienen que aplicar la ley no la puedan sostener en su vida cotidiana. Hay algo necio en esa forma de proceder que no termino de entender, sobre todo porque se genera una reacción en cadena de acatamiento ciego a lo legal (pero ilegítimo) y un fuerte rechazo al otro ¿drogadicto? Esto estimula más el desarrollo de una violencia por la elección que tiene otra persona. ¿Qué molesta en la decisión de esa otra persona? ¿Qué es lo que perturba del otro? Con el tema de la ingesta de carne esto se acentúa por vivir en un país eminentemente carnívoro en donde la ley se vuelve una carga pesada. Sería algo así como prohibir fumar marihuana en Jamaica. Tiene una lógica perversa y también divina. Dar el golpe donde duele, dejar ciego a Borges en el momento justo, hacerle un doping a Maradona cuando este brillaba. La sanción ejemplar, de eso se trata. En primera instancia la prohibición habla más del que prohíbe y no tanto del prohibido”. Y Gerónimo Cati amplía: “El Estado suele confundir cierta idea de regulación con la toma de una decisión arbitraria de qué es lo que se consume y qué no. El Estado ha permitido desde hace veinte años ingerir cantidades alarmantes de glifosato sin advertir absolutamente nada, las denuncias de los daños causados vienen por fuera del mismo Estado (el incremento de procesos oncológicos en niños es exponencial) pero en paralelo es el Estado el que prohíbe consumir sustancias que hasta se podrían considerar inocuas en términos comparativos con cualquiera de esos agroquímicos. Al Estado solo le interesan las divisas que generan los recursos naturales bajo una lógica extractivista”.

EL MUNDO COMO SUPERMERCADO

Ciertas minorías, en nuestra época, intentan que sus pensamientos, hábitos y costumbres sean acatados por la sociedad en su conjunto. Intentan clausurar las diversidades. Algo similar a lo que, históricamente, realizó la Iglesia Católica a la cual estos grupos, paradójicamente, suelen atacar. Cati reflexiona: “Creo que los lugares de poder van rotando y sobre eso habla un poco la novela. Creo también que las minorías a veces son mayoría en cuanto a su peso específico por pertenecer a un determinado sector social. Una persona de clase acomodada con inquietudes anti especistas vale lo que cincuenta albañiles peruanos en Alberdi y hablo de obreros que comen carne (puchero en gran medida) y serían vistos como gente muy mala por este accionar y que lo que hoy resulta en un delirio de solo pensarlo (prohibición del consumo de carne) en muy poco tiempo será lo habitual porque quienes están destinados a esos lugares de decisión política (poder), finalmente llegarán, y no hablo de los compañeros de Alberdi (Barrio Clínicas)[1] justamente, hablo de esa otra casta, la de Les sensibles aliades que pertenecen a sectores de privilegio (aclaro que me encanta el inclusivo pero no como vidrio). No voy a negar que me entiendo más con este sector en muchos aspectos, porque en alguna medida estoy más cerca de ellos que de un obrero de la construcción pero noto una visión monopolizada del tema. Como si comer carne no fuera parte de nuestro folclore o como si la discusión del asunto solo se tratara de si sufre o no sufre el animal. En algún punto se emparenta con la discusión católica de si hay o no hay vida después de la concepción, se trata de una discusión de índole cristiana, atravesada por una culpa muy del sector del que provengo, y se huele a lo lejos, tiene olor a fusta psíquica, a madre retando con el dedo índice levantado”.

Existen una serie de movimientos políticamente correctos que han logrado, inclusive, desterrar la posibilidad de realizar un análisis crítico sobre algunos de sus pensamientos y prácticas. Feminismo, veganismo, diversidad sexual, etc. “Ahí quiero hacer una diferencia sustancial entre los movimientos citados, algunos de ellos, en algunos sectores, están atravesados por la discusión de clase y otros directamente pasan por alto cualquier idea del ordenamiento social en el que vivimos hace siglos. Creo, por ejemplo, que en el feminismo (donde hay muchas facciones y es bastante complejo el proceso) algo de eso está pasando y resulta alentador. Por lo demás, veo mucho ecologismo sobre adaptado que no se sale de su burbuja de privilegios y cuando ve a un pobre, no sabe siquiera como proceder porque, en definitiva, conciben la ecología y la política por separado, como si esto fuera posible” analiza Gerónimo. ¿Hay, en estos movimientos, una práctica funcional a la inagotable maquinaria capitalista que se estropea solo para reciclarse y seguir funcionando? “Cualquier inquietud, discusión, resistencia, el no como respuesta que pueda entrar en conflicto con la ideología preponderante  (maquinaria capitalista) en algún momento es devorada por la misma. La idea más coherente sería no negar esa inminente fagocitación, sino tratar de ser consciente de lo que va a suceder (lo irrompible en el capitalismo es que siempre se adapta al deseo del otro y además, su segundo paso, es el de ser el propulsor de ese deseo, es decir, deseamos lo que nos dicen que deseemos) por dicha razón, sería interesante empezar a pensar por qué nos gusta lo que nos gusta, es la disidencia más peligrosa pero a la vez, la más potente. La de poner en juego y en duda que es lo que tanto nos atrae de esto o aquello”. Hay un elemento no debidamente estudiado que juega un importante rol en el funcionamiento de estos grupos, en su difusión, en su accionar: la publicidad adquiere un rol principal: “Estos grupos son hijos de la publicidad. Desde el advenimiento de las redes sociales, no hay nada que se mueva por fuera de la propaganda implícita, todo lo que el individuo contemporáneo occidental realiza hoy está atravesado por la misma doctrina. ¿Cuál? La de consumir en la góndola que más te guste, hoy podes elegir como salvar al mundo desde el pasillo del supermercado mientras compras algún producto eco sustentable….es más, lo hicieron tan bien que ni siquiera necesitas mover el cuerpo para ir al supermercado. Al fin y al cabo, esta fobia a comer carne tiene algo de manipulación y obedece a varias razones, una es la de dejar de ser especista, otra es la creencia de una vida más saludable, otra la de frenar el calentamiento global por el efecto invernadero y así podemos seguir enumerando. Entiendo todo y hasta estaría de acuerdo ¿Por qué no? Cuando se disminuye el consumo de carne roja, muchas veces se evidencia cierto alivio en el cuerpo, disminuir el efecto invernadero evitaría en gran medida el calentamiento global y así con cada uno de los ítems  pero en mi experiencia particular, esta militancia, veo que solo obedece a una inquietud personal que no se solidariza con el resto de los despojados del mundo, que a la vez,  son la mayoría. Es decir, no encuentro en esta lucha algo que involucre la discusión de clase”.

[1] Barrios de Córdoba capital, donde reside el entrevistado.

EL MITO DEL HOMBRE BLANCO

Carne narra la historia de Robert, flamante desocupado que, ante tal situación, se transforma en dealer de carne vacuna. Surgen problemas y, entonces, entabla relación con un abogado, el Doctor Ruperstein, con el cual comenzará una serie de viajes geográficos y alucinatorios en su intento por escapar al Uruguay. En la novela hay fronteras, divisiones como en los cortes de una res, al fin y al cabo, grietas, con disculpas por el uso de tan gastado término: “Las ciudades en nuestro país están fragmentadas por esa falta clara de homogeneidad que solo puede ofrecer la desigualdad social, económica, cultural, judicial, política, etc. que además se nos enrostra todos los días. La ñata contra el vidrio como diría Discépolo. A esto se suma un Estado que solo tiene como objetivo controlar con fines recaudatorios de cierto sector (el más relegado) y no de otros más concentrados (Vicentín). Todo esto a mi entender genera micros mundos que levantan sus propios caparazones para protegerse de ese afuera tan descarnado y cruel, por suerte aparecen esos escudos pero a la vez son los mismo que dificultan la comunicación entre los oprimidos. Llevándolo a nuestra realidad, esto pasa hoy entre los gremios, los trabajadores de las economías populares, los movimientos sociales, los directamente excluidos, cada uno por su lado cuando en definitiva tendríamos que ser parte de un todo…. y no lo somos. Ahí están las fronteras invisibles pero impenetrables de nuestro mundo actual. En la novela los personajes, en pleno exilio, pueden transitar todos esos mundos pero jamás unirlos, ahí está la cuestión clave. Por otro lado la descripción de la región centro en la que se sitúa la historia resulta muy evidente para obviarla, hablo de la región ocupada por Córdoba, Santa fe y Entre ríos, este último como el menos sujeto a leyes pero que forma parte de esa ruta agroexportadora. Hay en esa geografía política y económica una idea europeizante de cómo tiene que ser y es, en definitiva, el país desde hace doscientos años pero como siempre pasa, lo inadaptado emerge a cada rato. Somos más nativos de lo que creemos y no podemos adaptarnos del todo a esa idea del hombre blanco. Esa es la frontera más invisibilizada de todas y es la que siempre termina haciendo el full que termina en roja directa, la que frena el partido aunque sea por unos minutos. No importa cuántas veces adoremos a Sarmiento ni cuánto creamos en este mandato de que Argentina es el país más europeo de Sudamérica, nada de eso es cierto y se nota en el momento que aparece el inconsciente originario a patear el tablero. El veganismo es una idea blanca, europea, quizás acertada, quizás ética incluso pero no deja de obedecer a una lógica colonizante”. De carne somos y no solo de ella nos alimentamos. En Carne existe, también, una reflexión sobre el uso de la palabra, cambios de nombres, dialectos, giros lingüísticos barriales, términos en inglés. El chimichurri de la novela. Cati explica su trabajo con el lenguaje: “Eso fue lo más difícil, nuestro lenguaje está más vivo que nunca y por eso muere  con frecuencia y resucita cada vez que se lo renombra.  Retomando el tema de las  fronteras, creo que ahí aparece nuevamente ese límite a través de las diferentes formas  de comunicarse. Así como hablé recién de lo imposibilidad de negar nuestro costado nativo, así también resulta forzado excluir el español, el inglés y los nuevos neologismos que brotan como semillas que se tiran a la tierra. Como país colonia, nuestra cultura está atravesada por lo imperial. Es imposible negarlo. Siempre que hablo de este tipo de sincretismos, cito al bandoneón, un instrumento germánico hecho para las procesiones religiosas, quién podría imaginar que una herramienta musical sagrada como ese bicho, termine derivando en algo tan maravilloso y profano como la música criolla. De eso se trata un poco el lenguaje, es algo que uno no sabe hacia dónde va a ir y que además tiene múltiples bocas, nada se va a volver a pronunciar igual desde el momento en que esas palabras se liberan al aire, toda interpretación y posterior reproducción será distinta. Las fronteras lingüísticas son las únicas a mí entender que pueden llegar a ser un punto de conjunción que se funde continuamente. Un lugar de encuentro. De hecho en la novela eso sucede todo el tiempo entre los dos personajes principales y los diferentes intercambios que van sucediendo”.

BUEN PROVECHO

Gerónimo es médico, como ha sido referido. Su profesión y la escritura de esta novela se conectan. ¿Cuál es la opinión del Doctor Cati sobre el consumo carnívoro? “La medicina es mucho más dinámica de lo que se cree, primero quiero decir esto porque lo que hoy es saludable, quizás mañana no lo sea y sin desentenderme de los intereses económicos que influyen en ese tipo de lecturas, la ciencia médica va probando y descubriendo cosas todo el tiempo. Hoy Argentina tiene un elevado índice de cáncer de colon y está íntimamente vinculado con el consumo de carnes rojas como uno de los primeros factores de riesgo en cuanto a hábitos, como ex residente de oncología no lo puedo negar pero si uno se pone a enumerar todos los elementos carcinogénicos que hay en nuestra alimentación, la lista es abrumadoramente angustiante. La novela nunca tuvo la intención de fomentar hábitos que no sean saludables pero sí dejar en evidencia lo que se vive hoy como mandato social, esto de ser sanos como única opción. En un momento de mi vida sentí que todo resultaba muy pesado y tenía que ver con esa obligación implícita de ser sano, de verse bien, de tener el auto nuevo, de tener guita, de coger mucho, de viajar por el mundo, de decir que viajás por el mundo, de hacer yoga, de ser exitoso y nunca antes había sentido esa necesidad tan compulsiva, era obvio que me estaban dando manija desde afuera, una ideología que  presionaba continuamente para hacer todo lo que había que hacer, que obligaba todo el tiempo a dar las respuestas que se imponen en todo momento, en cada vidriera, en cada vinculo, en cada oficina y eso, desde mi perspectiva médica, es lo menos sano que hay”.

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